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Otra vez el "Martillo de Brujas"
Gina Montaner
El creciente rumor en torno a las cárceles "negras" salpica cada vez más a la administración Bush. Tan solo hace unos días Condoleezza Rice hacía una tournée por Europa para aclararle a países aliados que en dichas prisiones no se torturaba a los detenidos y que la CIA no había efectuado vuelos secretos de traslado de prisioneros sin la autorización de los gobiernos europeos.
En su lucha contra el terrorismo impulsado por la fanaticada del Islam radical, el actual gobierno de Estados Unidos parece haber caído en la trampa de "el fin justifica los medios". Una corriente política que le hace un flaco favor a un estado de derecho en pleno siglo XXI, en el que el principio del respeto a los derechos humanos es fait accompli en Occidente. Tal vez por ello resulta notable que en Gran Bretaña la Cámara de los Lores se haya pronunciado al respecto.
Bush y Cheney insisten en declaraciones ambiguas y parecen escudarse en una supuesta impunidad legal al tratarse de prisiones instaladas en países donde la tortura podría ser legítima –de ahí la siniestra conexión con países del ex bloque soviético como Rumania. A modo de respuesta, los lores británicos han rechazado de manera contundente el menor resquicio constitucional que pudiera condonar el empleo de la tortura, invocando el Tratado de la Unión Europea contra esta práctica. Lord Bingham recordó que ya desde el siglo XV las leyes británicas rechazaban este método e invocó las palabras que Sir William Holdworth pronunció en 1945: "Una vez que la tortura se aclimata al sistema legal, se extiende como una enfermedad contagiosa y endurece y embrutece a aquellos que se acostumbran a ella".
Mientras la Secretaria de Estado del gobierno Bush intentaba dar explicaciones en Ucrania de un turbio entramado del que podrían salir a la luz graves acusaciones de violación de los derechos humanos, los venerables lores afirmaron que la evidencia obtenida bajo tortura nunca sería admisible. Es decir, el fin no siempre justifica los medios. La posición de un país como Gran Bretaña frente a la política estadounidense es el reflejo de dos sociedades con sensibilidades bien distintas: en una encuesta recientemente realizada por AP, el 61% de los norteamericanos apoya el uso de la tortura en casos extremos, mientras que en Europa el rechazo resulta unánime, con España e Italia a la cabeza.
No deja de ser preocupante que los estadounidenses se muestren abiertos con una práctica que las democracias occidentales han desechado. Incluso el Estado de Israel ya ha ilegalizado la tortura, a pesar de la vulnerabilidad que se vive en una región donde los actos terroristas ocurren un día sí y otro también. La Cámara de los Lores, en la línea de Amnistía Internacional, deja bien claro que en las sociedades modernas no hay espacio para el uso de la tortura y no hay matiz alguno que pudiera justificar semejante acto contra un ser humano.
Resulta irónico que a la vez que la justicia británica erradicaba el suplicio físico en el siglo XV, en otras partes de Europa la Santa Inquisición seguía al pie de la letra las instrucciones de tortura que se recomendaban en el manual de "Martillo de Brujas", elaborado por Enrique Institor. Ahora, siglos después, el debate, lejos de apagarse, sigue vigente. Por ello, conviene repetir las sabias palabras de Holdworth. Donde se convive con la tortura, el hombre se endurece y embrutece. No caigamos en la trampa con la excusa de una cruzada justa.
La autora es periodista
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