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Panamá, domingo 27 de noviembre de 2005
 
 
COLUMNAS
LOS MASAJES Y EL IPOD
 
Hay clientes que van sagradamente todos los días a buscar su masaje de mall. 
 
LUCERO MALDONADO 
mosaico@prensa.com 
 
La vida moderna y acelerada nos está invirtiendo el lugar y la forma de hacer las cosas. Lo que antes estaba asimilado hasta el estómago de nuestras neuronas ahora requiere de evacuación para un reordenamiento. Dos ejemplos cercanos son los masajes y el ipod (mp3).

Hasta hace poco tiempo recibir un masaje era un acto privado. Para esto se iba a un sitio con ambiente sosegado, música muy suave (si es que la había), para propiciar la relajación de los pensamientos más indisolubles. Ahora corremos al centro comercial a que nos saquen el estrés mientras las personas pasean junto a nosotros sus gritos de shopping.

En el centro comercial Multiplaza Pacific ya es parte de la distracción cuando se sube las escaleras eléctricas que llevan al área de los restaurantes y los cines, ver cómo dos jóvenes se dedican a darle masajes y aporrearle la espalda a sus víctimas estresadas, con unas maracas de caucho. Es divertido ver a los clientes con los brazos colgando como muñecos de trapo con la cara embutida contra el cojín de la silla. La experiencia al sentarse ahí con la cara tapada es como la del principio infantil de que si cierras los ojos nadie tampoco va a verte a ti. ¿Y el ruido? Eso sí que está difícil de eliminarlo. En Multicentro la función es similar, y lo mismo en Albrook Mall, allá también se toman su buena dosis de tafil manual. No sé qué es más divertido, si recibir el masaje o ver la cara de las masajistas cuando en uno de sus rutinas le clavan el codo a la espalda de turno.

Esto no es improvisado, no intente imitar lo que hacen ellas. Una de las masajistas de Multiplaza, que pidió no revelar su nombre por temor a que su jefe se disgustara, - es cierta la fama de que los orientales son estrictos-, explicaba que recibió nueve meses de capacitación de parte del dueño, antes de ponerle un dedo encima a alguien. Contó que les iba muy bien, y que tiene clientes que vienen todos los días sagradamente a buscar su "masaje de mall".

Y si el masaje se fue para la calle, la música se fue para adentro. Ahora la generación iPod disfruta el hecho de oírla como un acto egocéntrico, privado y autocomplaciente, construido a partir de una discoteca virtual de donde descargas algo que no tiene peso. En la mesa de un restaurante cuatro jóvenes y ocho oídos reciben la tal descarga por sus audífonos. La conversación es nula. Con estos pequeños apéndices blancos que ahora cuelgan por todas partes, puedes llevar un minimundo pro ensimismamiento.

Pero con el iPod, al contrario de los masajes ya no tenemos que ir al mall a comprar los discos. Están siendo algo obsoleto. Ya no se debe hacer alarde de la colección de compactos, porque tener estantes llenos de ellos es ahora de lo más out. Y por las vertiginosas tendencias, se acerca el momento en que sentarse a ver películas junto a la familia o los amigos va ser un acto disparatado. Cada quien con su videoiPod en mano, viendo lo que se le antoje o viendo la película en su propia computadora, si la quiere ver más grande. Y sin pagar cable, porque los capítulos de las series de televisión, que se venden en la tienda de videos sin dirección física y sin tienda que realmente exista, ha sido un éxito en cuestión de descargas desde su reciente aparición.

Los artistas de Hollywood ya comienzan a pedir su parte por el éxito que se avecina en este rango.

Definitivamente, sin darnos cuenta, nuestros movimientos están cambiando más rápido de lo que lo asimilamos. Cada vez más unidos al cordón umbilical de la computadora. Y como lo narra el nobel José Saramago en su libro La Caverna, cada vez permanecemos más tiempo dentro del mall, porque esa gran caverna nos ofrece todo, y mejor cada vez, con más tiendas con más aparatos tecnológicos. Y más, y más masajes.
 

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