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Especial para La Prensa. Desde hace 10 meses, lo único que Julio Andrade* hace en su vida es trabajar y añorar la presencia de su esposa y sus dos hijos que se quedaron en su natal México. Pagó 26 mil pesos mexicanos —algo así como 2 mil 600 dólares— para que lo llevaran en un camión con 17 personas más rumbo a Estados Unidos. Las dos mujeres y el resto de hombres del grupo que lo acompañaba en la osada aventura cruzaban los dedos para que los guardias de la frontera no los descubrieran y pudieran llegar a su destino. Todos rodaron con suerte y lograron pasar sin problema. "Salí de Monterrey, pasé por Hermosillo hasta llegar a Sonora y alcanzar la frontera por Altar. Vine para asegurar el futuro mío y de mi familia; soy bachiller y en mi país trabajaba en una fábrica de escobas", contó temeroso y pidiendo prudencia a la hora de escribir su historia. Hoy, mientras Julio trabaja como ayudante de cocina en turnos de 14 horas en un restaurante de Nueva Jersey para recibir —cuando le va bien— 360 dólares semanales se pregunta qué será de sus compañeros de viaje. Vive en un apartamento de dos habitaciones, un baño, sala, comedor y cocina que comparte con otras seis personas. Del dinero que recibe paga cada mes 120 dólares de arriendo y energía; la comida semanal le cuesta 35. Los 205 dólares restantes los envía sagradamente a su familia todos los sábados cuando camina hasta la oficina de giros en el único paseo que puede darse. "Trabajar, pensar, hablar solo y en silencio. Así paso los días y seguiré hasta cuando cancele la deuda del viaje y tenga algunos ahorros para regresar a mi tierra con mi familia. Aquí la vida es muy dura, me miran raro porque no hablo el idioma", continuó diciendo con la mirada triste y en voz baja. En una situación parecida a la de Julio se encuentran 11 millones de indocumentados en Estados Unidos, según las cifras de un reciente estudio realizado por el Centro de Política de Inmigración (IPC, por sus siglas en inglés), un think thank que se ocupa de promover los logros de los inmigrantes en el territorio norteamericano. De acuerdo con esa investigación, el desempleo en ese país es de 5%, la mitad del que existe en Colombia y también en Francia, porcentaje del que forman parte más norteamericanos que inmigrantes. Tal situación se presenta porque los no nativos asumen los trabajos que los estadounidenses no quieren hacer: limpieza, cocina y otros oficios menores. ¿Ciudadanos de segunda? Los inmigrantes legales que hablan y escriben inglés y que cuentan además con un título profesional se sienten muy cómodos en Estados Unidos porque pueden ocupar cargos acordes con sus estudios. Este atractivo profesional provoca la fuga de recurso humano de países en vías de desarrollo. Las estadísticas migratorias muestran que, por ejemplo, en Guyana se van 89 de cada 100 profesionales calificados; en El Salvador 31 y en Jamaica 84. De Colombia han salido 80 mil nacionales graduados. No hay certeza sobre cuántos de ellos cuentan con una visa de residente. "Estudié comunicación en Colombia y llegué a Estados Unidos en 1980, con mis papeles de residencia en regla. Los primeros años tuve que dedicarlos a aprender el idioma y a trabajar en lo que saliera. Fueron años muy difíciles en Nueva York. Poco a poco me fui abriendo camino y hoy trabajo en la Biblioteca de Broward en Florida. Aunque mis condiciones han mejorado, siempre me considerarán inmigrante y me mirarán en forma diferente", dijo Luz Macías. Pero la situación es bien distinta para quienes, a pesar de ser profesionales, viven en condición de ilegales. Todos ellos, como los jóvenes que se rebelaron en los suburbios franceses a finales del año pasado, no gozan de identificación oficial, viven en las zonas más pobres, carecen de seguro médico, son incapaces de conseguir un trabajo relacionado con su profesión, y en ocasiones son explotados por sus empleadores, además de ser maltratados psicológicamente. Obligados a emigrar Este grupo de profesionales calificados se vio obligado a abandonar sus países de origen por distintos motivos. En el caso de los colombianos, el conflicto armado ha sido la causa principal. El antropólogo Andrés Conde* trabajó en Colombia hasta hace dos años con una entidad que adelanta proyectos para comunidades indígenas. No resistió más las amenazas de grupos paramilitares y se vio obligado a empacar y emprender camino hacia Estados Unidos con su esposa y sus dos hijos. "Me duelen muchas cosas, el desarraigo, los trabajos que tengo que desempeñar aquí porque todavía no recibo la documentación que me otorga la condición de legalidad. El estrés permanente para producir el dinero que nos permita vivir con dignidad. Por momentos, cierro los ojos y no me creo capaz de continuar. El motivo para hacerlo es la familia", manifestó con voz quebrada y la depresión oculta. Un informe de la agencia IPC muestra que entre 1998 y 2001 emigraron cerca de 80 mil colombianos con estudios universitarios. La preparación de cada uno le costó al país 20 mil dólares en promedio. Y, sumados todos los que salieron por esa época, la cifra alcanza los 600 mil. Ángela María, a secas —prefirió reservarse su apellido—, trabaja en un restaurante en el Greenwich Village de Nueva York, a pesar de contar con un diploma universitario. Es madre soltera y vive en Queens con su hija de 10 años. "Vengo de Panamá, estoy aquí desde hace ocho años, soy abogada y no tengo visa de residente. En este restaurante trabajo un turno de seis horas, de lunes a sábado y me ganó 20 dólares, 80 semanales que no me alcanzan para vivir, así que debo rebuscarme la plata como sea para sostener a mi hija. No tengo tiempo de nada distinto al trabajo", expresó Ángela María. Los que ruedan con suerte Para Saúl Córdova la vida es otra cosa, gracias a las penurias asumidas por sus padres que emigraron a Estados Unidos 25 años atrás. Ellos le abrieron el camino a él, a su hermano y a dos hermanas más. Son también mexicanos, pero rodaron con una suerte diferente a la de Julio Andrade. Un buen día decidieron vender la casa que habían comprado en Nueva York a punta de desempeñar oficios varios y de trabajar de sol a sol. Con ese dinero se instalaron en Lindenwold (Nueva Jersey) y pusieron a funcionar su propio negocio, el restaurante "La Esperanza", donde trabaja toda la familia. "Llegamos aquí por el maldito destino, como dice la canción. Todos tenemos los papeles en regla y hemos tenido éxito en el negocio, porque trabajamos duro y brindamos muy buena atención a los clientes. Nos respetan, nos admiran y también nos envidian. No es fácil, por ejemplo, conseguir licencias para vender licor y nosotros la tenemos. Aquí lo miran a uno de la manera en que uno permite que lo miren. Por supuesto, el dinero nos hace merecedores de mayor respeto", sostuvo Saúl. Él gerencia el restaurante que se encuentra en remodelación para doblar el espacio y poder atender a 75 comensales y 15 personas en la barra, a mediados de enero. Carlos Morales, por su parte, llegó también como indocumentado por la frontera con México. "Después de 12 años pude montar este negocio legal, Juquilita Store Inc., que vende distintas prendas y gran variedad de discos compactos. Ahora vivo bien en Baltimore (Maryland), no me quejo, me respetan", explicó sin rodeos. La línea divisoria entre los hispanos exitosos y legales en Estados Unidos y los indocumentados se hace cada vez más pronunciada. Según una encuesta difundida esta semana por el grupo The Latino Coalition (TLC) —cercana a George W. Bush— los latinos que llevan décadas asentados en el país "no ven con buenos ojos" el arribo de los ilegales. Según el sondeo, el 52.4% de los hispanos registrados para votar está en contra de la legalización de los indocumentados, a menos que soliciten su regularización en sus países de origen. "Aquellos que están aquí desde hace más tiempo en su mayoría habla inglés, son votantes registrados, tienen un mejor estatus financiero y suelen concentrarse más en asuntos que tocan sus bolsillos, como los impuestos, la educación y la salud", dijo Robert Posada, presidente del TLC. Los inmigrantes más recientes, en cambio, "tienen ingresos más bajos, en su mayoría hablan español y están más preocupados por las políticas migratorias y las barreras idiomáticas". Secreta esperanza Julio Andrade no sabe cuántos cumpleaños después de sus 32 tendrá que pasar en las mismas circunstancias, pero lo animan las voces de la familia cada vez que los oye por teléfono, cuando el tiempo y el dinero le dejan el espacio para llamarlos.
Por ahora, se limita a cumplir con las tres metas que se ha propuesto para el año 2006 —no las reveló por eso del mal agüero—, mientras decide regresar a México.
A pesar de las múltiples incomodidades y en algunas ocasiones vejaciones de las que son víctimas, los inmigrantes guardan la secreta esperanza de poder algún día legalizar su condición y lograr ese tan anhelado sueño americano.
*Los nombres de los entrevistados han sido cambiados para proteger su identidad. Además en mundo
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