Portada | Clasificados | Foros | Ediciones anteriores | Archivo | Contáctenos
  EL IMPRESO  
Hoy por hoy  
 
   
  Opinión  
  Perspectiva  
  Deportes  
  Mundo  
  Economía y Negocios  
  Vivir +  
  Reseña  
  Sociales  
  Horóscopo  
     
  SUPLEMENTOS  
  Ellas Virtual  
  Martes Financiero  
  Aprendo Web  
  Reseña Empresarial  
Pulso de la Nación
  SERVICIOS  
Titulares por
e-mail
Columnistas
Guía del sitio
Tarifas
¿Quiénes somos?
Contáctenos
  TIEMPO LIBRE  
Turismo
De interés
Cartelera de cines
De noche
 
  PÁGINA DEL LECTOR  
Porque nuestros lectores sí cuentan
  CANALES  
Salud
Psicología
Psicología sexual
Bebés
Hogar
Mascotas
Tecnología
Cine
Libros
Farándula
Discos
Reportaje especial
Panamá, jueves 16 de marzo de 2006
 

TELEFÉRICO.

El cerro Ancón y el progreso

Guillermo Ledezma Bradley

"Mira Bill, — me dijo Gabriel una noche—, para ustedes, el cerro Ancón es un pedazo de tierra, un punto en el mapa en cuya cima colocaron antenas que son importantes para ustedes. Pero el Ancón representa algo más para nosotros. Es el punto más alto de la ciudad de Panamá, desde donde se domina todo, es nuestro Everest y desde 1903 es el símbolo visible de la Zona del Canal, de la presencia de una potencia extranjera en medio de nuestro país. No hablamos solo de geografía sino de historia y emociones. Quédense con sus malditas antenas pero dennos el cerro" (1).

Todos los años, desde el 4 de noviembre de 2000, subo a ver la bandera que ondea sobre la cima del cerro Ancón. En el camino me miran confiados los ñeques, decenas de aves, algún venado y otros mamíferos más discretos cuyos ojos aprendí a distinguir entre la maraña de la selva panameña.

Solamente una vez encontré una familia compuesta por el papá, la mamá y tres hijos, que había llegado a la cima para celebrar aquel 4 de noviembre de 2002. El corazón me palpitó alegre y me atreví a felicitarlos por el acto de amor hacia nuestra bandera. Después conocí casualmente a aquel papá y volví a felicitarlo por enseñar a sus hijos el valor histórico del cerro Ancón y su bandera acariciada por el céfiro puro y radiante que la hace ondear para que la vean los ojos de toda la ciudad.

Panamá es una metrópolis sin monumentos. Comparada con cualquier país del sur o de Centroamérica, nuestra ciudad es de pobrísima recordación monumental. Los pocos que se han erigido recientemente son de casi ridícula concepción, mal ubicados y sin la perspectiva o el tamaño que hace a un monumento importante y digno de verse.

Pero tenemos un cerro que es en sí mismo un monumento envidiable por su magnífico porte, por su historia cantada por emotivos poetas, por su exuberante naturaleza con árboles centenarios; porque todavía corre laderas abajo, en los inviernos más lluviosos, el hilillo de agua que lo hizo famoso en aquellos versos de Amelia Denis de Icaza. Casi llegando a la cima una especie de pequeño alcorque señala el sitio donde nace el arroyuelo, aunque también es mezquina su señalización y está siempre sucio y en insultante abandono. Se ven, eso sí, y muy claros, los nombres de las personalidades que los inauguraron, así como los ya proliferados hitos en la cima, llenos de nombres de quienes los erigieron, aunque sean tan feos y parcos como quienes los pusieron allí más para ver sus nombres grabados, que por un sentimiento de agradecimiento o una recordación para generaciones futuras.

Ya sé que habrá muchas excusas para absolver al teleférico de sus culpas. Pero una mala idea nace con ellas y no se las podrá quitar aunque se argumente a favor de su existencia, si su sola concepción ofende la historia de un sitio, como es el caso de este artefacto que salvará de un infarto a algún obeso que pretenda mirar la bandera desde la misma cima del cerro, pero que mancillará para siempre la tierra del Ancón, sobre la que sólo deberíamos permitir las huellas de las ilusiones de los panameños que amamos ese símbolo y la de los miles de niños que deberían subir todos los 4 de noviembre en peregrinación sagrada, para que sus pechos se expandan y el sereno de la mañana les humedezca las mejillas y se confunda con sus lágrimas tiernas para volver a mojar la tierra y sus promesas.

Se que habrá también argumentos ecológicos para defender la cima contra el ataque voraz del teleférico, sus dueños y los amanuenses del gobierno que lo defienden con sus sonrisas cómplices como una necesidad para la producción de empleos. Esos son argumentos tan respetables y válidos como los argumentos del comerciante que solamente piensa en el tintineo de las monedas en su bolsillo.

Yo estoy hablando de argumentos que no pueden cuantificarse en número de aves, especies de la flora, riqueza medioambiental, cantidad de empleos, capacidad de remediar daños o número de turistas asomados a los miradores. Yo estoy convocando los sentimientos patrios de los panameños, aunque se diga, que uno no come banderas, y que el cerro puede albergar el griterío comercial al igual que la paz del pendón flotando, ambos confundidos como si el valor de uno tuviera algo que ver con el del otro.

Al final, un 4 de noviembre cualquiera, ya no intentarán meterme preso por querer estar más cerca de la bandera, como aquel de 2004 cuando intenté cruzar la cerca que le pusieron para evitar que los menesterosos tocasen el botón que la sube y la baja; excusa estólida de un administrador de ARI que ya pasó a mejor vida, como pasará el dueño del teleférico, los gobernantes de turno que permitieron el deshonor al cerro y la mancilla a nuestra bandera.

(1) Del Libro de William J. Jorden, La Odisea de Panamá, pág. 23. Conversación entre el autor y Gabriel Lewis Galindo, Embajador de Panamá en Washington durante la época de las negociaciones del Tratado Torrijos-Carter.

El autor es publicista

Además en opinión

El cerro Ancón y el progreso: Guillermo Ledezma Bradley
Las hijas del general Manuel A. Noriega: Roberto Ruíz Díaz
Panamá y China, ¿gato encerrado?: Julio Yao
Muerte de un dictador: Luis Murillo
Lo que perdimos: Carlos Iván Fuentes



 
 
 
 
    BUSCADOR  
Google
Web
prensa.com
 
© 2006. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
Advertencia: Todo el contenido de www.prensa.com pertenece a Corporación La Prensa S.A. Razón por la cual, el material publicado no se puede reproducir, copiar o transmitir sin previa autorización por escrito de Corporación La Prensa S.A.
Le agradecemos su cooperación y sugerencias a internet@prensa.com y Servicio al Cliente.
En caso de necesitar mayor información accese a nuestra biblioteca digital o llámenos al 222-1222.
Corporación La Prensa: (507)222-1222 | prensa.com: 323-7292 / 323-7338
Apartado 6-4586 El Dorado Ave. 12 de octubre, Hato Pintado Panamá, República de Panamá