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Panamá, sábado 24 de septiembre de 2005
 
 
COLUMNAS
CALLE SAUDADE
UNA FLOR PARA MILAN
 
Hay seres que acostumbran comer flores y plantas por puro placer estético. En la imposibilidad de viajar en las nubes, o ser una nube, o probar a qué sabe el arco iris, o beber litros de agua de mar sin ahogarse, optan por comer flores. O el fruto prohibido. 
 
CEBALDO DE LEON 
mosaico@prensa.com 
 
Milan es el nombre de un gato que llegó a casa, de vacaciones, por un breve tiempo.

A Yaili, una de mis hijas, una amiga le regaló un gato, recogido en la esquina de una casa abandonada. Yaili lo llevó al sur de Portugal (Algarve), donde vive y trabaja, pero en un apartamento compartido con otras amigas, era difícil cuidar de su gato. Y nos pidió, si podíamos por algunas semanas, cuidar de Milan.

Milan se enfermó, lo pasó mal varios días, médicos y conocedores de gatos decidieron que lo mejor era esterilizarlo. Ya no “sufrirá”, dijeron, “no andará marcando territorios”; además tenía alguna infección interna.

Las vacaciones, el breve descanso, ¡se ha alargado! Ya van muchas lunas. Casi dos años. Milan hoy, ya es parte de la rutina, del presupuesto familiar, compartiendo alegrías y tristezas, otro habitante en casa y en la piel (los arañazos, las marcas gatunas son visibles. No necesito de más tatuajes).

Un día Alice trajo flores a casa, creo que era un abril, la primavera empezaba con sus colores y sus ofertas. Abril es siempre un mes de alegres sorpresas para los ojos, el cuerpo y otros territorios. Las flores quedaron en un lindo jarrón. Milán comenzó a olerlo y, poco a poco, sin testigos, fue devorando flor a flor.

Se comió todos los claveles. Fue la primera señal de su deseo: el de devorar la belleza, comer flores.

No se le dio mucha importancia, pero otros días en que la casa recibía flores, fueron alimento para Milan. ¿Será que Milan, no teniendo jardines para jugar y oler las flores, se venga devorándolas? O, simplemente, ¡quiere tragarse la belleza! ¿O será otra forma de sentir en su piel y en sus adentros las alegrías del amor?

Dicen que la región del cerebro responsable de las emociones es igual en los hombres y en los gatos. (Me pregunté un día, ¿qué le pasará a Milan? cuando ronronea, cuando se acerca con su levedad a nosotros, cuando se excita delante de una flor, cuando sus ojos pasan de un cuarto menguante a una luna llena feroz, ¿nos estará pidiendo que le presentemos una gata?).

Hay seres que acostumbran comer flores y plantas por puro placer estético. En la imposibilidad de viajar en las nubes, o ser una nube, o probar a qué sabe el arco iris, o beber litros de agua de mar sin ahogarse, optan por comer flores. O el fruto prohibido.

Milan, al igual que otros gatos y gatas, es un seductor, pero seducirlo es otra historia. No es fácil, será tal vez porque, como decía Marcel Mauss: “el gato es el único animal que ha conseguido domesticar al hombre”.

Recuerdo con cariño en mi infancia, en la isla, los gatos que jugaban por la casa y los alrededores; ninguno tenía nombre y todos eran de todos; el único gato que tenía nombre era el de los padres claretianos, o mejor de las monjitas franciscanas. Su nombre creo, era Santa Uilesa. Una gata que era como la comandante del pelotón, de los “bandiditos”, de los “ladrones amorosos”.

¿Cuando habrá llegado por primera vez un gato a la isla? Será que en la costa, en los tiempos de la migración, año 1900 ó antes, ya merodeaban por allí? ¿O habrán llegado después, en las embarcaciones colombianas, con el vallenato, el azúcar industrial, los fósforos, la cocoa, la cerveza Águila y el Piel Roja? ¿O ya andaban en alguna isla desierta a la espera silenciosa de que un día algunos seres del bosque les hicieran compañía?

Milan, el gato devorador de belleza es diurno, le encanta el sol, el agua, adora tomar baño, pero solo. De noche me cuida..., cuida que no me olvide de dejar abierto el cuarto donde se desordenan libros y músicas, y donde él desordena sus sueños.

Es octubre, y este otoño, ha sido un mes indeciso e intranquilo, continúa el calor, las temperaturas no bajan, y me parece que Milan siente eso. Pero cuando colocamos música, se acerca, y hay una que últimamente le encanta. Es Rita Lee, “la abuela del rock brasileño” y una de sus ultimas producciones, Sexo es amor:

“El amor nos vuelve patéticos,

sexo es una selva de epilépticos

sexo es imaginación, fantasía

amor es prosa, sexo es poesía

amor es cristiano, sexo es pagano...”

A Milán le encanta esta canción, ¿por qué será?

¿Será la voz de Rita, el tema, el ritmo sabroso, alguna soledad gatuna que no se contenta con los mimos diarios de los que lo queremos? ¿O, en su ensoñación, una bella melodía es igual a una flor?
 

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