| ASIMETRÍAS.
La infancia y los adultos
Emilio García Méndez
Profundas asimetrías atraviesan la cuestión de la infancia. La política y las reflexiones teóricas resultan un buen ejemplo de ello. En el caso de la política, mientras cada vez son más aquellos que trabajando con seriedad los problemas de la infancia han perdido la ingenuidad y les parece imprescindible tomar en cuenta los problemas centrales de la democracia (corrupción, autoritarismo, violencia, entre otros), todavía son pocos aquellos que trabajando con seriedad los temas centrales de la política le otorgan a la infancia la importancia y centralidad que merece. En esta era de certezas tecnológicas, pero de profundas desorientaciones vitales, entender el tipo de vínculo que, en cuanto adultos, desarrollamos con los niños y los adolescentes puede convertirse en una contribución interesante para superar la crisis de sentido en la que estamos inmersos.
En el caso de las reflexiones teóricas, todavía es demasiado poco el interés específico que intelectuales de prestigio le prestan a la infancia. En consecuencia, escasa es también la producción intelectual que consigue trascender la superficialidad, sobre todo de enfoques "prácticos" que basados en la experiencia adulta, dan por sabido y descontado la opinión y posición de niños y adolescentes. Una "experiencia" que, a menudo como agudamente lo señala Walter Benjamín, esconde la máscara de la derrota y de la resignación. En otras palabras, del simulacro de una vida no vivida y de sueños no realizados (y ni siquiera intentados).
Un tan feliz cuanto poco conocido texto de Norbert Elias (La civilización de los padres,1960), contradice profundamente esta asimetría en el plano intelectual y al mismo tiempo nos ofrece algunas claves para, entendiendo a los niños, entendernos mejor a nosotros mismos.
La extraordinaria obra, ya clásica, de Philippe Aries (Historia del Niño y la Familia durante el Antiguo Régimen,1960), constituye el punto de partida de las reflexiones de Elias. La inexistencia de la infancia como una categoría diferenciada de los adultos antes del siglo XVII, permite afirmar que su "descubrimiento" progresivo implica (según Elias) darse cuenta de su autonomía relativa. Siempre según Elias, la función de los hijos para los padres ha sufrido (y sufre hoy mismo en esta etapa de transición) cambios extraordinarios. Los padres greco-romanos y medievales poco o nada se preguntaban sobre los efectos de sus comportamientos sobre los niños. Les importaba mucho más lo que los niños significaban para ellos, que lo que ellos y sus actos podían significar para los niños.
La democratización de las relaciones familiares ha puesto en crisis este paradigma de relación entre niños y adultos. La enorme asimetría de poder (que persiste) entre los padres y los hijos, no ha desaparecido, pero se ha vuelto ilegítima. El autoritarismo (entendido como la autoridad despojada de razones), sólo puede subsistir hoy como violencia pura. La autoridad, se puede y se debe reconstruir aunque sólo a través del consenso.
Recuperar para los niños y para los adultos un vínculo de calidad, exige una profunda predisposición al autocontrol y la negociación por parte de estos últimos.
Aprender a escuchar a los niños, más allá de toda demagogia, puede convertirse en una experiencia fascinante.
Alessandro Baratta, un extraordinario filósofo italiano recientemente desaparecido, expresaba verbalmente este desafío en una forma que vale la pena reconstruir lo más cerca posible de su textualidad. "Los niños cuanto más pequeños, tienen más memoria y más historia", sobre todo en relación con nosotros los adultos. Los niños no han perdido la capacidad de vivir lo que no existe, como posibilidad y al mismo tiempo lo que es (y debería cambiar) como contingente".
Es sobre todo de los niños que podemos aprender aquella actitud utópica imprescindible para la democracia.
El autor es abogado y profesor en la Universidad de Buenos Aires
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