| oportunidades y retos.
Desafíos de la diplomacia en tiempos de globalización
Edwin Pinzón Vargas
Globalización y la diplomacia expresan hoy una renovada conceptualización en la cambiante estructura internacional, que también se manifiesta en una profunda fragmentación, porque está presente la tendencia al surgimiento y consolidación, según sea el caso, de varias potencias económicas hacia el siglo XXI (Unión Europea, Japón, China y Rusia) y un grupo de medianos y pequeños países que tratan de emerger en ese escenario: México, Argentina, Brasil y Venezuela.
Ahora bien, a lo largo de la historia los únicos sistemas estables de equilibrio del poder existieron en las Ciudades-Estados de la Grecia antigua o el sistema que surgió luego de la paz de Westfalia, en 1648. La globalización si se quiere tiene una nueva forma de equilibrar el poder en el sistema internacional, tanto en el ámbito político como económico.
En este sentido, en esta época, sobre todo desde inicios de la década de los 90, el término globalización se ha utilizado para designar un amplio proceso continuo de transformación tecnológica, institucional y de dirección que está ocurriendo, a nuestro entender, no solo en la esfera económica, sino también en las esferas política, social y cultural de la humanidad y es aquí donde la actual diplomacia tiene un papel fundamental, sobre todo cuando se le observa en manifestaciones bilaterales o multilaterales.
Por esto, podemos hablar de una innovación en el estado del arte de la diplomacia y del enfoque del hecho internacional, ya que en el siglo pasado, las mejoras tecnológicas e institucionales, el desarrollo en los medios de transporte marítimo y ferroviario, permitieron contar con una acción internacional rápida para expandir los espacios globales en aquel entonces.
Hoy en día gracias al internet y comunicaciones por satélite, por vía aérea, las videoconferencias, audioconferencias, el correo electrónico, la comunicación en tiempo real para intercambiar mensajes entre grupos (chats), facilita este tipo de movimientos entre los diferentes actores y la posibilidad y la capacidad de resolver problemas en forma más rápida y oportuna.
Pues bien, estos cambios tenderán a producir transformaciones culturales dramáticas, que de hecho no son aceptadas cómodamente por todos. Hay temor ante lo que podría dar paso a un proceso de uniformidad, de homogenización de la cultura.
Sobre ello, debemos considerar que ninguna de nuestras sociedades es un ente homogéneo, sino que abrigamos una amplia diversidad de mentalidades, valores y pautas de comportamiento. Incluso, al interior de nuestros países advertimos la necesidad de generar espacios para una comprensión intercultural.
Los grandes conflictos del mundo de hoy no provienen, como antaño, de disputas territoriales, tampoco nacen de un deseo de dominio de riquezas.
Más bien se trata de un choque de identidades culturales por un lado, y esa sombra de inquietudes que acompaña a la globalización por el otro. Muchos coincidirán en que si observamos los acontecimientos de Nueva York (11 de septiembre 2001), y si vemos lo que hoy ocurre en el Medio Oriente, estamos ante una alarmante falta de diálogo entre los pueblos, entre las culturas.
En la medida que la política exterior pueda generar espacios que sean capaces de recoger adecuadamente esos temores ciudadanos ante los cambios dramáticos que impulsa la globalización, entonces seremos capaces de proyectarla hacia fuera con la fuerza de su legitimidad social.
En el caso de nuestro país, sabemos que la única manera de lograr una política exterior ciudadana es generando puentes que estimulen la participación social en la diagramación de sus grandes lineamientos. Hacerlo significa acercarse y escuchar a la gente.
Panamá requiere de una política internacional que sea producto de un gran consenso social, que abrigue todas nuestras propias identidades, todos nuestros potenciales.
Los académicos, diplomáticos, políticos y empresarios, en fin todos los actores involucrados en los asuntos internacionales, de una forma u otra, tienen un desafío histórico e intelectual de imaginación y construcción prospectiva a finales de siglo XX y comienzo del XXI. Aprovechar las oportunidades, como conocer los riesgos y oportunidades de la globalización es un reto, e implica un gran sentido del realismo.
El autor es licenciado en relaciones internacionales
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