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Reportaje especial
Panamá, domingo 12 de marzo de 2006
 

REFORMAS.

Marcha lenta en derechos humanos

Eduardo Ulibarri

La indispensable y urgente reforma al sistema de derechos humanos de las Naciones Unidas se encuentra en una encrucijada clave.

Desde una visión negativa, el objetivo de sustituir la desprestigiada Comisión Internacional de Derechos Humanos por un consejo realmente eficaz, compacto, ágil, enérgico y sin gobiernos despóticos en su seno, ha fracasado.

Tras extensas negociaciones, una propuesta de resolución sobre la materia, elaborada por el sueco Jan Eliasson, actual presidente de la Asamblea General de la ONU, está muy lejos de las aspiraciones iniciales. Por algo ahora solo se habla de una "semirreforma" o, quizá, un simple paliativo, algo lamentable, dados los desafíos pendientes.

Desde una visión positiva, sin embargo, algún éxito se puede reclamar, porque la nueva estructura y procedimientos planteados para la integración y desempeño del naciente Consejo de Derechos Humanos, implican una mejora respecto a la crítica situación actual. Es decir, hay una ganancia neta.

Que una gran cantidad de organizaciones internacionales de derechos humanos y prácticamente todos los países (a excepción de Estados Unidos) suscriban esta última visión, es reflejo del poder de bloqueo de algunos y de las modestas expectativas de otros sobre la capacidad de renovación de la ONU.

Por desgracia, tienen razón: una organización de 191 estados con dimensiones, regímenes, influencia, intereses, aspiraciones y aberraciones tan diversos, es frecuente que solo pueda decidir y actuar según el más bajo denominador.

Las excepciones casi siempre se producen en el Consejo de Seguridad, que por su reducida integración y por el poder de veto de Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña, tiende a producir resoluciones más ágiles y precisas. La Asamblea General, en cambio, es reflejo de todas las contradicciones y, por tanto, productora de acuerdos a medias. Y es a ella, según los estatutos de la ONU, a la que corresponde decidir sobre cualquier iniciativa de reforma sustantiva.

La reingeniería inicialmente propuesta al sistema de derechos humanos habría puesto contra la pared a muchos regímenes que han hecho de su violación una práctica generalizada. Por esto la emprendieron en su contra y por esto la única opción para avanzar era el compromiso, que afectó, sobre todo, dos aspectos cruciales:

- Los 53 miembros de la decadente comisión apenas se reducen a 47 en el nuevo consejo, un número excesivo para su eficacia operativa. Y la mayor representación (26 en total) la tendrán los países de Asia y África, donde existe la mayor concentración de gobiernos despóticos en el mundo.

- Su elección, además, no será por dos tercios de la Asamblea, sino por simple mayoría, lo cual reducirá el nivel de exigencia hacia los escogidos, aunque deban declarar su compromiso con la promoción y protección de los derechos humanos.

Entre lo bueno está que el consejo revisará periódicamente el desempeño de todos los estados miembros de la ONU; que se reunirá con mayor frecuencia, lo cual le dará mayor capacidad de reacción, y que el proceso de elección individual en la Asamblea General, no en cada grupo de países, permitirá mayor transparencia y exigencia de cuentas.

Si el esfuerzo de reforma se diera por cerrado con avances tan limitados, estaríamos ante una virtual burla hacia la comunidad internacional. Pero si es, realmente, el inicio de un camino que seguirá adelante, el balance es positivo.

El Secretario General parece entenderlo claramente. En unas declaraciones el 23 de febrero, cuando el embajador Eliasson dio a conocer su propuesta de resolución, Kofi Annan instó a que fuera el "primer paso" en un proceso de cambio y renovación, y luego planteó una lúcida reflexión: "Cuán diferente será el consejo de la comisión dependerá, en gran medida, del compromiso de los estados miembros a hacer las cosas mejor, y de cómo actúen en relación con ese compromiso durante las semanas y meses siguientes".

En última instancia, como casi todo en la ONU, se trata de un tema político, y la clave será cómo, dentro de las crudas y hasta enervantes realidades de la organización, se puedan lograr mejoras institucionales crecientes.

En este sentido, la rígida posición de Estados Unidos ha sido positiva, porque, más allá de su hoy debilitada legitimidad en la materia, establece un nivel de aspiraciones que debe servir como parangón en el proceso que se ha abierto.

Entre tanto, una cosa sí parece segura: el 62° período de sesiones de la comisión, que comenzará mañana en Ginebra con la presencia de regímenes tan impresentables en derechos humanos como China, Cuba, Paquistán, Arabia Saudita y Sudán, será su último espectáculo. Y, apropiadamente, tendrá sabor a funeral. ¿Podrá descansar el paz?

El autor es ex director de La Nación de Costa Rica

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