| méxico.
Contrabando a la inversa
Jesse Bogan
BROWNSVILLE, Texas. El Cessna de un motor se elevó más alto entre el cielo nublado, inclinándose a izquierda y derecha hasta que el contrabandista era sólo un puntito que zumbaba sobre la frontera entre Estados Unidos y México.
"Había gato encerrado en este embarque, al igual que en los otros miles parecidos". "Es un contrabando semilegal", parte de una tradición que se remonta a décadas. Productos legales, tenis, en este caso, que se llevan de Estados Unidos a México sin pagar impuestos. La gente en el negocio llama a estas mercancías pacas negras.
"Normalmente, vamos a pistas privadas de aterrizaje porque los aeropuertos en México consumen mucho tiempo", dijo el piloto, quien pidió no ser identificado por temor a perder su empleo. Sabe que si lo atrapan tendría que pasar algún tiempo en prisión en México. En ocasiones, hacemos una pista; en otras, dos. Algunas veces no hacemos ni una; depende de la demanda en el momento.
Un hombre cortés de 60 años, agregó que uno de los destinos es un rancho que tiene una pista de grava. "Para mí sólo se trata de volar; sólo es un trabajo", dijo. Para mí es mucho mejor llevar cargamento que personas. Con ellas, uno se tiene que ver bien, incluso, oler bien. El cargamento no se queja; las personas, sí. "Oye, brinca demasiado". "Todo lo que me da son cacahuates...".
Derald Lary, director de aviación del Aeropuerto Internacional McAllen-Miller, dijo que no sabe que alguien transporte tenis o cualquier otra mercancía a México, aunque recordó historias de contrabandos de antaño.
"Legal según nuestra legislación pero ilegal hasta la pared de enfrente según la mexicana", fue como resumió esa práctica. En su apogeo en los años de 1970 y 1980, los aranceles exorbitantes a los aparatos electrónicos crearon una demanda y ayudaron a la aviación fronteriza y las economías de mercado de Laredo a Brownsville. Cualquier cosa desde un Cessna hasta un DC-3 evitaban los aranceles volando a pistas remotas.
"Compraban cualquier cosa, desde videocaseteras, televisiones, radios de punto a punto; por Dios, licuadoras Cuisinart", dijo Lary. "Realmente, fue un empujón para arrancar nuestra economía".
Los pilotos eran y siguen siendo unos aventureros. Varios volaron en misiones de la guerra fría para la línea aérea puntal del Organismo Central de Inteligencia, Air America, según diversas fuentes, incluido un ex contrabandista. Bebiendo una Budweiser, las raíces del pelo encanecido se le veían entre el pelo pintado de café, el hombre estaba cerca de un DC-3, un aparato de mediados del siglo 20 para uso intensivo, parado en un aeropuerto fronterizo.
Contó el aterrizaje de aviones bimotores grandes por la noche en pistas iluminadas con trapos empapados en diésel, guiados por radio, y que hablaban en clave con las personas abajo.
"Era típico que a las pequeñas comunidades mexicanas les encantara ayudar", dijo. "Una forma de hacerlo, es contratar a personas del pueblo para descargar", dijo.
"No les importaba; daba dinero en efectivo en áreas remotas".
Los riesgos son considerables. El ejército mexicano le disparó, al igual que a otros pilotos.
Las autoridades mexicanas derribaron tres aviones en un mes en 1982 y detuvieron a los pilotos, informó la revista Air and Space.
Debido a las devaluaciones del peso, los cambios posteriores al 11 de septiembre e impuestos más bajos por el tratado de libre comercio para América del Norte, las operaciones de contrabando se volvieron inusuales, si no es que se extinguieron, según los pilotos y directores de aeropuertos.
El negocio que queda parece ser a escala reducida. Manuel Lagunes Villa, un inspector mexicano de aduanas en Matamoros, restó importancia al negocio. "Existen pistas de aterrizaje; pueden terminar en ranchos con pistas ocultas", dijo. Pero es muy raro porque es más fácil en automóvil. "Es muy raro porque el ejército mexicano checa esto".
Existen reportes de vuelos diarios para contrabandear que salen de Brownsville, y una tarde reciente, salieron dos aviones con una diferencia de siete minutos entre uno y otro.
Francis Knapp, un distribuidor de coches de 83 años y piloto basado en Brownsville desde hace mucho, parpadeó cuando se le preguntó sobre el tráfico. "He conocido a muchos de los pilotos. Es difícil creer que unos tenis valgan la pena el viaje", dijo.
Roland Herwig, un vocero de la Dependencia de Aviación Federal para la Región Suroeste en la ciudad de Oklahoma, dijo que se ha percatado de los vuelos. "Entiendo que esto tiene años", dijo. "Hemos revisado a la gente que hizo esto en el pasado, este tipo de operación, y han actuado de conformidad con las normas".
Un ex piloto, Francisco Treviño de 64 años que solía volar desde Brownsville, dejó de hacerlo después de que falló un motor de su Cessna en 1996 cuando llevaba un cargamento de tenis. Hizo vuelos con contrabando durante 10 años, un negocio que según dijo comenzó con pasajeros que sólo querían llevar una televisión de cuando en cuando.
Creció mucho más, y en parte justificó el trabajo porque actividades similares se han llevado a cabo desde que construyeron Brownsville y Matamoros... Uno sabe que es un riesgo pero cuando se es joven, no importa. Simplemente, uno lo hace.
Lo describió como un trabajo que atrae la conciencia y el carácter de los pilotos, algunos de los cuales tienen hijos ya grandes, pero son adictos a volar.
"Es sentimental porque ya no vuelo", dijo.
Cerca, tenía un suministro recién adquirido de analgésicos para la espalda, la cual fue reforzada con cilindros metálicos desde que se estrelló.
Un hombre que pasó tres años en una prisión mexicana después de que lo atraparon con un avión lleno de contrabando negó con la mano una solicitud de entrevista, pero dijo que a los pilotos les encanta volar.
"Es factible que en este negocio, a los pilotos les guste volar un poco más que a los normales", dijo, lo que ayuda a explicar por qué sigue haciéndolo.
The New York Times News Service
Además en Perspectiva
• Contrabando a la inversa • Analfabetos políticos • Misiles, bombas y petróleo
|