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Reportaje especial
Panamá, domingo 12 de marzo de 2006
 

HERMANOS SEPARADOS. LA HERIDA AÚN SANGRA.

Dos interpretaciones de la fe

Cuando muere el Profeta, sin hijos varones y sin definir la cuestión de la sucesión, empezaron los problemas.

Los desacuerdos sobre la elección del nuevo califa causaron un cisma y surgieron sunitas y chiitas.

AP/Khalid Mohammed
BOMBAZO. Una enorme explosión prácticamente demolió uno de los santuarios más sagrados de los chiitas, ubicado en la ciudad de Samarra, 95 kilómetros al norte de Bagdad, desatando una serie de represalias contra los sunitas que hicieron temer que se desencadenara una guerra civil de carácter sectario.644627
Yasmina Reyes
yreyes@prensa.com

Ha muerto Mahoma.

Corre el año 632 y en la Arabia forjada por la fe y la espada la desolación cunde entre los fieles que temen por lo que traerá el futuro con la ausencia de su líder, el hombre que les reveló al único y verdadero Dios.

La hazaña de Mahoma, unificar las tribus árabes rivales y dispersas en una sola nación y una fe, llevó a construir una entidad política que con la muerte del Profeta quedaba acéfala porque murió sin descendencia masculina y sin definir el tema de la sucesión.

Tras los funerales del caudillo, empezaron los problemas prácticos. Un grupo pensaba que debía sucederle Alí Ibn Abu Talib, su pariente masculino más próximo, un primo que además era marido de su hija Fátima. En una Arabia en donde los lazos de sangre eran sagrados, se creía que Alí tenía algo del carisma especial de Mahoma. Sin embargo, un segundo grupo desconfiaba de la poca edad de Alí y pensaban que era más adecuado que uno de los compañeros más cercanos de su líder tomara las riendas.

Tras largas deliberaciones fue nombrado jalifa rasul Allah (sucesor del profeta de Allah) Abu Bkar, el primero de los cuatro "califas rectamente guiados".

Los tres primeros califas tras Mahoma -Abu Bkar, Omar y Osmán- fueron elegidos casi unánimemente.

Pero, la tregua duró poco. Cuando Osmán fue asesinado y subió al trono Alí, también emparentado con él, el gobernador de Siria, Muawiyah, sospechando que Alí estaba complotado con los asesinos de Osmán, se rebeló. Las fuerzas de Alí y las de Muawiyah se enfrentaron en el campo de batalla de Siffin (657).

Aunque la batalla de Siffin no terminó en la victoria de ninguno de los contendientes, porque ambos consintieron en aceptar un arbitraje que tampoco resolvió el diferendo, cuando las armas hablaron, el filo de las espadas no solo cortó la carne de los fieles, también hizo sangrar al Islam que se dividió en dos grandes sectas: chiitas y sunitas.

Y la herida sigue sangrando.

Los sunitas, que conforman la principal corriente del Islam (entre 80% y 90%), consideran que para suceder al Profeta era suficiente que el candidato fuera capaz y adecuado para dirigir espiritual y secularmente a los musulmanes. Ponen mayor énfasis en el Corán y tienen una estructura religiosa democrática.

Los chiitas, (los partidarios de Alí, de la casa de Mahoma), por su parte exigen que el sucesor sea un descendiente directo del Profeta. Tomaron su nombre de Shiat Ali, o partidario de Alí, quien fuera el cuarto sucesor de Mahoma, su primo y yerno, y que gobernó de 656 a 661. Tienen un estricto sentido de la jerarquía y consideran a sus líderes, denominados ayatolas, omnipotentes.

Han pasado 13 siglos y el ruido de los sables sigue resonando, ya no en Arabia, pero sí cerca, en Irak.

Durante el régimen de Saddam Hussein los chiitas fueron sometidos a una posición subordinada en la que sus líderes sufrieron persecución a manos de los sunitas ubicados por Hussein en las posiciones clave de poder. Junto a Irak, en Irán, con la llegada al poder de los integristas liderados por el ayatola Ruhollah Jomeini, la situación hace crisis y ambos países se traban en una guerra en la que Jomeini llama a los chiitas iraquíes a rebelarse.

La invasión de Irak y la caída de Hussein y sus aliados sunitas, da vuelta la situación y da ventaja política a los chiitas. En medio del caos de un Irak invadido, se celebran elecciones, boicoteadas por los partidos sunitas, y los chiitas consolidan en las urnas el poder ganado con la salida de Hussein. Sin embargo, dado que el país está destrozado, bajo presión de la coalición, los chiitas y kurdos se han acercado a los líderes sunitas para sumarlos a un gobierno que saque al país de la postración. Cuando ya estaban cuajando algunos acuerdos y empezando a reconstruir la confianza estalló la bomba, una que sonó más fuerte que todas las que cotidianamente mutilan y matan a decenas de iraquíes.

El 22 de febrero de 2006, un atentado con bombas prácticamente demuele el santuario de Askariya, conocido como la Mezquita Dorada, una de las mezquitas más sagradas de los chiitas en Samarra. La tradición dice que el santuario está cerca del lugar donde desapareció el último de los 12 imanes chiitas, Mohammed al Mahdi, cuyo padre y abuelo, también imanes, están enterrados en el templo. Los chiitas creen que al-Mahdi aún vive y regresará para traer justicia a la Humanidad.

Ese bombazo removió mil 300 años de rivalidad que hicieron erupción y como una oleada piroclástica (asesina rápida e incontrolable) ha cruzado el país cual segadora matando a casi mil personas en menos de 20 días.

(Vea Las dos grandes escuelas del pensamiento en el islam)
(Vea Datos claves)


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