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Panamá, viernes 9 de diciembre de 2005
 

COMPORTAMIENTO.

La soberbia de las humanidades

Nicholas D. Kristof

El mejor argumento en contra del diseño inteligente "siempre ha sido la Humanidad misma". En una época cuando tan sólo 40% de los estadounidenses cree en la evolución, y solamente 13% sabe qué es una molécula, nosotros constituimos, "en el mejor de los casos, un diseño mediocre".

Pero, hagamos a un lado, por un momento, el debate sobre la evolución. Es tan sólo uno de los síntomas de algo más profundo y serio: un profundo analfabetismo con respecto a la ciencia y las matemáticas de manera integral.

Un quinto de la ciudadanía estadounidense aún cree que el Sol gira alrededor de la Tierra, en vez de al contrario. Y apenas la mitad sabe que los humanos no vivieron en la misma época que los dinosaurios.

El problema, sin embargo, no sólo es una carencia de enseñanza científica (y matemática) en las escuelas. Un problema mayor es la arrogancia de las artes liberales, el grado de pretensión cultural de, bien, pues gente como yo y probablemente como usted.

¿A qué me refiero con lo anterior? En Estados Unidos y la mayor parte del mundo occidental, se considera barbárico en círculos educados que alguien no esté familiarizado con Platón o Monet o Dickens, pero bastante natural que la gente ignore los cuarks y los cuadrados chi. Un siglo atrás, Einstein publicó su primer trabajo sobre la relatividad haciendo del año 1905 una fecha tan importante para la historia mundial como 1066 ó 1789 pero la relatividad aún tiene que filtrarse en la conciencia de personas, por lo demás, educadas.

"El gran edificio de la física moderna sube, y la mayoría de las personas más inteligentes en el mundo occidental tiene casi el mismo discernimiento de la materia que habrían tenido sus ancestros del Neolítico", escribió C.P. Show en su clásico ensayo, Las dos culturas.

El contra argumento es que nosotros siempre podemos contratar a técnicos en Bangalore, al tiempo que son Shakespeare y Goethe quienes nos enseñan los valores que necesitamos para controlar la ciencia para la Humanidad. Hay algo de cierto en eso. Si el presidente Bush estuviera por atacar Irak, repitiendo todo de nuevo, le iría mejor leyendo a Sófocles para que así apreciara los peligros de la soberbia en vez de estudiar la ciencia de los explosivos.

Empero, no cifren demasiada fe en la influencia civilizadora de una educación liberal: los oficiales del Tercer Reich estaban embebidos en el estudio de Kant y Goethe. Y se usaron argumentos similares en siglos pasados para afirmar que todo lo que un estudiante necesitaba era saber griego, latín y estar familiarizado con la Biblia o, en China, argumentar que todo lo que las élites necesitaban eran los clásicos confucianos.

Sin un poco de fluidez en ciencia y matemáticas, nosotros sencillamente seremos dejados atrás de la misma forma en que los académicos de la Dinastía Ming quedaron atrás. Con frecuencia cada vez mayor, nosotros enfrentamos temas de política pública, gripe aviar, células madre que requieren de cierto conocimiento de métodos científicos, pero el presente Congreso de Estados Unidos contiene 218 abogados, 12 médicos y 3 biólogos. En términos de lo que necesitamos para el siglo 21, somos filisteos que citan a Shakespeare. Un año atrás, yo quería adornar una columna con una compleja ecuación, así que, siendo yo mismo neófito en la materia, busqué en la sala de redacción del Times para ver si encontraba a cualquiera que pudiera verificar que ésta era correcta. Hay que decir que no puedes ver a tu alrededor en la redacción del Times sin encontrar políglotas que van y vienen hablando de Miguel Ángel. Sin embargo, me tomó muchísimo tiempo encontrar a una persona que confiara en sus conocimientos de cálculo en la sección de ciencia.

Así que Pogo estaba en lo correcto.

La desconsideración hacia la ciencia ya nos afecta de manera negativa. Quizás, Estados Unidos ha frustrado la investigación de células madre, en parte, debido a que Bush no se percató del grado de restricciones que tendría su reducción de fondos para investigaciones.

En este siglo, una de las decisiones más complejas que nosotros tomaremos será la de qué manipulaciones chambonas permitimos con genes humanos, para mejorar la especie humana. ¿Cómo pueden decidir nuestros dirigentes si ellos difícilmente saben lo que es el ADN?

Es cierto que el antagonismo a la ciencia al parecer es peculiarmente estadounidense. Los conservadores europeos, por ejemplo, se quejan amargamente de los impuestos y la inmigración, pero no de la evolución.

Sin embargo, existe un desafío incluso mayor que el antiintelectualismo. Y ese es el intelectualismo distorsionado de aquellos que creen que una persona se puede volver sofisticada con una dieta a base de poesía, filosofía e historia, sin la influencia de la estadística o los cromosomas. Esa es la soberbia de las humanidades.

The New York Times News Service


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