| JUVENTUD.
Dejar la tarea a medias...
Flor Ortega
Jóvenes, pueblen la faz de la tierra, denle frescura, alegría; contagien con sus excentricidades y locuras, a veces banales, a veces tan densas como filosóficas, esta tierra que a ratos parece hostil y hasta desafiante. Algo no anda bien entre nosotros, los seres humanos de todas las generaciones. ¿Por qué los muchachos son víctima de accidentes tan violentos que borran para siempre la sonrisa de tantos que apenas empiezan a disfrutar del esplendor de la vida?
Pasada la conmoción de la primera noticia, vienen a nuestra mente los recuerdos de un número ya crecido de jóvenes a los que hemos conocido, pero que me llevan a concluir esta crónica que había dejado inconclusa cuando una joven especial partió hace ya dos años. Hechos como los recientes, de jóvenes que de forma violenta nos han abandonado, dejándonos la tarea a medias, nos tiene que llamar, a detenernos y reflexionar, como sociedad, sobre el sentido de la vida; sobre la temporalidad que nos es medida de tiempo tangible para los seres humanos, más bien, evidencia la fragilidad humana.
Los jóvenes son como todos nuestros hijos: soñadores, inquietos, excéntricos, aventureros, ambiciosos; con el gusanito de la travesura en su mirada y en su comportamiento, pero en el fondo, frágiles y vulnerables, aunque constantemente, retando situaciones y hechos. Y una vez más, la máxima cobra vigencia: se vive para morir y se muere para vivir. Por ello, vivir hoy como si fuera el último de nuestros días es absolutamente necesario. Ya lo dice Jesús en su Evangelio: "Estén preparados porque no sabemos ni la hora ni el día...".
Aunque poco sirve buscar responsables, creo que todos somos responsables de la laxitud con que vivimos; cada vez es más compleja la relación de la familia, hablo de la familia que construimos como sociedad, en donde las conductas de unos influyen aunque no determinan las actitudes y comportamientos de los más vulnerables: niños y jóvenes. Pese a lo difícil que puede ser, creo que nos hace falta decir a nuestros jóvenes, con palabras y hechos, que la felicidad es un derecho y un deber del género humano; que hay que trabajar para obtenerla. Y al decir de Fernando Savater, "sé feliz, pero sé libre y actúa libremente; sé tú mismo".
Pero también dice que cada uno es responsable por esa felicidad. Que la tecnología, la moda y la vida light no les impida gozar de la libertad de ser hombres y mujeres auténticos; portadores de la paz y sabiduría, propia de los años mozos que contagia a las demás generaciones.
La vida, ese valor muchas veces inestimable, se construye cada instante, cada segundo, cada día; con todo lo que nos depara la providencia, tanto en la alegría como en el dolor, pero también con la participación libre y voluntaria de cada uno. Sólo entonces vivir y realizarnos plenamente como seres humano tiene sentido, porque nos hace partícipes de nuestro presente terrenal, pero también nos allana el camino para el disfrute de lo infinito.
No obstante el pesar y la desolación que puede causarnos la partida definitiva, de forma violenta, abrupta e inesperada de jóvenes, no dejemos que la banalidad de estos días no nos permita ver la lección de vida que este hecho nos trae. Que la pérdida temprana de entre nosotros aquí en la tierra, de tantos hijos sea un llamado de atención, tanto para jóvenes como adultos que tenemos en nuestras manos la responsabilidad de la construcción de la sociedad de hoy.
La autora es periodista y profesora de comunicación social en la USMA
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