| CARTAS DESDE EUROPA.
Un futuro para Palestina
Camilo José Cela Conde
En contra de lo que piensan y dicen personas muy inteligentes y sensatas de medio mundo, y pese a que no puede decirse que los primeros indicios sean alentadores, creo que la victoria de Hamas en las urnas no es lo peor que podía pasarle al Oriente Próximo. A bote pronto, parece que ha sucedido toda una catástrofe. Ha llegado al poder de la vacilante nación palestina un grupo autoproclamado como terrorista, que hace del fundamentalismo su lema —"Hamas" significa eso—y de la destrucción del Estado sionista su objetivo estratégico. ¿Puede imaginarse algo peor? Pues bien, yo creo que sí que se puede. Podría haber sucedido que la tentación de cambiar el rumbo de la Historia llevara a un pucherazo que le arrebatase a Hamas su victoria bien limpia, si convenimos en limitar la limpieza a sus aspectos formales.
Un triunfo de Al Fatah habría dejado las cosas como hasta ahora, algo que, por más que la situación de conflicto entre palestinos e israelitas sea permanente, no ha llevado al menos —todavía— a la catástrofe. El status quo actual pasaba por entender que el fundamentalismo árabe sigue viendo en la destrucción total de Israel el objetivo más importante, muy por encima del bienestar de los ciudadanos propios y ajenos, pero con el matiz de la asunción por parte de los dirigentes más comprometidos en la lucha contra Tel Aviv —Palestina y Siria— de la imposibilidad de vencer por la vía de las armas. Ese pragmatismo impuesto a la fuerza, porque no hay más remedio que darse cuenta de que las cosas están así, parecía el mal menor cuando, de pronto, Hamas ganó las elecciones.
Tiene ya el poder en Palestina un partido que no renuncia a las armas, que se declara imbuido de fervor religioso, que ejerce con voluntad y esmero el terrorismo y que declara, desde el primer momento, que no va a renunciar a todo eso porque es su mejor bagaje. Pero la cuestión clave aquí es que Hamas goza del poder político en Palestina. No todo, porque el presidente Abás mantiene su derecho de veto, pero lo suficiente como para que los vencedores deban llevar a cabo un programa de gobierno. Algo muy diferente a su estrategia anterior.
Gobernar en Palestina con el boicot por parte de Israel es posible, sí, pero muy difícil. Hamas tendrá que buscar por tanto un compromiso entre lo que diga y lo que haga. Algo, por otra parte, que sucedió ya una generación atrás con Al Fatah, llevando a convertirse en partido político a un grupo también declaradamente terrorista. Por desgracia para los palestinos —y para Israel—, ese cambio llegó de la mano de una corrupción gigantesca que ahora le ha pasado factura al sucesor de Arafat. Los cínicos pensarán quizá que eso es lo mejor que puede suceder con la segunda versión, la de Hamas: que sus dirigentes se vuelvan corruptos. Pero hay una alternativa mucho más deseable: que se vuelvan dirigentes a secas. Que diseñen un plan de gobierno con mejoras para los ciudadanos de Palestina y lo lleven a cabo.
Algo así, que redundaría en beneficio del maltrecho, perseguido y humillado pueblo palestino, implica el llegar a acuerdos con Israel. Al Fatah, cuando Arafat pudo convertirlos en realidad, no lo quiso. Y cuando por fin lo quiso, fue el halcón Sharon quien lo impidió. Ahora ni Arafat ni Sharon están ya. El protagonista es Hamas. Ojalá que cuando nos sepamos de memoria el nombre de su líder sea para asociarlo a un tratado —aunque sea a escondidas— de paz.
El autor es escritor
Además en Perspectiva
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