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Reportaje especial
Panamá, viernes 11 de noviembre de 2005
 

IRÁN.

El nacimiento de un nuevo Hitler

Carlos Alberto Montaner

Hace un par de años, el nieto de Winston Churchill, que se llama como su abuelo, tuvo la feliz idea de agrupar en un tomo los fragmentos clave de un centenar de los mejores discursos de su ilustre antepasado. Tituló la obra Never Give In.

Poco después apareció en castellano bajo el rótulo de ¡No nos rendiremos jamás!, frase de una de sus más electrizantes alocuciones al pueblo inglés, cuando Londres parecía deshacerse bajo el impacto de las bombas alemanas.

Sería muy útil que los gobernantes, políticos y diplomáticos de esta nueva etapa, que no vivieron las dos guerras mundiales del siglo XX, se asomaran cuidadosamente a la sección 3 de esta obra, llamada Los años en el desierto (1930-1939) –una época en la que Churchill estaba prácticamente aislado dentro del partido conservador–, y observaran con detenimiento las advertencias del estadista británico sobre el rearme de los alemanes, la incontenible agresividad de Hitler, su repugnante antisemitismo, y los peligros que todo ello entrañaba para la libertad de Gran Bretaña y, en general, para la seguridad del mundo.

La vigencia de esos textos viene dada por el caso de Irán. De la misma manera que Alemania en los años treinta, por procedimientos democráticos, cayó en manos de los enloquecidos nazis, Irán, también con bendición electoral, es hoy un peligroso instrumento al servicio del fundamentalismo islámico, donde un líder fanático llamado Mahmoud Ahmadinejad, flamante presidente de esa nación, hace las veces de Hitler y encamina el planeta en la dirección de una terrible catástrofe nuclear.

Se tiene la tendencia a percibir a Irán como un país pobre y atrasado del tercer mundo, pero es un error. Se trata de una nación enorme, mayor que Francia, Alemania, Inglaterra e Italia combinadas, con 68 millones de habitantes y una producción diaria de 4 millones de barriles de petróleo, lo que le permite acumular una gran cantidad de reservas, dado que su balanza comercial le es muy favorable. Asimismo, posee una notable cantidad de técnicos y científicos formados en buenas universidades occidentales, y tiene a su alcance intelectual, industrial y económico el desarrollo de armas nucleares, propósito en el que se ha empeñado abiertamente, ignorando los llamados a la sensatez que le hace la comunidad internacional.

El presidente Ahmadinejad, con una desfachatez que debemos agradecerle, puesto que no deja la menor duda sobre cuáles son sus intenciones, ha declarado dos cosas que son para echarse a temblar. La primera es que "Israel debe ser borrado del mapa". La segunda es que "el mundo debe darse cuenta de que Israel no es el único objetivo de Irán, sino, simplemente, el primero". Algo que no ignoran los argentinos que en 1994 sufrieron un brutal atentado en pleno Buenos Aires, cuando los servicios iraníes destruyeron con una poderosa bomba el edificio de la Asociación Mutual Israelita (AMIA), y que sufren todos los días los habitantes de Israel, árabes y judíos, con los atentados perpetrados por los asesinos-suicidas financiados, entre otras capitales, desde Teherán.

El asunto es muy claro: ante nuestros azorados ojos, sin pausa ni tregua, uno de esos nefastos personajes de los que inevitablemente conducen a la humanidad al matadero va desplegando sus peores rasgos. Es un fanático convencido de que está destinado a cambiar la historia del mundo y tiene en su memoria colectiva la remota grandeza de Persia. Se siente víctima de no se sabe qué extraños agravios ancestrales. Posee y defiende una causa sagrada (el restablecimiento planetario de la supremacía del islam), y atesora los recursos para perseguir sus planes tozuda y violentamente. Lo único que le falta es un ridículo bigotillo de mosca bajo la nariz.

No parece nada aventurado predecir lo que a medio plazo puede ocurrir en el Medio Oriente. Un Irán dotado de armas nucleares, con semejante loco al frente del país, armado con una cohetería de origen norcoreano capaz de llevar los proyectiles a prácticamente todas las grandes ciudades del área, respaldada por un ejército de 2 millones de soldados, tratará de conquistar su "espacio vital", su lebensraum, mediante la intimidación de los vecinos, como un paso previo al intento de aniquilación de Israel.

Tampoco es difícil predecir el resultado final: Irán no logrará su objetivo final, pero la destrucción dejada por ese conflicto será infinitamente mayor que la provocada por la Segunda Guerra mundial. Si a Churchill le hubieran hecho caso en el año 1935, cuando pidió detener a los nazis a cualquier costo, la humanidad se habría ahorrado 60 millones de cadáveres y la mayor devastación causada por el hombre que recuerda la historia. Es la hora de releer sus discursos. Y, sobre todo, es la hora de actuar. (Firmas Press)

El autor es periodista y escritor

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