| actitudes pacíficas.
La cuestión de China
603988Hideaki
Kaneda
La reciente visita del presidente Bush a Asia ha originado pocas noticias… y ha sido a propósito. Pero es porque Bush no empezó a abordar la cuestión que cada vez resulta más prominente en la región: el cambio en la faz de la seguridad en Asia, en vista de la fuerza económica y militar cada vez mayor de China.
Este verano, por ejemplo, China y Rusia realizaron su primer ejercicio militar en gran escala, a lo que siguieron las noticias, procedentes de Rusia, de que China, Rusia y la India realizarían unos ejercicios militares en la misma escala, llamados "Indira 2005", antes del fin del año.
En el pasado, esa combinación de países era casi inconcebible y no se pueden explicar esos ejercicios como casos excepcionales y con poca resonancia. Al revés: reflejan el objetivo estratégico a largo plazo de China de establecer una hegemonía en toda Asia.
Un instrumento de esa ambición es la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), que ha sido la encargada de los ejercicios chinorrusos. La OCS, creada en junio de 2001, está compuesta por China, Rusia, Kazajastán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. El propósito original de la OCS era el de mitigar las tensiones en las fronteras de China y los países del Asia central después del hundimiento de la Unión Soviética y la llegada del ejército de Estados Unidos con la guerra en el Afganistán.
China considera la OCS una etapa para ampliar su influencia en una región inmensa, comprendida entre Asia-Pacífico y el Asia sudoccidental, Oriente Medio, el África oriental y el océano Índico. De hecho, sus miembros representan el 45%, aproximadamente, de la población mundial y el 28% de la masa continental euroasiática.
La activa dirección de la OCS por parte de China ha dado como consecuencia políticas que este país apoya. La OCS ha pasado gradualmente a centrarse en la lucha contra los radicales islámicos. Sin embargo, en la actualidad se utiliza con frecuencia la OCS como foro para hacer campañas contra el supuesto unilateralismo americano y constituir un frente unido -en particular, entre China y Rusia- contra Estados Unidos en relación con las cuestiones de la seguridad y la reducción de los armamentos en esa región, incluida la capacitación conjunta para luchar contra el terror y peticiones de reducción de las fuerzas de Estados Unidos en la región, en particular por parte del Uzbekistán y del Kirguistán.
La OCS brinda a China no sólo una plataforma para afrontar la alianza encabezada por Estados Unidos en la región de Asia-Pacífico, sino que, además, se está utilizándo cada vez más para prevenir la formación de una red, encabezada por Estados Unidos, para limitar el avance de China. En última instancia, se teme que la OCS acabe constituyendo una alianza militar similar a la del Pacto de Varsovia de la época de la guerra fría, con una "Unión de la Gran China" en embrión como su núcleo.
Pero la diplomacia regional de China no se limita a la OCS. Aprovecha toda oportunidad que se le presenta, incluidas las "conversaciones entre seis partes" sobre las ambiciones nucleares de Corea del Norte, para insistir en que va encaminada fundamentalmente a resolver todas las cuestiones asiáticas. Además, sigue construyendo su "sarta de perlas" de bases militares en todos los puntos principales de las rutas de transporte marítimo a lo largo del "arco de inestabilidad" comprendido entre Oriente Medio y la costa de China.
Nadie parece saber cómo responder a la exhibición de fuerza diplomática y militar de China en Asia, pues el alcance de las ambiciones de ese país no está nada claro. Ahora bien, mientras todo el mundo sopesa los motivos de China, el Gobierno de ésta actúa. De hecho, el primer gabinete estratégico del Reino Unido, el Instituto de Estudios Estratégicos Internacionales, advirtió recientemente que, mientras el mundo se centra en la lucha contra el terrorismo internacional y la evolución de los acontecimientos en Oriente Medio, China está extendiendo rápidamente su influencia de Asia a África.
Las "perlas" en África son el Sudán, Angola, Argelia, Gabón, Namibia, Zambia, Tanzania, Zimbabwe, Uganda, Yibuti, Malí, República Centroafricana, Liberia, Etiopía, Mozambique, Sierra Leona y la República Democrática del Congo. En cada uno de esos países, China está cultivando relaciones militares y comerciales especiales encaminadas a fomentar la lealtad a los intereses chinos.
Como en el caso de Asia, funciona la misma tónica: la influencia china en aumento engendra apoyo a las políticas chinas. Naturalmente, funciona en las dos direcciones. Siempre que se plantean quejas en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, China cuenta con el apoyo de muchos países africanos que tienen sus propios problemas en materia de derechos humanos. Incluso la selección de Beijing como sede de los Juegos Olímpicos de 2008 se benefició de los "votos africanos" y China ha declarado públicamente que respaldará a las naciones africanas en las posibles controversias que surjan en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y otras organizaciones internacionales.
De forma semejante, muchos Estados africanos parecen ir inclinándose intensamente a favor de China en su disputa con Taiwan. Cuando el Gobierno del Japón intentó pasar a ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, muy pocos países africanos lo respaldaron, pese a haber recibido ayuda durante decenios.
A China le gusta jactarse de su "ascenso pacífico", pero el ascenso de la Alemania de Bismarck al final del siglo XIX fue también pacífico… por un tiempo. La cuestión no es si China se alza hasta la condición de gran potencia pacíficamente, sino si se propone mantener actitudes pacíficas, cuando lo consiga. Así como el mundo afrontó la "cuestión alemana" hace 125 años, ahora afronta la "cuestión china". Esta vez necesitamos una respuesta mejor.
Project Syndicate
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