| PROMOCIÓN POLÍTICA.
La ampliación del Canal y la ética
profesional
Martín Isaac Donderis
Que algunos políticos tengan tendencias megalómanas es algo que nos debe preocupar pero que, en si, ya no nos sorprende. Ni la estabilidad presupuestaria ni el estudio riguroso de prioridades son elementos que cuentan cuando se trata de promocionarse políticamente, ya que lo que se pretende es presentarse como alguien diferente y llamar la atención por encima de todo, intentando así conseguir popularidad.
Si para ello hay que despreciar todo lo precedente, tanto mejor. No importa gastar más de lo que se ingresa y, eso sí, rodearse de incondicionales que digan sí a todo, atenazar las estructuras y purgar todo lo que no esté en su órbita. Como decíamos al principio, que esto suceda en la política no nos asombra. Pero lo que si nos causa estupor y desilusión es que el hecho se contagie a algunos profesionales. En un profesional, por más que se tenga fe ciega en una persona o en una ideología, la ética debe formar parte intrínseca de todos y cada uno de sus actos.
Si se alardea de valentía y de saber "tirar hacia adelante", estas cualidades deben servir para obrar con objetividad y para decirle a quien le transmite su confianza, todas las verdades, poniendo encima de la mesa tanto los "pros" como los "contras" de cada idea. Si una idea puede ser buena, y nadie, a priori, puede dudar de la bondad de cualquier idea, es preciso sopesar con rigurosidad todos los factores que concurren en ella. En el mundo abundan las grandes ideas y no por eso todas se llevan adelante.
Cuando se trata de grandes inversiones que pueden hipotecar a futuras generaciones, despreciar el factor económico, obviar la escala de prioridades y no analizar el binomio costo-beneficio es una auténtica barbaridad. Como es barbaridad mayor, imperdonable en un profesional, no agotar hasta el último extremo el análisis y la definición exhaustiva de cada actuación o cada obra para reducir al máximo posteriores sorpresas y costos innecesarios. Que esto tome tiempo, es lo normal, y si este tiempo es incompatible con otros condicionantes u objetivos político-económicos, en ningún caso puede justificarse la improvisación o la chabacanería.
Defender en los estrados los valores medioambientales, propugnando las estrategias de desarrollo sostenible y tratar, por otro lado, de burlar las leyes que lo regulan, recurriendo a todo tipo de artimañas, es otro comportamiento carente del mínimo sentido ético.
Tampoco es ético rehuir de forma permanente el debate con un colectivo profesional en una actitud de prepotencia intelectual, para luego reclamar el apoyo de éste en situaciones difíciles.
Pero lo menos ético de todo es desdibujar la realidad y adulterar la verdad, desacreditando, con la frivolidad que conlleva el considerarse válido para todo, el trabajo de otros colegas profesionales, con tal de conseguir unos objetivos, la mayoría de las veces, bastante mezquinos.
Cuando alguien se revuelve ante estas actitudes y solo pretende defenderse de la falsedad, diciendo la verdad y devolviendo su nombre a las cosas, se convierte de forma automática en "enemigo" y el resultado, muchas veces, suele ser su inmolación ante la mirada fría, indolente, a veces indiferente y la mayoría de la veces cobarde, de los que están a su alrededor.
El autor es arquitecto e ingeniero civil
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