| DIFERENCIA DE CONCEPTOS.
La política, la politiquería y el proyecto nacional
Emilio García Méndez
Un viejo zorro de la política brasilera afirmaba con frecuencia que él jamás en su vida había hecho politiquería sino, por el contrario, solamente política. Sorprendido por un periodista quien le preguntó acerca de la diferencia entre ambos conceptos, luego de años de repetir la frase en forma imperturbable, disparó sin ruborizarse la siguiente respuesta: "politiquería es la política que hacen los otros", afirmó con el sincero desparpajo que lo caracterizaba. Imposible no trazar algún paralelismo con la situación argentina actual.
Es precisamente en los últimos días, sobre todo a partir de la significativa expansión de poder del presidente Kirchner luego de las elecciones legislativas del mes de octubre, que periodistas e intelectuales,tradicionalmente incluidos dentro del arco progresista (aclaro que no ignoro toda la vaguedad que el término progresista encierra), han comenzado en forma insistente a denunciar al establishment como el máximo oponente del (supuesto) proyecto nacional y popular que encarna el presidente. Obviamente y ni falta haría reiterarlo que son todos los partidos significativos de la oposición aquellos señalados como representantes del establishment.
Cuál puede ser el sentido de una "denuncia" como esta que no resiste el más superficial de los análisis. La alianza privilegiada con el sector más poderoso de las privatizadas (las petroleras), el origen político zigzagueante de un número considerable de sus funcionarios en puestos claves y crecientes denuncias de manejos administrativos turbios de algunos de sus hombres más cercanos, sugieren la necesidad de corregir esta versión maniqueísta de la política que, quiérase o no, posee un fuerte tufo del schmittiano concepto amigo-enemigo. Cualquier observador superficial no demoraría mucho en descubrir que el vituperado establishment se encuentra hoy en realidad mucho más cómodamente instalado en el bloque gobernante que en cualquier otro nicho del sistema político. ¿Pero de dónde surge esta necesidad de descalificación permanente y sistemática de todo el arco opositor, "culpable" junto con el establishment de obstruir la senda irrefrenable al éxito que supuestamente el futuro nos depara? La respuesta remite a una concepción autista del poder. Más precisamente una concepción bancaria del poder que se propone en forma obsesiva su acumulación como un fin en sí mismo. Esta concepción amenaza con instalarse en forma hegemónica en la Argentina actual y su mayor riesgo, paradójicamente, no está tanto en las manos de quienes la sostienen, sino en la de aquellos que pretenden impedirla. No es precisamente con otro "proyecto nacional", superior y avasallante como se deben conjurar los peligros que esta idea representa para la democracia republicana que resulta imperioso consolidar. Otra vez el desafío parece radicar en la difícil tarea de percibir lo obvio: identificar el proyecto nacional con el cumplimiento riguroso de la Constitución.
Pocas veces una cita como la que sigue, de un extraordinario y desconocido en América Latina, filósofo italiano (Paolo Rossi, Náufragos sin espectadores, IL Mulino, 1995), me ha parecido al mismo tan pertinente y elocuente. "La renuncia a identificar al adversario con el enemigo, la búsqueda de un equilibrio siempre amenazado y necesitado de ajustes y reparaciones, la idea de que el valor consista solo en evitar decisiones irreparables y solo en hacer más tolerable la 'cara demoníaca del poder', parecen a ciertos sacerdotes y profetas (igualitariamente distribuidos entre la derecha y la izquierda), ideales poco nobles y poco heroicos... En este contexto pareciera que progresista solo pueda significar una cosa: en vez de caminar con los ojos puestos en las verdades perdidas que tenemos en nuestras espaldas, se escoja caminar mirando hacia adelante en la oscuridad de una inextricable selva, dentro de la cual poder esperar encender, una a la vez, pequeñas luces". Esta última metáfora es de aquel célebre "politiquero" que se llamó Denis Diderot.
El autor es abogado y profesor en la Universidad de
Buenos Aires
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