| CuLtura.
La evolución de la ‘coima’
Carlos Eduardo Galán Ponce
La procedencia más original del vocablo se atribuye a la contracción de los términos en inglés coin (moneda) y man (hombre). El hombre que recogía las monedas. Así se conocía al pequeño porcentaje que cobraban los dueños de cantinas a sus parroquianos, sobre las apuestas que se hacían entre ellos mismos, por permitirles jugar en sus locales a los sencillos juegos típicos de la época, mejor conocidos como "chinguia".
El volumen reducido de la época hacía que no se considerara necesario distraer recursos administrativos a su control, pero el incremento que fue teniendo lugar con el pasar del tiempo, llamó la atención de los funcionarios y su tolerancia pasó a convertirse en parte de los beneficios adicionales, conocidos como "coima" también, que le correspondía a los oficiales uniformados, ya que eran sus subalternos quienes realizaban las rondas a estos sitios. Con el advenimiento de la dictadura "la coima" se institucionaliza y se convierte en una "concesión" que los militares otorgaban a sus aliados civiles de cuello blanco, quienes a su vez la vendían a los dueños de cantinas para que pudieran los juegos tener lugar en sus locales, destinándose un porcentaje del producto de estas "concesiones" a los fondos del partido político de la dictadura.
Hasta aquí la operación era relativamente modesta y aun sumada la sempiterna venta de chances clandestinos y las loterías de otros países, eran actividades que todas juntas poco influían en la pobreza en el país, ya que los grandes juegos de azar constituían una actividad exclusiva del Estado, sus locales eran escasos, no sufrían campañas publicitarias y sus ganancias eran destinadas a obras de carácter social. En esta combinación de juegos, aún podíamos decir que todo "quedaba entre nosotros" y quizá hasta más, porque si te ganas una lotería de otro país, te las ingenias para traerte el dinero.
Mucha agua ha pasado bajo el puente desde entonces y ahora, el pastel ha crecido a niveles extraordinarios y la firma de un funcionario con mando, que antes refrendaba un contrato para pintar una escuela, hoy llega a significar negocios con consorcios extranjeros de millones de dólares y por supuesto que el término ancestral de "coima" permanece presente sólo que agigantado en proporción al volumen de los negocios de la época actual...
Las Vegas, la más famosa ciudad del juego, fue construida en el medio de la nada, con más de 200 millas desérticas a su alrededor donde el sólo llegar constituye un esfuerzo económico que no está al alcance de todos. Recibe más de 30 millones de turistas pudientes al año que son los que dejan allí sus dineros, no solo en juegos, pero en hoteles, comidas, licores, espectáculos y todo tipo de diversiones, dineros que si bien el diseño es siempre para beneficiar mayormente a los propietarios de los hoteles-casino, extienden su beneficio a una gran cantidad de otras actividades y como provienen casi exclusivamente de visitantes, esos millones generan una pujante economía local. Esa ciudad fue edificada así precisamente con la idea de captar solo a los más pudientes y no aprovecharse del escuálido bolsillo de los más necesitados, lo que de paso es mejor negocio. ¿Y sabes quiénes fueron irónicamente sus creadores? La mafia.
En Panamá como el país es pobre, nuestros genios razonaron diferente y en un período bovino se privatizan los casinos y el Gobierno se dedica a extender a franquicias extranjeras licencias para operarlos, a cambio de una llamada "participación", para no darle ese feo nombre de "coima" y además a alguien se le "prendió el foco" y descubrió que en este país había más pobres que ricos y que como aquí en Panamá casi todos los hoteles están a la orilla de las aceras, la norma de que solo en hoteles podrían operar los casinos, caía "al pelo", ya que esas mayorías pobres, seducidas por la publicidad masiva que los hace creer que allí se van "a salvar", solo tienen que desviarse unos pocos metros de su andar cotidiano, para dejar allí el dinero de la comida de sus hijos. Y hay sitio hasta para la pobreza extrema, pues ya hay un casino invitando a jugar en máquinas de uno y de cinco centavos. ¿Y sabes quienes los patrocinan? El Gobierno y las franquicias extranjeras que se llevan el dinero del país.
Referente a este tema, hace poco leí en La Prensa dos noticias que me llamaron la atención. Una buena y una mala. La buena en Chile: Una franquicia brasileña le solicitaba al gobierno una concesión para establecer casinos y el gobierno le imponía para considerarlos dos condiciones iniciales, que no podían instalarse en la ciudad capital y que en el interior del país no podrían instalar un casino a menos de 80 kilómetros de otro.
Razones en la capital, la migración masiva de gente del campo en busca de oportunidades que sería víctima del juego. Y en el interior, para que no proliferaran y se cuidaran de escoger bien los sitios más frecuentados por el turismo. La mala en Panamá: La sección empresarial recoge una noticia con una foto de un grupo de niños escolares, acompañados de sus maestros, de visita en un casino como parte de su formación académica. Me pareció tan insólito que quiero pensar que era para enseñarles de pequeños los sitios que no deben frecuentar.
El autor es ingeniero agrónomo
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