Es hora de pedirle cuentas a la Universidad de Panamá. Un grupo de revoltosos, que hace años mantiene de rehenes a las autoridades y demás estudiantes, logra nuevamente alterar el funcionamiento del centro universitario.
Las clases han sido suspendidas indefinidamente, quedando igualmente indefinidos los estudios de 70 mil panameños y el obvio despilfarro de los millones perdidos anualmente en un país que no se puede dar el lujo de malgastar los fondos educativos. El mal comportamiento de un puñado de gente está perjudicando a la gran masa de estudiantes que sí está interesada en tomar clases y aprovecharlas para alcanzar mejores días para sí y el país.
¿Cuándo las autoridades de la propia universidad tomarán cartas en el asunto? Han sido demasiados los episodios de abuso que nada tienen que ver con el reclamo justo que pueden los estudiantes presentar al país. Lo hemos dicho antes, y lo repetimos ahora: que salgan de la Casa de Méndez Pereira ideas y no piedras. Que las ideas sean propuestas con valentía e inteligencia, y no detrás de enmascarados irresponsables.
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