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Reportaje especial
Panamá, viernes 13 de enero de 2006
 

POBREZA. MÁS DE 400 PEPENADORES LUCHAN POR LA MEJOR BASURA.

Cerro Patacón y su vida de siempre

Aunque en teoría está prohibida, la presencia de hombres, mujeres y familias en Cerro Patacón es usual.

En esta última gira médica se encontró lo de siempre: hongos, resfriados y fuertes dolores de espalda.

LA PRENSA/Jihan Rodríguez
ASISTENCIA. Varios niños y adolescentes recibieron ayer atención médica. Muchos son parte de la ‘fuerza laboral’ del basurero. 619485
Ana Teresa Benjamín
abenjamin@prensa.com

Con el nombre que trae Feliciano, podría pensarse que su suerte es una mala torcedura del destino.

Viéndolo allí, en medio del olor picante de Cerro Patacón, hay que hacer un esfuerzo para imaginárselo en el pueblo donde nació: Palmas Bellas.

Porque dicen que Palmas Bellas, en la costa abajo de Colón, es un pueblo idílico bañado por el mar Caribe, aunque perdido por la desidia.

Por alguna razón que no quiere contar, Feliciano abandonó todo hace 25 años y encontró en el vertedero de la ciudad su lugar para vivir. Allí malvive entre amigos, enemigos y sus compañeros de faena, los "rebuscones". Feliciano, claro, se gana la vida rebuscando hierro y cobre en el basural.

Todo esto cuenta mientras espera a Julio Ayala, director de la clínica médica del Municipio de Panamá.

Como en cada gira de este tipo, las sorpresas son pocas. Ayer, por ejemplo, Ayala encontró patologías que podrían adivinarse en un ambiente como este: muchos hongos en la piel (especialmente en las manos); muchos resfriados (no raros en esta temporada y más si se trabaja a sol y agua); y muchas lumbalgias (por la cantidad de peso que levantan los pepenadores todos los días).

Se supone que la intención de las giras es ganarse la confianza de los más de 400 pepenadores para hablarles, luego, de la necesidad que tienen de organizarse. "Ellos hacen un trabajo como cualquier otro, pero no está dignificado", explica Vielka de Pérez, jefa de Trabajo Social de la Dirección de Aseo Municipal.

El trabajo de los pepenadores consiste, básicamente, en recolectar todo lo que sirva de lo que otros han tirado. Ellos se lo venden a un intermediario que no ha hecho –literalmente– el trabajo sucio, pero que se lleva el grueso de las ganancias.

La idea de Pérez es que los pepenadores se conviertan en dueños de su propio negocio y suban un escaloncito en el nivel de vida.

Pero allá arriba, en medio de la hediondez insoportable de los desechos de la ciudad, los pepenadores piensan poco en organización y más en sobrevivencia.

Como cada día, sus horas transcurren entre el estruendo de las orugas, el aleteo de los gallinazos, el zumbido de las nubes de moscas y la oferta tentadora de mujeres que venden soda fría, raspao y sopa.

"Allá arriba pasa de to’o y venden de to’o", cuenta Feliciano, sonriendo a plenitud sin importarle apenas los pocos dientes que tiene.

A Cerro Patacón llegan diariamente mil 200 toneladas de basura, una cantidad que cabe en el vientre de 100 camiones recolectores.

Creado en 1985, en el vertedero hay ya un cerro completo formado de basura. Actualmente se depositan los desechos en el segundo cerro, mientras se prepara el terreno para el tercero.

Si bien se supone que la presencia de los pepenadores está prohibida, la realidad se ha impuesto sobre las normas. Es más, alrededor del vertedero han nacido barrios como el de San Francisco, Mocambo y Kuna Nega.

De allá bajan adultos y también niños a rebuscar entre la inmundicia. También vienen de más lejos, como Eric, quien cuenta que tiene 10 años aunque parece de siete. Dice que vive en Torrijos Carter y que ayer se pasó buscando un juguete entre la basura, sin suerte. "Eso allá está hediondo", comenta a una trabajadora social, mientras Feliciano, sonreído, se le queda viendo.


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