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Reportaje especial
Panamá, sábado 31 de diciembre de 2005
 

LA PÁGINA DEL CIUDADANO
Ciudadano, licencia por favor

La licencia de conducir es su permiso para transportarse por el país en cualquier vehículo. Perderla significa estar indocumentado en las carreteras, y como cualquier documento personal, conseguir su duplicado es de urgencia notoria.

LA PRENSA/Jihan Rodríguez
MEMORÁNDUM. El primer paso para obtener una copia de su licencia, en caso de que la pierda, es ir a la oficina del Tránsito ubicada en Pedregal.613726
Redacción de La Prensa
panorama@prensa.com

Como cualquier ciudadana panameña que haya tenido que hacer su vía crucis de recorridos por oficinas públicas, yo tenía una lista de trámites que trataba de evitar a toda costa: citas médicas, reclamos de servicios públicos o renovación de cédula. Pero a partir de esta semana, he añadido un nuevo papeleo burocrático a mi repertorio, el duplicado de la licencia de conducir.

Renovar el documento que te permite manejar por el país cuando este expira es un procedimiento sin mayor tribulación, pero cuando lo pierdes — como es mi caso— o te lo roban, es toda una historia diferente.

Yo, como ciudadana irresponsable, había estado por más de un mes sin licencia, a riesgo de recibir una boleta, pero cuando me dijeron que podían decomisarme el automóvil, me armé de valor y crucé los dedos para que la duplicación de mi licencia no fuera tan traumática.

El primer consejo que puedo darles es que no cometan mi error de asumir que todas las oficinas de la Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT) funcionan por igual. Yo fui hasta la recién inaugurada oficina de Auto Depot pensando que ahí podía arreglar mi problema. "No, mi amor, tienes que ir a Pedregal para que te den tu ‘papelito’ y luego tienes que ir a la PTJ (Policía Técnica Judicial)", me dijo un muy atento policía de Tránsito que ya vio mi cara de frustración cuando oí que la cosa involucraba a las esferas judiciales.

El primer filtro en la oficina de Pedregal fue la señora de información general, que mientras se sacaba una basurita de entre los dientes me dirigió al departamento de licencias para averiguar lo que tenía que hacer.

Tengo que admitir que el promedio de espera en las filas de la ATTT no es nada comparado con las que he tenido que hacer en otras oficinas gubernamentales. En solo 12 minutos, una de las funcionarias ya me estaba pidiendo mi número de cédula para comenzar con los trámites.

Pero como bien lo dice la Ley de Murphy: "Si algo puede salir mal, saldrá mal". Justo cuando disfrutaba de lo que se vislumbraba como un proceso rápido e indoloro, la señora del tránsito me informa que tenía un juicio pendiente por colisión.

Resulta que yo no había ido a una audiencia en el Tránsito por estar enferma y si no arreglaba ese asunto, me quedaba sin licencia. Afortunadamente, en menos de 15 minutos había conseguido un aplazamiento para mi juicio y pude enrumbar hacia la PTJ de San Miguelito.

Yo soy una novata en lo que a trámites judiciales se refiere, así es que llegué a la PTJ sin la más remota idea de lo que tenía que hacer, pero todo fue mucho más simple de lo que imaginaba. Llené mi formulario de denuncia, me pusieron mi sello oficial y de vuelta a Pedregal para continuar con "operación licencia perdida".

Ya en las oficinas del Tránsito, regresé al juzgado para entregar los documentos de la PTJ que me habían pedido como formalidad para el aplazamiento del juicio. Listo, pensé yo. Ahora voy al departamento de licencias y solo es cuestión de tomar mi foto. Regresó la Ley de Murphy a mi cabeza: "Nada es tan fácil como parece".

"¡Ah, ah! Ella no ingresó la nueva fecha al sistema. Tienes que regresar para que te lo arregle", me dijo la señora de licencias.

"¿Qué tiene que hacer?", pregunté yo.

"No te preocupes, que ella —la chica del juzgado— sabe", me responde. Más vale, porque yo no entendí nada de lo que me dijo, solo sé que tengo que hacer una fila más.

Después de un par de viajecitos en que ambas funcionarias me tuvieron de mensajera con "ella dice que..." y "pero eso no es así", finalmente me aceptaron mis documentos.

Tuve que esperar unos cuantos minutos más mientras buscaban en archivo mi solicitud original de licencia que había hecho el año pasado en la oficina del centro comercial de Plaza Concordia.

De ahí en adelante, todo fue cuesta abajo. Sentada, leyendo un libro, esperé hasta que me llamaran para llenar mi solicitud y tomarme mi foto. Finalmente, a las 12:18 del mediodía tuve el duplicado de mi licencia en mis manos.

En total, todo el trámite me tomó casi tres horas, una docena de filas y un viaje expreso desde Pedregal hasta San Miguelito. Por supuesto que el tiempo se hubiera reducido a casi la mitad si hubiera sabido de antemano el lugar exacto adonde ir desde el principio y si no hubiera tenido un juicio pendiente.

A mi licencia de ahora en adelante la trato como uno de mis documentos más preciados. Es cierto, la experiencia no fue tan traumática como yo esperaba, pero eso no quiere decir que quiero repetir el recorrido por los pasillos del tránsito.


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