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Reportaje especial
Panamá, domingo 12 de marzo de 2006
 

VELOCIDAD. COMPETENCIAS CLANDESTINAS SE TRASLADAN A aLBROOK.

La secta secreta de la velocidad

Cada martes en la noche se hacen carreras ilegales en una calle entre Albrook Mall y el aeropuerto.

Las modificaciones cuestan hasta el doble del precio de los autos. Algunas llegan a los 100 mil dólares.

LA PRENSA / Bernardino Freire
RIESGO. La potencia de las máquinas hace que algunos carros lleguen hasta los 200 kilómetros por hora.645715
Sady Tapia
stapia@prensa.com

Es martes. Son las 11:15 de la noche y 50 autos, en su mayoría modificados, salen de la Calzada de Amador. Pasan sobre el defectuoso y aún no inaugurado puente de Albrook, y llegan hasta la calle ubicada entre el mall y el aeropuerto. Ya al borde de la media noche, esa recta —de unos 800 metros— se ha convertido en una pista de carrera clandestina y los conductores en pilotos ilegales.

Para ser espectador se requiere saber el día y la hora de la competencia, información que solo manejan los corredores y sus fanáticos. Ellos se pasan los datos de boca en boca, como lo haría una comunidad secreta. Aunque desde hace algún tiempo usan un foro en la página web www.mundorpm.com, cuyos administradores advierten que no se hacen responsables de los mensajes que allí se difunden. Hasta comentan las carreras realizadas en la última fecha, los modelos más "pifiosos" y los héroes de la jornada. Es algo parecido a una secta que ha visto en esa media milla de pavimento un santuario para rendir culto a la velocidad.

Los autos de los observadores se van ubicando en los estacionamientos de Albrook Mall. En la pista los competidores hacen rugir las máquinas de sus bólidos. Hay de todo: Toyota, Honda, Mitsubishi, Subaru, BMW y Chrysler Neon, pintados con colores llamativos. El rojo, azul, gris, negro y blanco son los que más se repiten. Los lujosos rines y spoilers son los accesorios que lucen la mayoría de los carros. Es una especie de exhibición andante. Sus conductores, en su mayoría, se ven más sencillos que sus vehículos, visten jeans, suéter y zapatillas. Hay jóvenes que reconocen que los autos y sus modificaciones son patrocinados por sus padres. Aunque también hay profesionales de saco y corbata, abogados, doctores e ingenieros.

El estruendo de motores, el reggeton a todo volumen y el rechillar de las llantas transformaron el ambiente de la que era una vía oscura, alejada y solitaria. El "pique de aceleración", como le llaman a la competencia, está por comenzar. En medio del alboroto, los pilotos se van ubicando, de dos en dos, en la vía, a la altura del almacén Novey. Uno de ellos suena la bocina, tres veces para que comience la "regata" ilegal del cuarto de milla (unos 400 metros). El que toma la delantera, le hace señas burlonas al otro. Es un reto para que lo alcance.

La potencia de las máquinas hace que algunos carros lleguen hasta los 200 kilómetros por hora. Por eso, las carreras terminan en segundos, siempre a la altura de un gran letrero del almacén El Titán. A veces no ha concluido una regata, cuando ya ha comenzado la otra. Nadie controla la secuencia. Y todo ocurre a solo unos 600 metros de la sede principal de la Policía Nacional.

EL VERDADERO ‘SHOW’

Después de una hora de bullicio y peligro, de repente todos corren, pero hacia sus autos. Los que están en la pista, giran bruscamente. Se acerca una patrulla de la Policía.

Ahora el estacionamiento del centro comercial parece una pista de carritos locos, que en lugar de chocarse huyen de los uniformados. No quedó un alma en Albrook. Para la mayoría fue un escape divertido, el verdadero show de la noche. Nadie es perseguido, ni detenido por la patrulla.

En el camino, se habla sobre quienes pudieron llegar a los 200 kilómetros por hora. La próxima parada de los pilotos es en Punta Pacífica.

Ahora, los espectadores se van acomodando en el puente vehicular que conduce hacia los edificios de apartamentos. Miran hacia la calle de abajo, donde los autos se van ubicando en sus posiciones de partida. Esta vez, la patrulla policial llega antes de que se pueda realizar la primera carrera, obligando la fuga.

Después de eso, el grupo se desintegra. Algunos regresaron a Albrook Mall, pero no hubo suficientes autos para continuar las "regatas". Otros se van a un restaurante en Calle 50, la misma vía donde hace un año murieron cuatro jóvenes en un accidente de tránsito. Según testigos, el 19 de febrero de 2005 el auto en que iban los cuatro jóvenes se encontró con un carro que participaba en una carrera, a la altura de la curva cercana a la antigua sede del Registro Público.

Las carreras se han trasladado de Calle 50 a Albrook porque, al parecer, allí hay más ambiente. Algunos aficionados recuerdan cómo hace unos 10 años hacían carreras legales y clandestinas en la que hoy es la pista del aeropuerto Marcos A. Gelabert.

Las regatas en la ciudad capital no son nada nuevo. La diferencia son los lugares donde se efectúan los racing.

SE JUEGAN LA VIDA

Es una ruleta rusa en la que se juegan la vida, tanto pilotos como espectadores, quienes parecen no tener ningún tipo de conciencia del peligro que enfrentan. Solo basta recordar cómo, el 19 de enero de 1997, murió la espectadora Leslie Joan Delgado en una carrera legal que se realizó en la pista de lo que hoy es el aeropuerto. Y era una carrera en la cual se habían tomado medidas de seguridad. Pero hay casos más recientes en los que las víctimas han sido personas que no tienen nada que ver con el asunto.

Hace solo año y medio se endurecieron las sanciones para quienes participen en carreras ilegales. El Decreto de Ley 288 estableció multas que van de 2 mil 500 dólares hasta 5 mil dólares. El decreto también permite que la Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT) decomise el automóvil y obligue al dueño a eliminar las modificaciones, en el caso que las tenga. Cuando la persona que es sorprendida realizando regatas es un menor de edad, la multa se le aplica al padre. Miguel Martínez, director de Servicio de Transporte Terrestre, confirmó que la mayoría de las personas que participa en esta actividad son jóvenes menores de 25 años de edad y cuyo pasatiempo se lo patrocinan sus padres. Aseguró que en muchos casos las modificaciones que realizan a los autos cuestan el doble del precio original del carro.

Martínez comentó que en diciembre del año pasado, la Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre decomisó tres carros que eran utilizados en una regata y las personas que fueron a reclamar los autos eran los padres de los jóvenes que conducían en las carreras. Los padres hicieron un escándalo en la institución y exigían que les devolvieran los autos de inmediato, recordó.

Para Martínez, tanto la ATTT como la Policía están cumpliendo con su labor, pero se necesita más control de parte de la ciudadanía, en especial de los padres de familia. "No podemos desgastar al personal de la Policía vigilando todo el tiempo a esos jóvenes".

(Vea ¡Cuidado! Las modificaciones pueden salir caras)


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