| VIOLENCIA.
Alto al maltrato intrafamiliar
Teófilo Rodríguez Díaz
Que la institución familiar en Panamá está atravesando por una larga crisis, no es ninguna novedad. Si a ello se suma el efecto dominó que es la repercusión directa del conflicto sobre los hijos, el cuadro familiar resulta más dramático y alarmente.
Golpean nuestra conciencia las constantes informaciones de los medios en donde se registran hechos de violencia doméstica. ¿Qué se puede esperar de un hijo o hija familiarizado con las agresiones verbales y físicas de sus progenitores? ¿Cómo afrontar este flagelo?
Todos debemos sumar esfuerzos contra este mal que nos afecta a todos de una u otra forma. La violencia callejera no es más que el reflejo de lo que se ha recibido en el hogar: Un chico que es capaz de disparar, sin remordimiento alguno, un arma sobre otro ser, sin que medie justificación alguna, es señal de una sociedad enferma.
No tengo ni la menor duda de que la peor crisis de Panamá no es económica ni política: es una crisis moral. Tenemos un país que agoniza por falta de valores éticos y morales.
El Gobierno, la sociedad civil, los grupos gremiales y las diferentes creencias religiosas hemos de llegar a un compromioso mancomunado si queremos salvar el futuro de la nación en la convivencia pacífica. Se hace indispensable un pacto ético-moral de gran escala para salvar la familia panameña: si salvamos la familia, salvaremos la sociedad en que vivimos. Por el trabajo que llevamos adelante ya hace varios años con niños carenciados y en situación de maltrato y abandono, creo que estamos autorizados para hacer las siguientes sugerencias:
En primer lugar, trabajar en el fortalecimiento de la institución familiar, creando centros de orientación y ayuda en todas las formas posibles; según la situación o la conformación del núcleo familiar, para aquellas familias que carecen de medios económicos por falta de trabajo, desarrollar programas de auto-ayuda que generen ingresos para su sostenimiento.
En segundo lugar, la promoción masiva en los medios de comunicación que exalte los auténticos valores, y que a la vez se reconozca públicamente a aquellas familias que se destaquen mensual o anualmente en su honesto y recto actuar; que a nivel de los diversos credos bse promuevan cuñas o mensajes que transmitan enseñanzas sobre el don y la gracia de vivir en familia.
En tercer lugar, que el Estado se esfuerce más en ayudar a los niños de la calle con programas de acogida, protección y re-educación; que redoble sus esfuerzos en trabajar conjuntamente con las diversas entidades o asociaciones que se dedican al trabajo con los niños.
Sólo cuando tomemos conciencia de que mediante el trabajo conjunto, y como prioridad estatal, se afronte el tema de la violencia doméstica con proyectos definidos, se frenará este mal.
Hemos de ser realistas al entender que la problemática no se solucionará de un día para otro, pero que si se deben sentar hoy las bases para un mejor Panamá mañana. La riqueza de un país es su gente y esa gente tiene un núcleo que se llama familia: si ayudamos a ese núcleo el beneficio redundará en bien de la nación.
La Palabra de Dios nos recuerda, en el profeta Zacarías 4:6, que no es con la fuerza ni con la violencia, sino con su Espíritu es quien nos conduce al bien y a la transformación personal y social. Si nos abrimos al Espíritu de Dios, Dios se abrirá a nosotros y nos bendecirá con su paz. No a la violencia, sí a la paz.
El autor es sacerdote
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