| RELIGIÓN.
Entre la libertad y el irrespeto
Carlos Iván Zúñiga Guardia
El mundo musulmán rinde fervoroso culto a Mahoma. La población que sigue la palabra del Corán suma mil 300 millones de almas, diseminadas por distintos países del orbe. Las ceremonias multitudinarias de esa grey religiosa sugieren una devoción extraordinaria por el significado divino de su profeta y de su propia religión. Esa devoción engendra sensibilidades más crispantes que ecuánimes de modo que la conducta de los musulmanes no es dada a disimular afrentas a sus creencias.
Recientemente un diario de Dinamarca reprodujo una caricatura odiosa que hacía mofa del profeta Mahoma. Tal vez en otro momento no habría despertado enojo alguno entre los musulmanes. Pero en los días que corren con tantos episodios conflictivos entre oriente y occidente, con rencores a flor de piel, cualquier chispa imprudente podía producir una hoguera infernal. Desde luego, no toda la comunidad musulmana es permeable a esa llama colérica, pero siempre existen sectores proclives a la confrontación, al cierre del puño vengador. Es que, definitivamente, con la pasión religiosa de los pueblos no se debe jugar. Nada motiva tanto respeto como el dolor ajeno o como las creencias religiosas. Si fuera del caso abundar en argumentos bastaría con repasar las páginas de la historia que indican a los extremos hasta sangrientos que llegan los pueblos cuando impera la intolerancia religiosa.
La reacción popular por las viñetas contra Mahoma ha sido y es realmente aterradora o espectacular. No son hijas de la razón. Debe entenderse que esa reacción también la explica la formación cultural de esas colectividades. En la mayoría de los pueblos del mundo occidental no se reaccionaría con tanta impetuosidad y brutalidad si un caricaturista injuria a Jesucristo. Los católicos protestarían y en la protesta pacífica se reivindicaría la ofensa. Existe algo más significativo. En los medios de comunicación musulmanes las viñetas contra los postulados de la Iglesia católica, apostólica y romana son tan o más censurables que la que hoy ha generado el conflicto y a ningún miembro de la iglesia afectada se le ha ocurrido incendiar alguna embajada del mundo árabe, por ejemplo.
Esta verdad consolida lo que decía al principio: las discrepancias entre los pueblos musulmanes y los pueblos de occidente son tan críticas que cualquier gota puede desbordar el vaso.
Reitero que estamos en presencia, adicionalmente, de un problema cultural que ronda los valores. Para el mundo occidental la caricatura burlesca contra Mahoma se encuentra permitida por la libertad de expresión. Para el mundo musulmán el respeto a la libertad de culto, a las creencias religiosas, al sagrado protagonismo de sus profetas, es un valor superior. Se trata, por tanto, de una colisión de valores que debe ser entendida porque tales valores cuando se les lesiona producen irritaciones.
Es tan delicado el tema y ha apasionado tanto a la humanidad, que el constitucionalismo y la codificación tomaron cartas hace rato en el asunto. Las constituciones, consagrando los principios sobre la libertad de cultos y de expresión, y las codificaciones, protegiendo dichos principios y sancionando a quienes los pisotean. En ambos casos todo se encuentra tipificado. En lo concerniente a la profesión de creencias religiosas el Código Penal protege a los ministros de todas las iglesias, a los cultos y oficios de todos y el que intente perturbar las ceremonias de una iglesia es sancionado por el Código Penal. En lo concerniente a la libertad de expresión ella encuentra su límite cuando es desbordada en el campo de la injuria y la calumnia y para ello el referido código se ocupa de las sanciones. Son medidas cultivadas a lo largo de los siglos para que las sociedades vivan en paz porque, repito, los pueblos son posesivos en cuanto a sus creencias religiosas y a su derecho de expresarse libremente.
Lo ocurrido, por ejemplo, en la reciente procesión de Don Bosco, debo expresar que la acción perturbadora de otros grupos religiosos también la tipifica el Código Penal como un delito, lo que debe ser del conocimiento de los intolerantes para que no se convierta tal perturbación en una práctica impune.
En resumen, la enseñanza de los maestros y de los políticos al nacer la República, tendiente a fomentar un Estado laico y liberal, es lo que ha hecho posible que el panameño, por tradición y por convicción, sienta prudente respeto por todas las creencias y dentro de los cuadros culturales de la sociedad se produzca un periodismo de mensajes generalmente respetuosos de las creencias ajenas. Es el compendio de respetos y valores que Panamá ofrece como ejemplo a los mundos en discrepancia, hoy al borde del abismo, del abismo de la chispa y de la hoguera.
El autor es abogado y ex rector de la Universidad de Panamá
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