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Panamá, viernes 14 de octubre de 2005
 

costumbre.

En el balance... optimismo

I.Roberto Eisenmann, Jr.

Nosotros los panameños somos aficionados (casi hinchas) de la queja. La queja es el deporte nacional. Nos quejamos de todo, y de todos y todas.

Al tiempo que nosotros nos dedicamos con pasión a la parasitaria e inútil queja, hay una explosión de ciudadanos del mundo que están comprando propiedades aquí para venir a vivir a Panamá, que les parece un paraíso. Hablemos un poco con ellos para enterarnos y convencernos de que tenemos la gran suerte de haber nacido en una tierra privilegiada: país pequeño -con problemas igualmente pequeños- poblado por un crisol de razas de gente cálida y alegre, con una gran variedad de climas y ambientes a corta distancia. Podemos pasar la mañana en la playa y la tarde, abrigados, en una montaña. Tenemos una moneda dura, de libre entrada y salida que como consecuencia produce una economía de bajísima inflación; los precios -de los cuales nos quejamos a diario- son comparativamente bajísimos. Ejemplo: una construcción de lujo se compra en nuestro país por mil 100 el metro cuadrado; el mismo metro en Costa Rica vale tres mil dólares, en Miami de tres a seis mil dólares y en Nueva York de seis a 12 mil dólares. Somos un país que nació globalizado, en donde el que viene del Norte encuentra un perfil parecido al de su país, sintiéndose cómodo con nuestros sistemas, cosa que no le ocurre ni en Costa Rica, México ni en ningún otro país del hemisferio y, hay que decirlo (sobre todo ahora) un país libre de grandes desastres naturales.

Es un país con mejor seguridad que la que se encuentra en las grandes ciudades del Norte, a pesar de que nosotros nos quejamos del aumento de la criminalidad. Somos un pueblo ejemplar en cuanto a la tolerancia. Aquí hemos tenido mujeres presidiendo los tres poderes del Estado, indígenas presidiendo el Poder Legislativo, y hoy un joven de 41 años en la Presidencia. También, la discriminación racial es la horripilante excepción, nunca la regla. Ahora, veamos el gobierno y el sistema político, centro de nuestras quejas. Hemos tenido seis consultas populares cristalinas pos-dictadura, en las que siempre ganó la oposición del momento, así que tenemos una magnífica democracia electoral. Somos un país desmilitarizado por Constitución.

No tenemos ejército. El gobierno actual ha tenido una difícil curva de aprendizaje, pero ha logrado una reforma tributaria dura, que aunque ninguno de nosotros la quería, era necesaria. Mi información indica que terminará logrando una reforma a la seguridad social que contará con el consenso de la mayoría de los panameños. Se va logrando una necesaria reducción de la planilla estatal y el gasto público está más controlado.

El tratado de libre comercio con el Norte está en buenas manos y se logrará. Se arregló el entuerto de los puertos. Hubo un buen nombramiento en la Corte Suprema y en la Procuraduría de la Nación, la economía, aun cuando con tropiezos, tiene un crecimiento aceptable… gracias en parte a incrementos importantes en turismo y turismo residencial… y estamos cerca de completar la propuesta de la expansión del Canal que tendrá no sólo un impacto económico sino psicológico sobre el país. ¿Cuáles son las tres manchas negras en este cuadro optimista?...1) la pobreza del 40% de la población; esto es escandaloso e inaceptable. 2) La injusticia de la Justicia comenzando por la Corte, cuyos escándalos son inaceptables... y 3) La ineficacia de entidades del gobierno, que para la ciudadanía sólo funcionan después de que les cierran las calles. Como ejemplo mayor: el transporte público. En todos los casos existen movimientos de exigencia de la sociedad que hacen imposible seguir ignorando el problema… y el gobierno ya tiene los fondos requeridos para resolver.

En conclusión: a pesar de que yo soy rápido y veloz con la crítica a los poderes, en el balance creo que nosotros los panameños tenemos razones de sobra para ser tan optimistas como los que hoy se suman a nosotros, y para estar orgullosos de nuestra pequeña pero grande nación.

El autor es presidente de la Fundación Libertad

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