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Reportaje especial
Panamá, lunes 28 de noviembre de 2005
 

MASACRE.

Genocidio tolerable

Nicholas D. Kristof

NYALA, Sudán. ¿Quién habría pensado que un genocidio podía empeorar? Sin embargo, luego de dos años de una descorazonadora matanza, violaciones y destrucción, la situación en la región de Darfur ahora está descendiendo en espiral.

Más aldeas están siendo atacadas y quemadas de nuevo; a lo largo de la semana pasada, chozas con techo de palma han estado ardiendo cerca del poblado de Gereida y a la distancia, al noroeste, cerca de Jebel Mun.

Trabajadores humanitarios han sido desnudados, golpeados y atracados. Unos cuantos ataques más en contra de trabajadores de ayuda, y las dependencias de ayuda podrían retirarse dejando a la infortunada población de Darfur sin ningún resguardo entre ellos mismos y los carniceros.

La comunidad internacional ha delegado la seguridad a la Unión Africana, pero sus 7 mil efectivos ni siquiera pueden defenderse a sí mismos, ya no digamos brindarles protección a los civiles. Un grupo de 18 pacificadores fueron secuestrados el mes pasado, y después 20 soldados enviados en su rescate también fueron secuestrados; otros cuatro soldados y dos contratistas fueron muertos en un incidente aparte.

¿Qué ocurrirá si la situación continúa deteriorándose marcadamente y los grupos de ayuda abandonan la región? La Organización de Naciones Unidas estimó que la cifra de muertos podría, en dicho caso, aumentar hasta 100 mil al mes.

La conmoción también ha llegado al vecino Chad, que está habitado por algunas de las mismas tribus que hay en Sudán. Diplomáticos y funcionarios de Naciones Unidas muestran cada vez más preocupación ante la posibilidad de que Chad pudiera caer de nuevo en su propia y horrenda guerra civil.

Se ha producido esta espiral descendente debido a que durante más de dos años, la comunidad internacional ha tratado esta situación como un genocidio tolerable. En mi próxima columna, la última desde Darfur, voy a trazar las medidas que necesitamos emprender. Sin embargo, el punto de partida esencial radica en la indignación: el reconocimiento de que contrarrestar el genocidio debe ser una prioridad del mundo.

Es cierto que unos cuantos cientos de miles de muertes en Darfur, que es un buen aproximado de la cifra total hasta ahora, pudiera no equivaler a mucho en un mundo donde 2 millones de personas mueren de malaria cada año. Sin embargo, hay algo especial con respecto al genocidio. Cuando los humanos eliminan de manera deliberada a otros debido a su tribu o el color de su piel, cuando los bebés sucumben no a la diarrea sino a las bayonetas y las flamas, eso no es meramente otra tragedia. Es una monstruosidad que exige una respuesta de otros humanos. Nosotros reducimos nuestra propia humanidad, y la de las víctimas, cuando desviamos la mirada.

De hecho, grandes tramos de la región de Darfur ya son tan inseguros que son "áreas vedadas" para las organizaciones de ayuda humanitaria, lo cual significa que nosotros desconocemos los horrores que están ocurriendo en esas áreas. Con todo, tenemos algunas pistas.

Hay informes generalizados en cuanto a que los yanyauid, la milicia de maleantes árabes que ha estado masacrando a integrantes de varias tribus africanas, a veces juzgan conveniente no matar o expulsar a todos y cada uno de los africanos, sino que dejan a unos cuantos con vida para que cultiven vegetales y manejen los mercados.

Así que ellos permiten que algunos vivan a cambio de que les paguen dinero para brindarles protección o son obligados a trabajar como esclavos.

Una de las trabajadoras de una organización humanitaria de Occidente que estaba en Darfur me contó que había visitado un área controlada por los yanyauid. En público, todos insistieron, mansa y temerosamente, todo estaba bien.

Después, ella habló en privado con dos hermanas que pertenecían a la tribu de los fur. Ellas relataron que los pobladores fur de la localidad estaban siendo esclavizados por los yanyauid, obligados a trabajar en los campos e incluso a pagar protección cada mes solo para que les permitieran vivir. Las dos hermanas relataron también que ellas eran obligadas a cocinar para las tropas yanyauid y debían aceptar que ellos las abusaran.

Finalmente, dijeron, su aterrado padre tuvo que armarse de valor para suplicarle al comandante yanyauid que permitiera la salida de sus hijas del lugar. Fue entonces cuando el comandante decapitó al padre frente a sus hijas.

"Ellas me dijeron que solamente deseaban morir", recordó la trabajadora de ayuda humanitaria, llena de frustración. "Ellos están viviendo como esclavos, completamente invadidos por el miedo. Y nosotros no podemos hacer nada al respecto".

Esa trabajadora humanitaria ya encontró su propia voz, mediante el lanzamiento de su propio diario en línea (blog), bajo el nombre "Sleepless in Sudan" en el cual ella describe lo que ve a su alrededor. Es candente y está en http://sleeplessinsudan.blogspot.com, sin la autocensura que los grupos de ayuda humanitaria aceptan actualmente como el precio a pagar por recibir autorización para salvar vidas en Darfur.

Empero, nuestros dirigentes aún no encuentran sus voces.

El Congreso de Estados Unidos incluso ha facilitado el genocidio al eliminar en fechas recientes todos los fondos para los pacificadores de la Unión Africana que están en Darfur; necesitamos persuadir de manera urgente al Congreso para que vuelva a desembolsar esos recursos. Entonces, ¿qué hará falta? ¿Descubrirán el presidente Bush y otros mandatarios un poco de heroísmo si la matanza se extiende a Chad y el número de muertos asciende a 500 mil? ¿Un millón? O, Dios no lo quiera, ¿2 millones? ¿Cuánto genocidio es demasiado?

The New York Times News Service

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