| CAMBIOS.
Un mundo mejor... en parte
Eduardo Ulibarri
El derrumbe del imperio soviético liberó a cientos de millones de personas del totalitarismo, incorporó a sus países a la economía mundial, desató en ellos un proceso de recomposición democrática y nacional, terminó con la Guerra Fría y consolidó a Estados Unidos como única superpotencia.
Existe virtual consenso universal sobre lo anterior. Lo difícil es determinar cuáles han sido los efectos diferidos, a escala global, de lo que comenzó con la caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, y terminó con la liquidación oficial de la Unión Soviética, en diciembre de 1991.
Son tantos y tan dinámicos los factores que intervienen en la política mundial, y tantos los prejuicios que nublan su análisis, que resulta casi imposible individualizar las causas de muchos procesos y desenlaces.
Sin embargo, el Centro de Seguridad Humana de la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver, Canadá, acaba de divulgar una investigación que ayudará a aclarar la discusión. Lástima que sólo un gran periódico internacional -Le Monde, de Francia-- le dedicara adecuada atención.
Con el título Guerra y paz en el siglo XXI, y bajo la coordinación de Adrew Mack, director de planificación de la ONU entre 1998 y 2001, el estudio revela el saldo de las guerras, conflictos, genocidios y violaciones a los derechos humanos a partir de 1992, y lo compara con el medio siglo posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Para sorpresa de muchos, el balance resulta sólidamente positivo.
Entre sus datos están que, desde 1992, el número de conflictos armados se ha reducido en 40%; el de genocidios y otras masacres, en 80%. En promedio, las víctimas de cada guerra pasaron de 38 mil en los años cincuenta a 600 actualmente, aunque el 90% de ellas son civiles. Los refugiados han bajado en 30%. En 1946 sólo existían 20 países con régimen democrático; actualmente, 88. Y mientras en 1963 hubo 25 intentos de golpe de Estado, en el 2004 fueron 10, y todos fallaron.
Cualquiera que recuerde los recientes genocidios en Bosnia, Rwanda y Darfur (Sudán), los conflictos en Chechenia o Irak, los colapsos de Níger o Haití, la acción de al-Qaeda y los atentados terroristas en Nueva York, Madrid, Casablanca, Jakarta y Londres, quizá sienta asombro ante los resultados del trabajo. Parte de su valor es, precisamente, confrontar nuestras impresiones con los hechos empíricamente documentados.
Sin embargo, de tabular datos a identificar causas precisas de los cambios hay mucha distancia; por esto, Mack y su equipo no pretenden desentrañarlas. Pero si el derrumbe de la Unión Soviética trajo la democracia a millones de personas, si puso fin a la Guerra Fría y al enfrentamiento ideológico que la acompañaba, si eliminó al totalitarismo marxista como variable relevante de la política local y mundial, y si creó condiciones para un mayor dinamismo de la economía internacional, es indudable su importancia como motor de mejores tendencias y resultados.
También deben tomarse en cuenta otras causas probables, a menudo vinculadas con la anterior:
La ONU ha incrementado su aporte a los procesos de pacificación, democratización y reconstrucción, como los de Kosovo, Timor Oriental e, incluso, Irak. Además, su "cumbre" de septiembre legitimó la posibilidad de intervenir en países con gobiernos incapaces de evitar genocidios, "limpiezas" étnicas y otras atrocidades.
La Corte Penal Internacional ya está en funciones. La Unión Europea ha seguido su proceso de ampliación: al fin acordó abrir negociaciones con Turquía y Croacia, y seguirán, a futuro, más países del convulso Cáucaso.
Otras entidades regionales también se muestran más dinámicas en su acción. Las guerras coloniales ya cesaron. La búsqueda del crecimiento económico mediante el comercio internacional ha tornado disfuncionales una serie de conflictos. Y muchas organizaciones no gubernamentales (ONGs) han ejercido positiva influencia.
Quedan enormes desafíos abiertos: la situación del África subsahariana, con sus innumerables tragedias y "estados fallidos"; la proliferación de armas de destrucción masiva, el incremento del radicalismo islámico y del terrorismo, y la posibilidad de que las añadan a su arsenal.
En una dimensión distinta, a lo anterior hay que añadir los desastres naturales y los riesgos ambientales.
Guerra y paz en el siglo XXI, por ello, no es un objeto de celebración. Pero sí podría ser una guía sobre las medidas más eficaces para seguir luchando por menores muertes y mejores condiciones de vida alrededor del mundo. Sería el saldo más positivo del estudio.
El autor es periodista y ex direcor de La nación de Costa Rica
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