Un máscara en el cielo
Harmodio Arrocha Jr.
harrocha@prensa.com
OPINIÓN.El béisbol criollo perdió a una
de sus grandes leyendas y a uno de los mejores receptores de todos los tiempos.
Rodrigo Luque, un consagrado receptor que jugó por 21 temporadas, libró
este fin de semana el partido más difícil de su vida, siempre con
la garra y la valentía que lo identificó en el terreno de juego,
aunque el destino no le permitió ponerse una vez el uniforme que siempre
defendió con honores como hubiese deseado hacerlo este hombre de pelota.
Le dijo adiós al béisbol justamente cuando se disponía
a dar su granito de arena como uno de los técnicos del equipo mayor veragüense
para el próximo torneo, un reto que se impone para la dirigencia pues este
caballero tiene méritos suficientes para que su nombre sea instalado en
un lugar especial.
Los recuerdos del pelotero veragüense se remontan a una
de las mejores épocas de la pelota criolla, en donde supo imponer respeto
detrás del plato, tanto ofensiva como defensivamente, en medio de inmortales
máscaras que van desde los santeños Bredio Cedeño, Eliécer
Cortez, el herreranoReynaldo Salerno y el valioso bocatoreño Ruperto Cooper.
A través de la ondas hertzianas nos enteramos de algunas de las proezas
de Luque en los campeonatos nacionales de béisbol mayor, que ayer a nuestra
llegada a la redacción pudimos refrescar luego de una llamada del versado
cronista Alfredo Franceschi.
Rodrigo jugó en los torneos nacionales de 1977 a 1998
y participó, según el libro de récords criollos, en 387 partidos,
tuvo 1,427 turnos al bate, 220 anotadas, 435 hits, 164 dobles, 5 triples,
37 jonrones, impulsó 249 carreras y el promedio final de su carrera en
los Nacionales fue de .304, lo que demuestra su consistencia como bateador. Difícilmente
hubo un receptor en este período con mejores números que el veragüense,
al que Franceschi compara en la producción de su ofensiva con el poderoso
bateador santeño Bredio Cedeño.
Luque, el hombre de la sonrisa inevitable, vivió la pelota
en todos sus aspectos, y entre sus grandes momentos todavía se recuerda
el trabajo que hizo con el lanzador herrerano Crispín Poveda y Rigoberto
Weeks, en La Habana en el partido que Panamá le ganó a Cuba por
2-1, en 1982. Fue campeón con Veraguas en 1984, de paso el único
título que posee la tropa interiorana, y también lo fue con Los
Santos en 1995, en calidad de refuerzo. Un máscara en el cielo.
El autor es periodista
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