| Portada | Clasificados | Foros | Ediciones anteriores | Archivo | Contáctenos |
skosmas@prensa.com Instalada en el laboratorio de la isla de Naos, Rachel Collin remueve con una pipeta de cristal algunas bacterias adheridas a su más preciado objeto de estudio: el caracol. La bióloga marina intenta descifrar si el espécimen translúcido -proveniente de Bocas del Toro- que flota y crece dentro del agua, pertenece a una especie conocida y si ya ha sido bautizada. "Es difícil de determinar a simple vista. Uno tiene que probar que en efecto se trata de una nueva especie y que ésta no ha sido nombrada aún", dice Collin, quien dirige la Estación del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales en Bocas. Sus investigaciones las realiza en Panamá e isla Colón. La científica centra sus estudios en dos aspectos fundamentales de la evolución de los caracoles: el cambio de sexo y la relación entre las especies. En efecto, los caracoles de la familia calyptraeid que estudia Collin nacen machos y luego se transforman en hembras. "Algunas especies de peces, gusanos marinos, camarones y caracoles cambian su sexo para asegurar un número mayor de descendientes durante su vida", explica Collin. Ella se propone averiguar a qué edad cambian su sexo y por qué. La teoría más aceptada indica que la interacción entre los caracoles determina sus cambios. De manera que si hay dos machos, uno de ellos se torna en hembra para asegurar la reproducción. Collin además se ha propuesto estudiar la relación entre las casi 100 especies que conforman la familia calyptraeid. "Me encanta trabajar con estos caracoles y existe una gran diversidad aquí en Panamá", señala la especialista. Hasta la fecha, la experta ha descubierto ocho especies desconocidas para la ciencia. También determinó la relación de 90 especies, y ha documentado el desarrollo de 70. Por ello la búsqueda y los nuevos descubrimientos no son nada nuevo para la especialista inglesa que durante cuatro años ha convertido las costas panameñas en su centro de acción. La bióloga marina también cultiva diferentes tipos de algas, el menú principal de los preciados moluscos. "Criamos cuatro especies, porque verdaderamente no sabemos cuáles prefieren los caracoles, a si que les preparamos una dieta mixta", cuenta Collin. Para ello, estudia el ADN, morfología y anatomía de los moluscos. Por ejemplo, las conchas de los caracoles más primitivos poseen un espiral más pronunciado, mientras que las que más han evolucionado son más alargadas y aplanadas, explica. Los científicos sabían que una vez que el caracol pierde el espiral de su concha, nunca lo recupera. Pero el análisis de la científica sobre el ADN de la especie Trochita trochiformis determinó que esa especie evolucionó y recuperó su espiral. Para llegar a establecer la relación entre las especies, Collin hace un secuenciamiento de dos o tres genes del caracol. Luego, se clasifica genéticamente a la especie para crear un catálogo basado en las pequeñas secuencias de ADN que describen a esa forma de vida. Este proceso es lo que los científicos llaman codificar la vida (aplicar un código de barras a cada especie que se identifica). Collin combina los resultados genéticos y las observaciones morfológicas para definir la información, lo que resulta en un proceso tedioso porque se repite con cada espécimen que se observa. Entonces, no es sorprendente que en su laboratorio reposen centenas de caracoles que aún no han sido identificados. La experta presentó formalmente hace unos meses la especie bostrycapulus urraca.
Además en Panorama
• Eléctricas devolverán 10 millones
|
|
|
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
© 2006.
Corporación La Prensa. Derechos reservados.
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||