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Panamá, martes 28 de febrero de 2006
 

CATÁSTROFES NATURALES.

Seguros contra lo peor

Robert J. Shiller

En los casi seis meses posteriores al huracán ‘Katrina’ que destruyó la mitad de Nueva Orleans, las esperanzas de ayuda de las víctimas de la tormenta han muerto, lo que ha creado un legado de amargura. Ese legado puede ser aún más doloroso si consideramos que muchos dueños de casas sufrieron pérdidas devastadoras innecesarias por no tener un seguro o porque los que tenían eran insuficientes, frecuentemente debido a la creencia de que no podían pagar una cobertura adecuada.

Las catástrofes futuras —tormentas, terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas, incendios forestales, u otras crisis ambientales, enfermedades epidémicas o ataques terroristas— podrían conducir al mismo tipo de problemas. Por eso es importante considerar las causas de la insuficiencia de los seguros y si nuestras instituciones de seguros son adecuadas para los riesgos a los que nos enfrentamos.

Según un informe del Instituto de Información sobre Seguros, casi el 70% de las reclamaciones de los propietarios en Lousiana se resolvieron a fines de enero por un total de 7.5 mil millones de dólares. Suena bien, pero hubo aproximadamente 200 mil propiedades que sufrieron daños severos o que resultaron destruidas totalmente, por lo que la cantidad total significa menos de 40 mil dólares por casa -cantidad muy inferior a lo requerido.

En efecto, gran parte de los propietarios de Nueva Orleans —60% en la localidad de Orleans— carecían por completo de seguros contra las inundaciones. Muchos de los que sí estaban asegurados descubrieron cláusulas en sus pólizas que no les permitían cobrar la totalidad de los beneficios.

En algunos casos, las compañías de seguros argumentaban que las casas tenían daños causados por las inundaciones y no por el viento, que sus pólizas cubrían más generosamente. Esas podrían parecer diferencias nimias y caprichosas para quienes han sufrido una pérdida importante, pero esos son los términos de las pólizas de seguros que firmaron, los entendieran o no.

Las disputas por las reclamaciones han resultado en muchos juicios, y muchos de los que perdieron sus hogares han descubierto que la única ayuda disponible para ellos son los préstamos de bajo interés. Con razón, el presidente George W. Bush quiere donaciones gubernamentales para rescatar tan sólo a los aproximadamente 20 mil propietarios a los que no se puede culpar por no haber adquirido un seguro contra inundaciones ya que vivían fuera de las áreas señaladas como susceptibles a ellas.

Pese a las decepciones, los seguros privados siguen siendo la mejor manera de lidiar con posibles desastres futuros. Las pólizas de seguros que especifican claramente las cantidades que se pagarán y el tipo de daños que cubrirán son mucho mejores que los rescates administrados por el gobierno ex post facto que mucha gente parece haber esperado.

En el futuro se puede impulsar una aseguración privada adecuada a través de la educación pública, instituciones de seguros mejoradas y precios más bajos. Necesitamos trabajar en todos esos temas porque cada uno debe ser parte de cualquier plan nuevo para encarar la siguiente catástrofe.

El costo de los seguros puede ser el problema más serio. Según cálculos de Robert Klein de la Universidad Estatal de Georgia, las primas de los seguros para propietarios de casas en Louisiana ya habían aumentado hasta un 70% entre 1997 y 2005. Los reguladores de los seguros del estado se resisten a aumentar las tasas, pero al final no pueden hacer nada porque las aseguradoras sencillamente pueden irse a otra parte.

La Asociación Nacional de Comisionistas de Seguros (NAIC por sus siglas en inglés) sugirió en diciembre que cada uno de los 50 estados de Estados Unidos debería establecer un fondo de seguro de desastres para cubrir una amplia gama de grandes calamidades. Los fondos —que seguirían el modelo de fondos similares en Francia y España— estarían diseñados para cubrir catástrofes grandes que sucedan cada 50 años. El gobierno federal entonces aumentaría la protección hasta el nivel de una cada quinientos años.

Actualmente, se está discutiendo la propuesta de la NAIC. En caso de que se aplique totalmente, lo cual es improbable, constituiría una revolución en cuanto al manejo de riesgos en Estados Unidos similar a la creación de la seguridad social en 1934. Pero la preparación para las catástrofes no tiene que residir exclusivamente en el gobierno. Los riesgos de los mega desastres se pueden manejar con los mercados financieros privados, siempre y cuando éstos logren obtener toda la atención y el interés de los inversionistas en cartera.

Consideremos los bonos de catástrofes o (bonos cat), que contienen cláusulas que estipulan que el emisor del bono (el prestatario) no tiene que pagar el dinero si ocurre una catástrofe específica. Las compañías de seguros que al emitir pólizas contraigan riesgos importantes pueden vender bonos al mercado mundial. Si las compañías de seguros pueden conseguir un buen precio por esos bonos, pueden eliminar su exposición al riesgo de un desastre mayor, lo que les permitirá emitir pólizas a los propietarios de casas a un precio más bajo.

En años recientes, ha crecido la importancia de los bonos cat. Según estimaciones de Lane Financial, durante el período de abril de 2004 a marzo de 2005 se emitieron bonos cat por un valor de 1.8 mil millones de dólares. Desde el huracán ‘Katrina’, la emisión se ha acelerado. Tan sólo en los tres meses posteriores a ‘Katrina’ (septiembre a diciembre de 2005), se emitieron 2.1 mil millones de dólares.

El valor total de los bonos cat por pagar es pequeño según los estándares de ‘Katrina’. Pero la tendencia hacia una mayor sofisticación y amplitud de nuestros mercados financieros sugiere que podemos esperar un crecimiento mucho mayor de los bonos cat.

En última instancia, incluso el huracán ‘Katrina’ y otros desastres de magnitud similar son pequeños según los estándares mundiales. Las pérdidas totales de propiedades aseguradas provocadas por ‘Katrina’, 34.4 mil millones de dólares según cálculos de la industria aseguradora, e incluso contando las pérdidas de las propiedades no aseguradas, representan una fracción minúscula de la riqueza mundial.

Pero tales desastres representan una parte mucho mayor de la riqueza de un solo país. Por ello la teoría financiera recomienda distribuir los riesgos de la manera más equitativa posible por todo el mundo, en vez de en un solo país como lo prevén los planes para un fondo nacional de catástrofes. La posibilidad de manejar los riesgos nacionales de manera global es otro ejemplo de las ventajas de la globalización económica y de la expansión de los mercados financieros.

Project Syndicate

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