| sin protección.
¿Mañana será mejor?
Marcelino González T.
Me permito hablar de un tema quizás más delicado de lo que muchos imaginan y que a diario causa estragos en una sociedad cada vez menos consciente de nuestra realidad de ciudadano y miembro de un país pequeño pero gigantesco en problemas y en creciente desigualdad.
Este tema quizás ha sido ya tratado de muchas maneras y desde muchas perspectivas, es el tema de los niños en la calle. Las crisis económicas determinan de manera alarmante el crecimiento en el número de niñas y niños que viven y trabajan en la calle, que provienen de familias que no logran proporcionarles los elementos básicos para una vida normal propia de niño que –como resultado de la pobreza –, no cuentan con herramientas fundamentales para la crianza y la educación.
Si observamos a estos niños y adolescentes de la calle veremos que son chicos como los demás: movidos, juguetones, saltarines. Si preguntamos su opinión a personas que los han tratado más de cerca, como los profesores o educadores, nos dirán que son mucho más difíciles de educar que los niños de clase media. Los describen como distraídos, inconstantes, inclinados a los juegos violentos, fáciles para la agresión física; en el terreno de los aprendizajes escolares, dicen, no tienen motivación, no entran a clase; si lo hacen, o están pasivos, o molestando a los demás.
En contraste con los niños de su misma edad pero de superior nivel social los profesores suelen decir que no atienden a razones, que las reflexiones que surten efecto con aquellos no lo hacen con éstos; que el niño de la calle lo que mejor entiende es "el palo", que la amenaza de llamar a sus padres o de expulsarlos del colegio les deja indiferentes o incluso les alegra; y que las notas, aprobar el bimestre o el repetir curso, les resulta tan lejano que es lo mismo que hablarle a una pared.
Es necesario implementar una política que favorezca a la familia y hacer sentir que esta es el núcleo de la sociedad. Cuando las acciones dirigidas a mejorar la calidad de vida de la niñez se limitan a darles de comer, o un lugar para vivir y no involucran a la familia, hacen el juego a los sistemas de exclusión que han debilitado la capacidad de esta población –aún sin proponérselo.
El autor es seminarista
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