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Panamá, viernes 21 de octubre de 2005
 

amÉrica latina.

Un continente indefenso

Carlos Alberto Montaner

Estados Unidos desplazó hacia el Medio Oriente a la mitad de los asesores militares destacados en Colombia. Es todo un síntoma de la benigna negligencia con que Washington se relaciona con la región pese a la cálida retórica de sus diplomáticos. Eventualmente, acabará desentendiéndose del conflicto. La compleja y difusa estructura del poder en Estados Unidos impide el establecimiento de compromisos de largo alcance. El check and balance conlleva ese efecto pernicioso: Estados Unidos no es un aliado fiable. Su diseño institucional se lo impide. Basta una alteración en el signo de la opinión pública o en la aritmética parlamentaria para que se debiliten o refuercen los nexos exteriores. Pero también se entiende la fatiga norteamericana. América Latina no es África. Si los latinoamericanos no son capaces de prosperar y mantener la democracia y el orden interno, pese a contar más de dos siglos de independencia, con universidades que poseen cuatro siglos de fundadas, y provistos de élites cultas y educadas, es muy poco lo que Estados Unidos puede hacer.

El asunto es muy grave, porque llega en mal momento. Es una lástima que las Cumbres Iberoamericanas que se reúnen periódicamente no sirvan para examinar seriamente los problemas de la región. El mayor peligro que hoy amenaza a todas las naciones latinoamericanas es la evidente formación de un eje Castro-Chávez encaminado a desestabilizar a todos los países de la zona. Esta pareja de hecho (y pronto de derecho si se constituye la federación cubano-venezolana de que tanto se habla), tras un sesudo análisis de las condiciones objetivas de la historia, como dicen en esa secta incurablemente palabrera, ha arribado a cuatro conclusiones espeluznantes.

La primera consiste en la certeza de que el colectivismo marxista ha revivido mágicamente tras los quince años de letargo producidos por la desaparición de la URSS. La segunda conclusión, es que, esfumada la referencia moscovita, la revolución ya no es un objetivo alcanzable en las naciones europeas, pero sí en América Latina. En vista de ello (y ésta es la tercera), la capital de la revolución planetaria se ha mudado al Caribe, entre La Habana y Caracas, y hoy esas dos ciudades desempeñan el papel que hasta 1991 representaba Moscú. Cuarta y última: esa América Latina revolucionaria enterrará a Estados Unidos y al capitalismo. Tomará décadas de sangre, sudor y lágrimas, pero tras la lucha final el mundo será justo e igualitario, como lo soñaron Lenin, Che Guevara, Pol Pot y otros personajes de la misma fauna depredadora.

Naturalmente, estamos ante un intenso ataque de mesianismo, pero el hecho de que Chávez y Castro sean dos loquitos parlanchines borrachos de gloria no les resta peligrosidad. Hitler también era un loquito parlanchín borracho de gloria. Por el contrario: mientras más delirantes se vuelven estos tipos, más riesgos corren sus vecinos. Mientras más convencidos estén de que el destino los ha elegido para salvar a la Humanidad, más cerca nos encontramos de que desaten mil catástrofes irreparables.

Fidel Castro, que nunca ha abandonado la tarea de transformar el mundo, en la segunda mitad del siglo XX provocó o alentó un baño de sangre que todavía persiste en lugares como Colombia o la propia España. Durante décadas, Cuba se convirtió en el santuario y campo de adiestramiento de miles de terroristas y guerrilleros de medio centenar de países, entre los que había etarras, palestinos y narcotraficantes colombianos. Ese "proyecto de conquista revolucionaria" se hundió con la URSS, pero ahora reverdece por otros métodos con el respaldo de los petrodólares venezolanos.

¿Qué van a hacer las frágiles democracias iberoamericanas ante este nuevo vendaval que se les viene encima? Seguramente, nada. No saben calibrar los riesgos. No son capaces de formular una estrategia defensiva, y carecen de una política exterior coherente. Argentina examina la posibilidad de venderle a Chávez un reactor nuclear. Ya la irresponsable España de Zapatero le facturó cuatro fragatas armadas con poderosos cohetes antiaéreos, y al señor Lula parece que le hace mucha gracia que su vecino fronterizo reclute una milicia de millón y medio de soldados, seis veces mayor que el ejército brasilero. El acto final de esta tragedia es, pues, muy fácil de predecir: antes de que el castro-chavismo se hunda y desaparezca, cosa que sucederá sin remedio en los próximos años, América Latina retomará el ciclo de horror y autoritarismo que parecía superado. Ese debió ser el gran tema de la Cumbre, dado que es inútil esperar que Washington nos saque las castañas del fuego. En Washington son cada vez más quienes piensan que es inútil o imposible tratar de rescatar a los latinoamericanos de ellos mismos.

Firmas Press


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