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Panamá, sábado 7 de enero de 2006
 

LA PÁGINA DEL CIUDADANO
Un título para mi pedazo de tierra

Desde septiembre de 2004 intento convertirme en dueño de mi casa. Pero la burocracia conspira contra mí.

¿Quiere su título de propiedad? Haga una cita, llene un formulario y, sobre todo, tenga paciencia.

LA PRENSA/David Mesa
ESPERA. La eficiencia del banco en hacer los trámites puede calificarse de mala. Los sillones para esperar, en cambio, superan las expectativas.616092
Redacción de La Prensa
panorama@prensa.com

La aventura comienza desde las entrañas de la casa matriz del Banco Hipotecario Nacional.

Faltan 10 minutos para las 8:00 de la mañana. Llego al edificio ubicado frente a la Avenida Balboa. Un detector de metal me da la bienvenida. Paso sin inconvenientes bajo la mirada de un agente de seguridad, de esos que usan camisilla blanca.

Al frente, una puerta de vidrio me traslada a la sala de atención al público. Está casi vacía. No hay cuadros ni tampoco letreros informativos. A mi derecha una funcionaria atiende a una joven que también busca, con amplia sonrisa, su título de propiedad. A los lados, dos cubículos solitarios. Solo tres grandes sillones, varias sillas y una pequeña mesa decoran el lugar.

Al frente, una pared de vidrios ahumados sirve de ventana para observar los vehículos que pasan a toda velocidad sobre la Avenida Balboa.

"Joven, tome un número por favor", dice la funcionaria, antes de que tome asiento. Siguiendo la orden, miro para todos lados y al fondo solo veo a una mujer detrás de un mostrador, con unos auriculares con micrófono incorporado como los que usan algunos cantantes para poder moverse con libertad en los escenarios.

Me acerco. Ella me mira por encima de sus anteojos de aros dorados y me entrega el número. No hay palabras. Continúa su faena. No hay duda de que sus uñas son importantes. Les da forma con una lima de esas que venden los buhoneros a 25 centésimos.

¡Ya tengo el número! Es el cuatro, según puedo leer en el recorte de un fólder color crema que ahora es el pasaporte a mi título de propiedad. ¿Qué hago ahora? Un inmenso sillón chocolate es el siguiente paso. ¡Muy cómodo!

Larga espera

Veinte minutos después de haber entrado, otro funcionario —le llamaré Alejandro para que no se diga que la cosa es personal— ocupa uno de los cubículos huérfanos. Le da un sorbo a una bebida que acaba de comprar en los quioscos de frituras del frente y se ajusta la corbata. "Hace calor, no han encendido el aire acondicionado", comenta a su compañera de a lado, que aún atiende a la joven ilusionada que busca su título de propiedad.

Otra señora, sentada en una de las sillas de espera, y que había llegado antes que yo, empieza a mover su pie derecho. Cualquiera diría que la espera la comienza a desesperar.

Poco a poco, la sala empieza a llenarse. Un señor, con mapa en mano, me pide el favor de leerlo para saber con exactitud la medida de su lote.

Dice que tiene años de vivir en la barriada de Veranillo, San Miguelito, distrito donde vivo desde hace 28 años.

De pronto, Alejandro, el funcionario, sube al escritorio hasta llegar al acondicionador de aire, le quita la parrilla y lo enciende desde adentro. A falta de un control remoto, no le queda más remedio que realizar la "hazaña".

"Número cuatro". ¡Bingo! Es mi turno.

—Vengo por el título de propiedad, porque cuando vine en noviembre me recomendaron que regresara a finales de diciembre. Explico.

Alejandro enciende un computador y me solicita los datos generales. Los introduce y de inmediato el monitor muestra que estoy libre de deudas desde 2004.

—¿Por qué aún no me tienen listos mis documentos?

Alejandro saca de entre una pila de archivos tres grandes carpetas arrugadas, llenas de papeles sujetados por ganchos de aluminio casi oxidados. En la tapa, escrito con pluma roja por alguien que de seguro fracasó en caligrafía, un título dice: "Respuesta de Notaría".

—No aparecen... Espere mientras hago una llamada.

Mientras tanto, la joven que había llegado antes que yo concluía todos los trámites. De pronto, una noticia le borra la sonrisa: la notaria que debía firmar los papeles se enfermó. Al menos eso le informa una funcionaria. "Tendrá que volver mañana".

Todo el esfuerzo que hizo no le dio resultado. Había llegado con el número uno. Tras casi media hora de plática con la funcionaria, le dicen que le hacen falta algunas estampillas.

Para resolver el problema el mismo día y no regresar más, la joven sale deprisa al banco más cercano para conseguir las estampillas. Casi 10 minutos después regresa para recibir la mala noticia.

Con las manos vacías

Pero ella no está sola. Yo sigo en mi sillón. Mi reloj marca las 9:15 de la mañana.

—Quiero que me explique qué es lo que sucede con mis documentos.

El funcionario insiste nuevamente en que espere unos cuantos minutos. Realiza unas llamadas y mueve la cabeza con gesto negativo.

Después de una larga espera, la única respuesta que obtuve fue que mis trámites habían sido suspendidos porque la encargada ya no laboraba en esa institución.

Ahora, dice Alejandro, un analista de proyectos será el que retome mi caso.

El analista tendrá que revisar si no estoy moroso para luego enviarle el visto bueno al gerente. Éste a su vez, y no se sabe cuánto tiempo le tomará, lo remitirá al notario.

Este último personaje debe firmar la autorización de mi título de propiedad.

Alejandro, por su parte, me explica que —para rematar mi incertidumbre— mis papeles los habían archivado por equivocación en una carpeta con los clientes morosos.

Por quinta vez en el año tengo que llenar una papeleta denominada control de asistencia al cliente para dar fe de que fui atendido.

Alejandro toma la boleta y la archiva junto a una pila de papeles, que también habían llenado otros cuentahabientes en días anteriores.

Desde septiembre de 2004 intento que el banco certifique que soy el dueño absoluto de mi casa y de mi pedazo de tierra.

— "Mejor vuelva como a finales de enero, para ver si le tenemos respuesta".


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