Colón
no tuvo noviembre sangriento y hay que alegrarse de que los temores, al menos,
hayan servido para que la Policía y el Ejecutivo pusieran atención al problema
de seguridad pública que vive la segunda ciudad más importante del país. Pasada
la situación de alerta, nada cambia en cuanto a las necesidades de Colón.
No es el momento de la autocomplacencia, en el que se retira el pie de fuerza,
se aplaude que las fiestas patrias se hayan podido celebrar y se vuelve al letargo
habitual. Este es el momento que hay que aprovechar, cuando la población está
concienciada y las autoridades presionadas, para exigir políticas articuladas
que, por una parte, mejoren la calidad de vida y generen salidas de futuro para
la juventud colonense y, por otra, mejoren la imagen de la ciudad, ya que cualquier
turista o panameño no colonense que haya seguido las noticias debe sentir temor
a pisar esas calles tan estigmatizadas.
El noviembre próximo, debe ser el de la alegría.
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