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Reportaje especial
Panamá, domingo 8 de enero de 2006
 

libertad de expresión.

Hace falta un Emilio Zolá

Belisario Herrera A.

Los periodistas constituyen el alma de la democracia, cuando se conducen con la verdad debidamente lograda en una investigación objetiva. A eso nos referimos, a un periodismo practicado en forma seria y honesta, pero existen aquellos funcionarios que bajo el campanario hermético y muy aislado en que ejercen sus funciones y al cual penetra con su pluma como un estilete el periodista audaz y logra dar a conocer a la opinión pública cualquier acto desatinado o de corrupción, salta como un resorte para demostrar que se siente herido y lastimado, pese a su mala conducta como funcionario público en que se creía libre de todo cuestionamiento por la prensa independiente.

Cuando el periodista logra dar a conocer una muestra fundamental del acto de corrupción, pero que no tiene en ese momento todas las piezas del ajedrez pero que su labor es altamente plausible por la ciudadanía que le da seguimiento, día a día, a su vertical tarea, entonces el funcionario aludido con sus pies juntitos sube las escaleras de los tribunales para acusar al comunicador de calumnia e injuria en que a la postre cuando el caso en firme queda resuelto, el demandado queda absuelto de toda responsabilidad, a menos que se administre torcidamente el proceso en condiciones de subalterno al que se cree todopoderoso.

Si los funcionarios públicos en nuestro país, en vez de adoptar posturas de prepotentes cuando se les critica por los medios, aceptaran de buen grado las críticas e incluso que como humanos sin ánimo de faltar a sus cargos, procuraran en adelante corregir sus actuaciones o dispensaran aclaraciones, sin alterarse en el carácter, su postura si fuera ese el camino que adoptaran, el pueblo tendría de ellos el mejor concepto porque demostrarían propósito de superación.

Desde hace mucho tiempo no logro comprender cuál es el alcance de las oficinas de prensa oficiales que operan en distintas instituciones del Gobierno, cuando un sentido elemental me indica que éstas deben trabajar en dos direcciones: informar de la marcha del Gobierno, pero también acopiar todas las fallas que se publiquen con respecto a los desaciertos que públicamente aparezcan para que sean canalizadas hacia quienes deben corregirlos, pongamos por caso si se trata en primer lugar del Presidente de la República, hacérselas llegar a su conocimiento por intermedio del funcionario respectivo. El modus operandi sería lo de menos. Me valgo tan sólo del ejemplo.

Y pondría por caso la actuación de los ministros de estado que son responsables de las actuaciones de sus subalternos y por lo tanto no pueden ser indiferentes a las críticas.

De lo que se trata es de que todas las actuaciones del Gobierno en general, siempre estarán en la mira de un periodismo no controlado. Y estoy seguro que un gobierno tendrá mejor imagen, si no existiera tanta indiferencia a las críticas objetivas y serias, y no salieran al paso con tanto enojo, funcionarios pegados de la ubre presupuestaria, pero que el saldo de sus gestiones es negativo y, lo que es peor, están preñadas de actos de corrupción.

El título de este espacio sabatino viene como anillo al dedo. En algún momento podríamos tener otro Emilio Zolá en nuestro país que esté debidamente capacitado para administrar la verdad sin miedo y denunciar, no importa las consecuencias. Emilio Zolá, aquel famoso escritor francés (1840-1902) que hizo de su pluma una espada. En 1898 Zolá publicó en el diario Aurore un severo ataque bajo el título J Accuse contra los que inculpaban a Dreyfus en el famoso proceso contra este oficial, claro que le valió el exilio y toda clase de persecuciones pero visto con calma el proceso, resultó vencedor, al cabo de un largo tiempo.

El autor es abogado y periodista


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