| LEY FAÚNDES.
Delito: cumplir 75 años en Panamá
Griselda López
Hace muchos años en una visita que hice a Japón a la fábrica Hitachi, me llevaron al tradicional recorrido que hacen a todos los visitantes. Me acompañaba un joven que pensé que era un guía y me condujo a una oficina en donde estaban unos señores, alrededor de 80 años de edad, a quienes todos les hacían las acostumbradas reverencias y muestras de aprecio.
Equivocadamente pensé que estos señores eran los gerentes de la fábrica. Pero no, el gerente era la persona que me había estado acompañando todo el trayecto y los señores eran los asesores, quienes ya había pasado por diversas etapas dentro de la misma y al retirarse, la empresa los conservaba como sus colaboradores, con el fin de que los jóvenes se enriquecieran con su experiencia y sabiduría.
El trato respetuoso que se les daba era un homenaje a la sapiencia, al conocimiento acumulado, al prestigio, a una hoja de vida intachable y al respeto que como seres humanos se merecían.
Así, en mi visita a la NHK, JICA, Hitachi y otras instituciones japonesas, este ritual se repitió con las mismas características; respeto, ternura, veneración, reconocimiento y agradecimiento, pero sobre todo, la avidez de los jóvenes por recibir de sus mayores, la sabiduría y la experiencia que les permitió llegar hasta esa edad hermosa de la vida.
En Panamá, una ley anti-derechos humanos, la ley de los 75 años, trata como desechos a personas cuyo único delito ha sido vivir y nacer en el país equivocado y los envía a su casa sin el mínimo homenaje o reconocimiento, además, de manera intempestiva. Una ley estereotipada, llena de prejuicios, atada a los viejos paradigmas en donde se considera que el cerebro y el intelecto arriban hasta un punto y allí se paraliza, en épocas que la Unesco reconoce que la educación es para toda la vida.
Hace algunas semanas fui a la universidad donde imparto clases y me informan que varios colegas universitarios, profesores y profesoras, prestigiosos/as y abnegados/as no regresarán por que se les aplicó la ley de los 75 años. Así, en otros ministerios e instituciones sucedió lo mismo. Sin pena ni gloria regresaron a sus casas.
No hubo un acto de reconocimiento a quienes caminaron durante más de décadas por el claustro universitario, o levantaron instituciones y formaron generaciones que hoy son productivas. Regresan en silencio a sus casas con menos de la mitad del salario, sin el consabido adiós y abrazo, sin una despedida cálida, en silencio como si cumplir años fuera un delito.
Panamá es un país que puede mantener trabajando a los jóvenes y a los adultos, a los pobres y requete-pobres hasta que el cuerpo, la inteligencia, la capacidad, la honestidad y el sentido de patria así se los permita.
Se hace necesaria una cultura intergeneracional, en donde paulatinamente una generación traspase conocimientos a otra.
Los grandes vacíos que tenemos en valores se deben a esta ruptura, en donde las distancias se tornan insalvables y no hacemos los relevos correspondientes.
Desde esta columna le doy un respetuoso adiós a mis colegas que jubilosamente llegaron a los 75 años, a los que están por llegar (aunque estos ya están avisados), e invito a los jóvenes, a reconocer y no a descartar, a quienes les precedieron en una dura jornada que ellos también tendrán que caminar, y de seguro lo harán exitosamente.
Invito a los que redactaron y ejecutaron esta ley que va contra los derechos humanos de las personas, a derogarla y que sea la persona, cuando se siente que ha llegado a su límite, la que se retire honrosamente y si debe retirarse por razones de salud, lo haga con el reconocimiento debido, y no sea una fría y escueta carta la que le diga, que su misión terminó.
Ojalá en todas las instituciones este acto de retiro forzoso se aproveche para dar un reconocimiento a las personas que dedicaron casi toda su vida al servicio público y a la educación nacional. Comprendemos que es una disposición general que las instituciones deben aplicar, aunque la misma desvirtúa el sentido de la verdadera justicia y de humanidad.
La autora es docente universitaria
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