Colombia no ha borrado de su agenda la interconexión terrestre con Panamá. Poco a poco, medio en silencio, va empujando un proyecto al que pone plazos, ruta y cifras. El Gobierno panameño no ha dicho el no rotundo, pero va dando largas a un deseo colombiano que ellos ven como un aporte a la seguridad y que los panameños sienten como una amenaza real.
La sola sugerencia de abrir el Tapón del Darién plantea serias interrogantes sobre seguridad -¿estaremos permitiendo la entrada del conflicto colombiano?-, sobre ecología -¿rasgaremos irreversiblemente el gran pulmón que representa el Darién?-, y sobre migraciones -¿cómo controlar el flujo de ciudadanos del sur que quieren llegar a Estados Unidos cruzando el Istmo?. Las respuestas son obvias y, en ese sentido, el Ejecutivo panameño debe ser claro y respetar la voluntad de las mayorías.
No importa cuánto cueste o por dónde se trazaría la carretera. La discusión es sobre la pertinencia o no de la vía y hay que evitar que se trate de conducir a la opinión pública al debate sobre el cuánto o el cómo. |