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panorama@prensa.com El día que mi novia Claudia y yo subíamos las escaleras del edificio Dorchester, en la Vía España, para averiguar en un juzgado civil los requisitos para casarnos sentíamos que flotábamos en el aire. La gente se nos quedaba viendo, porque parecíamos una pareja de palomos de Castilla. Nos cruzábamos miradas y besos silenciosos, en un trato invisible que solo nosotros entendíamos. Nos adentramos en unos estrechos pasillos llenos de puertas con leyendas de juzgados de diferentes numeraciones. Mi novia, quizás adormecida por el éter de las flechas de cupido, le preguntó a un señor hosco: "¿donde se casa uno por lo civil?". El hombre se limitó a mostrar las esposas. Rápidamente el policía hizo una señal con el tolete para indicar el camino. Enemigos del amor Cuando llegamos al juzgado, nos encontramos con una de esas funcionarias que tienen la sonrisa como una perla: difícil de encontrar. Como si todo el mundo viviera nuestro idilio, la miramos y le dijimos, como si fuera una buena noticia para ella, "nos vamos a casar". La mujer únicamente movió los músculos de la boca para remitirnos a otra dependencia. Otra vez a subir las escaleras llenas de candidatos a reos. Al llegar a la nueva oficina, pusimos en práctica lo aprendido en los cursos de Dale Carnegie. "Hermoso día señorita, nosotros queremos saber si estamos en el lugar correcto para buscar los requisitos para casarnos". Sin mirarnos, la funcionaria, que tenía una cara de solterona que asustaba, desvistió una pastilla de menta, mientras nos contestaba: "sí, ya vi sus papeles". Después de un tiempo, comenzó a revisar los papeles. Para "matar el tiempo", nosotros nos hacíamos pucheros y mutuas cosquillitas. Nos llamó la atención que en la oficina de las "casamenteras" todo es manual. En un libro de portada dura, de esos que parecen de contabilidad, apuntaron nuestros nombres. Nos emocionó vernos registrados en el manuscrito. Nos dieron la fecha de la boda por lo civil, pero sin ningún comprobante que dijera que "Romeo y Julieta" estuvieron allí. Requisitos a la vista La voz ronca de la señorita cortó en dos el puente de amor que sosteníamos entre nuestras miradas. Nos entregó una lista de requisitos más larga que el menú de "La Cascada". Nos pedían certificado de soltería y de nacimiento. Si teníamos hijos, también deberían aparecer certificados; esto y lo otro. Nos dieron una volante para que no tuviéramos que pagar en el Registro Civil. Al día siguiente, cuando llegamos al Registro Civil pensamos que era la Bolsa de New York. Había más gente que en un baile gratis. Tuvimos que hacer una fila comunitaria en la que la gente buscaba certificados escolares, divorcios, inscribir niños, certificados de nacimiento, de soltería y, en fin, todo tipo de papelería. A cada rato salíamos de la fila para contestar el celular: "si jefe, ya estamos en eso, pronto terminamos el papeleo". Queríamos darnos un abracito, pero el insoportable calor lo impedía, ya que se habían dañado los aires acondicionados. Solo había dos personas atendiendo y uno que se movilizaba entre la fila para verificar que llevaras la solicitud correcta. No sé por qué cuando estaba en la fila me acordaba tanto de la procesión de Portobelo. ¿Sería por lo de un paso adelante y dos hacia atrás? Al rato, saqué un pañuelo para salirle al paso a unas gotitas de sudor que bajaban por la frente de mi novia. "Calma cariño, ya falta poco, ánimo, recuerda la luna de miel en San Andrés". Poco a poco, el pequeño agujero de la ventanilla de vidrio se fue agrandando. A medida que nos acercábamos a la meta, la gente, hastiada, tosía, maldecía, "refunfuñaba", bostezaba y decía palabras imposibles de publicar. Pensé para mis adentros: "los perros ladran, señal que cabalgamos Sancho". Cuando mi novia, extenuada y a punto de desmayarse, iba a entregar los papeles, un grito de guerra inundó el recinto: "se cayó el sistema". Pareja saludable Después de conseguir los papeles del Registro nos sentimos como un alpinista que siembra bandera en la cima del Everest. Le dije a mi futura esposa: "cielo, ahora nos faltan los requisitos de salud: tipo de sangre, hemograma, VIH, VDRL y urinálisis para ver si tenemos enfermedades venéreas". Como la gente tiene apuro de casarse, generalmente no acude a la Caja de Seguro Social, porque terminarían por casarse cuando el novio tenga la barba como la de Moisés. Nosotros tenemos las reservaciones en San Andrés y no queremos que se nos pase el verano. Hasta tenemos los bronceadores. Por eso recurrimos a los servicios de los laboratorios privados, los que, en menos que se aprueba un préstamo de jubilado, te entregan los resultados. Inclusive, muchos de ellos hasta tienen ofertas de la mitad del costo. Por lo regular, los exámenes cuestan 100 dólares. La oferta es de 51 dólares por pareja. Cuando llegamos al laboratorio, nos lanzábamos recíprocas miradas de compasión. Todo lo que hay que hacer para lograr la felicidad. Ya lo dice la Biblia, que la vida es aflicción. Pero ya vendrá la recompensa de gozar del aire yodado a la sombra de un cocotero, con uno de esos "cuba libre" enlatados. "Pura vida", diría un tico. Después de un pinchazo aquí, otro pinchazo allá, tienes que ir con el "cerro" de exámenes a buscar un certificado de buena salud, y más tarde volver al juzgado para concretar el ansiado trámite. Esta vez, la muchacha cambió su cara de "juez de campo" y nos obsequió una sonrisa como regalo de matrimonio. Todavía no nos hemos casado y con tanto trámite no es raro que nos quedemos dormidos la noche de bodas. Además en Panorama
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