| DOS CARAS.
Cómo sobrevive Musharraf
Pervez Hoodbhoy
El devastador terremoto de Cachemira está probando, una vez más, las habilidades de uno de los grandes supervivientes políticos del planeta. El general Pervez Musharraf, presidente de la república islámica de Paquistán, tiene pocos amigos y muchos enemigos. Los principales partidos políticos de Paquistán se le oponen. Para la derecha religiosa y los mullahs, es un agente de Estados Unidos, el gran Satán, y en consecuencia ha traicionado la causa del islam.
En algún lugar, con Musharraf en la mira, hay militantes islámicos furiosos por haber sido dejados de lado después de combatir en sus guerras encubiertas en Afganistán y Cachemira. Muchos en su propio ejército lo detestan por la misma razón. Para las pequeñas y golpeadas fuerzas liberales y de izquierdas de Paquistán, es otro dictador militar que se hizo del poder por la fuerza, socavando el desarrollo de la democracia.
Entonces, ¿cómo sobrevive Musharraf? En gran parte, gracias a los ataques del 11 de septiembre. Enfrentadas a un Estados Unidos sediento de venganza, las instituciones militares de Paquistán se las arreglaron para unirse a la coalición encabezada por EU y tomar las armas contra su propia creación, los talibanes. Solo unos cuantos altos funcionarios de tendencia islámica se resistieron a esta clara traición. Pronto fueron puestos al margen, lo que generó alabanzas en Washington.
Con la ayuda estadounidense, una economía casi destruida pudo resucitar con una ola de ayuda internacional y cancelaciones de deuda. Incluso más importante fue la decisión, tomada con la esperanza de asfixiar el financiamiento de los grupos extremistas, de exigir que todas las ganancias de los paquistaníes en el exterior se enviaran a través de canales bancarios oficiales.
De una manera curiosa, las armas nucleares también son cruciales para la supervivencia de Musharraf, ya que crean condiciones que distraen al Ejército paquistaní, altamente ideologizado, de su objetivo de hacer la guerra a India. La disputa sobre Cachemira ha ocupado las mentes de los planificadores militares durante toda la historia de Paquistán, y la guerra había sido la raison d’etre para mantener el octavo mayor ejército activo del mundo. Pero las bombas nucleares, la creencia en la disuasión y la creciente conciencia de que Cachemira es una causa perdida, han alejado al ejército de la dura vida de las trincheras. La ideología es cada vez menos relevante, mientras la oficialidad se apresura a amasar vastas fortunas personales.
Una mirada al paisaje económico de Paquistán lo dice todo. Los directores ejecutivos de varias de las corporaciones, públicas y privadas (si es que no todas), son oficiales militares retirados, muchos de ellos bastante jóvenes. Los militares poseen aerolíneas y compañías de carga, fábricas petroquímicas, plantas de generación de energía, ingenios azucareros, fábricas de cemento y fertilizantes, empresas constructoras, bancos y compañías de seguros, agencias de publicidad, y demás. En las ciudades, grandes áreas de bienes raíces de primera clase, vendidas a los oficiales por cantidades insignificantes, se han convertido en megaproyectos inmobiliarios.
Musharraf defiende las adquisiciones militares, aduciendo que son económicamente eficientes, y con enfado rechaza las críticas como discursos rimbombantes de seudointelectuales paquistaníes antipatriotas. Pero son "eficientes" solo en el sentido de que amortiguan la amenaza que el ejército le puede significar.
Sin embargo, no ocurre lo mismo con los islamistas de Paquistán, a quienes Musharraf enfureció una vez más el mes pasado, cuando ordenó a su ministro de relaciones exteriores que iniciara el primer contacto oficial con Israel. No obstante, los llamados de los islamistas a realizar protestas en todo el país fracasaron. Tras décadas de gobierno, los militares han desmantelado toda forma de organización política (partidos, sindicatos y asociaciones estudiantiles), dejando a la sociedad paquistaní paralizada, apática e incapaz de articular sus preferencias.
En la misma medida que aumenta la furia de los islamistas por las traiciones de Musharraf, crece su imagen y reputación global como estadista mundial. Las escenas de mullahs de ojos furibundos y desorbitados manifestándose en las calles de las ciudades paquistaníes le hacen un gran favor. No quedan dudas de que el público paquistaní tiene que ser amansado por un hombre fuerte. Si es un general del ejército, tanto mejor.
Sin embargo, la verdad es más compleja. Musharraf cambia con facilidad de una careta a otra. Por el momento, es el líder mundial "responsable" que habla con encanto a los medios de prensa internacionales sobre el islam moderado; después será el mañoso conspirador que arregla elecciones, destruye a sus oponentes políticos, rompe sus promesas de entregar el poder, entabla con los mullahs relaciones mutuamente beneficiosas y castiga a los activistas de los derechos humanos como a "elementos marginales occidentalizados" que son "tan perjudiciales como los extremistas islámicos".
Para prevenir la posibilidad de un golpe, se está depurando al ejército de islamistas de línea dura. Los soldados acusados de amotinamiento han recibido la pena de muerte. Este proceso ha profundizado las divisiones pro y antiestadounidenses al interior del ejército, tanto entre oficiales activos como en retiro, pero nada sugiere en el Paquistán de hoy que sea inminente un cambio radical.
No hay duda de que si ocurren nuevos incidentes de terrorismo global vinculados con Paquistán, como los bombazos de julio en Londres, se generarán nuevas presiones. Estados Unidos y Europa harán sus exigencias usuales de que se cierren las madrasas del país, bajo el argumento de que son un semillero de odio extremista, y que se reforme el sistema de escuelas públicas que, sin que el gobierno haga nada por impedirlo, produce jóvenes militantes ansiosos por matar y morir por el islam.
Para Musharraf, esto significa que seguir cazando con los perros y corriendo con las liebres puede volverse un poco más difícil. Pero la actual constelación de fuerzas sugiere que, a menos que ocurran sucesos imprevistos, sus instintos de supervivencia le seguirán dando frutos en los años venideros.
Project Syndicate. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
El autor es profesor de física en la Universidad Quaid-e-Azam de Islamabad
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