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Reportaje especial
Panamá, sábado 28 de enero de 2006
 

profesionalismo.

Sagitarios de la libertad

Carlos Iván Zúñiga Guardia

En el mundo de hoy algunas actividades humanas se enfrentan a toda clase de agresiones. Hace un par de años leí una estadística sobre los abogados asesinados en las dictaduras y la cifra resultaba pavorosa. El oficio de defender los derechos humanos en los sitios en que impera la arbitrariedad conlleva sus riesgos fríamente previstos. El abogado que abraza las causas sociales sabe lo que suele ocurrir en el laberinto del terrorismo oficial o privado. Recuerdo a un abogado cubano enfrentado a la dictadura de Batista que constituía un símbolo universal de la dignidad y de la vocación de servicio de un perfecto defensor de la causa de la libertad. Me refiero a Pelayo Cuervo, un hombre sencillo, diáfano, enemigo de la publicidad al servicio de sus ejecutorias. Batista se deshizo de él en la primera oportunidad en que su muerte podría aparecer como fruto de un acontecimiento confuso. El día que unos estudiantes pretendieron con arrojo inaudito tomar el palacio presidencial cubano, Batista no sólo asesinó a la muchachada mártir, sino que extendió su mano asesina sobre ciertos adversarios. Pelayo Cuervo fue asesinado en esa ocasión.

El terrible afán de eliminar a los abogados que se han identificado con los proyectos populares y democráticos no cesa. Ojalá el Colegio Nacional de Abogados logre investigar con Amnistía Internacional todo lo correspondiente a este drama profesional.

El periodista es la otra víctima de la mano negra del despotismo. En el diario El Mundo de Madrid, se cuenta que el año 2005 cerró con 89 periodistas asesinados. No fueron asesinados por tributar lisonjas, lo fueron por sagitarios de la verdad, por su terquedad de no transigir con los tiranos y por su política polémica y divulgadora de los delitos del poder.

En el pasado panameño encontramos episodios que consagran vejaciones a los periodistas y a los periódicos. La ferocidad totalitaria tiene pisadas de Atila. Desde la fecha, y seguramente desde antes, que el general Vásquez Cobo destruyó la imprenta que editaba Él Lápiz y flageló a su director Sacrovir Mendoza, los medios de comunicación libres de Panamá han sido sometidos con intermitencias, determinadas por la crisis de la democracia, a fatalidades semejantes.

La historia del Panamá América, de La Prensa, de Radio Mundial, Impacto y KW Continente está vinculada a los zarpazos aberrantes de los engreídos, cobardes y arbitrarios entorchados de la dictadura militar (1968-1989). En esa época gris, hubo, también, periodistas asesinados, encarcelados, torturados y exiliados. De modo que en nuestro medio la ola terrible que en el año 2005 sepultó a 89 periodistas en el mundo produjo en el pasado sus estragos abominables.

Los informes de todos los tiempos indican que ejercer el periodismo es tanto como afrontar riesgos. Ese riesgo ha tenido sus modalidades. Antes resultaban frecuentes los lances que lavaban la afrenta. Un comentario que podía lastimar injustamente la sensibilidad del aludido se ventilaba en el campo del honor. En otras ocasiones el periodista caía súbitamente abatido. En el Perú se dio el caso del célebre vate José Santos Chocano que asesinó al periodista Elmore porque se atrevió a criticar los versos épicos del poeta. La sociedad, empero, se fue civilizando y las pugnas surgidas de una opinión crítica se ventilaban en las sumarias en el caso de que se incurriera en calumnias o injurias.

En el pasado no tan remoto los gobiernos intolerantes imponían la censura en los medios. Un funcionario con el lápiz afilado colocaba bozales a la libertad del periódico y del periodista. Eran procedimientos ultrajantes, propios de las dictablandas y dictaduras que hemos padecido. El triste papel de censurar, clausurar y destruir los medios lo protagonizaban ciertos personajes, vivos o muertos, que hoy son adulados por algunos de los medios que sufrieron el rigor de las botas totalitarias.

Los políticos son las otras víctimas predilectas de la opresión. Se dan la mano en el martirologio con otras dirigencias sociales. En Colombia, por ejemplo, han asesinado en los últimos lustros más de 500 líderes sindicales. Ser político, periodista o abogado en un régimen despótico, comprometidos con la lucha por los derechos humanos, es tanto como llevar a cuestas la mortaja. Esa es la estampa del profesional social. En los tiempos en que era abogado de los trabajadores de las bananeras, cuántas veces pusieron precio a mi cabeza. Esa cabeza, decían los conjurados, vale apenas diez centavos, que es el precio de una bala. A mis oídos llegaban confidencialmente las tertulias conspirativas y los nombres de quienes sugerían mi asesinato. Pero al igual que Pelayo Cuervo silenciaba las conspiraciones para no suscitar comentarios que señalaban la denuncia como exhibicionista, publicitaria o propia de una egolatría esquizofrénica.

En el año 2005 han asesinado 89 periodistas. La noticia merece mil relatos, todos en homenaje a los históricos arqueros de la verdad.

El autor es abogado y ex rector de la Universidad de Panamá


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