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Reportaje especial
Panamá, martes 29 de noviembre de 2005
 

FUTURO INCIERTO.

Bolivia o el fracaso de una nación

Carlos Alberto Montaner

El señor Evo Morales encabeza las encuestas bolivianas con un tercio de las preferencias electorales. Morales es un dirigente cocalero, radical y colectivista, de la familia ideológica de Hugo Chávez y Fidel Castro, a la que agrega un peligroso matiz étnico rayano en el racismo. Su triunfo añadirá todo género de problemas y sobresaltos a la ya catastrófica sociedad boliviana. Le siguen Jorge Tuto Quiroga con un 27% y el empresario Samuel Doria con un 13. Ambos son prudentes demócratas pro-occidentales que creen en el mercado. Sus votos, sumados, superan ampliamente a los de Morales, pero, como no hay segunda vuelta, y como no se espera la renuncia de Doria –que sería lo sensato–, es probable que en las elecciones del próximo 18 de diciembre Morales obtenga la Presidencia y precipite al país en el caos.

¿Por qué se suicida políticamente este pueblo? La respuesta la obtuve, indirectamente, de un dato aportado por Myles Frechette, ex embajador de Estados Unidos en Colombia, en un reciente ensayo: porque la República boliviana ha fracasado sistemáticamente en algo tan esencial como mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la sociedad. Bolivia es el país más tercamente pobre de Sudamérica. En el último medio siglo Brasil ha crecido el 350%, Chile el 200 y Argentina el 75. Bolivia, en cambio, apenas un 1%. Ese es el dato. Los bolivianos que van a votar en el año 2005 viven tan rematadamente mal como sus padres en 1980 ó como sus abuelos en 1950. La cantidad de riqueza que son capaces de crear por cabeza, a valores constantes, es la misma hoy que antes de la mítica revolución que en 1952 lideró Víctor Paz Estenssoro. Tanto nadar para morir en la playa. Supongo que deben existir mil explicaciones para este pavoroso estancamiento, pero la más obvia apunta al fracaso de la clase dirigente. Con una población relativamente pequeña de algo menos de 9 millones de habitantes, alfabetizada en más del 80%, instalada en un país que excede un millón de kilómetros cuadrados repleto de minerales, la responsabilidad de este desastre inevitablemente incrimina a la élite dominante, y en primer lugar a los políticos que no supieron crear un clima social y jurídico en el que proliferaran las empresas, mejorara el sistema educativo, y en el que las diversas etnias que conviven en el país –quechuas, aymaras, mestizos y blancos– se integraran con un mayor nivel de armonía.

Pero lo más trágico de esta historia fallida no es lo ocurrido, sino lo que sucederá a partir de las próximas elecciones, si instalan en la Presidencia al señor Morales. Un país que languidece por falta de capitales y tecnología, va a optar por quien ahuyenta a los inversionistas extranjeros que son quienes pueden aliviar esa deficiencia. Una economía provista de una raquítica estructura empresarial, verá diezmados a sus hombres de negocio, víctimas de la incertidumbre y de la ausencia de derechos de propiedad. Una nación étnica y territorialmente mal integrada, llevará al poder a quien agudizará esos peligrosos conflictos hasta probablemente desembocar en la violencia. Un Estado legendariamente corrupto e incompetente, será dirigido por quien lo hará aún más torpe e ineficiente como resultado de los dogmas socialistas que suscriben Morales y sus asesores más próximos.

Las consecuencias de esta elección –si triunfa Morales– van a sacudir a toda Sudamérica. Bolivia es hoy el tercer productor de coca con casi 30 mil hectáreas dedicadas a ese maldito cultivo. Los dos primeros son Colombia y Perú. Con el cocalero Morales al frente del país, Bolivia no tardará en encabezar la lista, algo que debe preocupar a Brasil, pues ese es el primer destino de la droga boliviana. Pero, tan peligroso como la droga y las mafias que la controlan es la guerra potencial contra Chile. Con aliados como Cuba y Venezuela, dos Estados pendencieros que no conocen la prudencia, es posible que Bolivia intente recuperar manu militari los territorios perdidos en la Guerra del Pacífico (1879-1883).

No deseo sonar como un alarmista, pero la suma de todas esas tensiones puede hacer ingobernable al país hasta provocar un desenlace violento. Ni siquiera es imposible concebir un escenario en el que Argentina desde el sur y Brasil desde el este se vean obligados al envío de tropas para pacificar al vecino ante un proceso creciente de descomposición y anarquía. No se puede gobernar tan mal durante tanto tiempo –prácticamente desde la fundación de la nación en 1825– y no esperar que en algún momento sobrevenga una catástrofe definitiva. (Firmas Press)

El autor es escritor y periodista

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