| ESTADOS UNIDOS.
Fallida misión diplomática
Sergio Muñoz Bata
Karen Hughes, la amiga y consejera del presidente Bush, ahora convertida en subsecretaria de Estado para diplomacia pública, recién regresó de una muy accidentada primera misión diplomática.
Hablando ante una audiencia cuidadosamente seleccionada en Egipto, el reclamo de sus interlocutores fue la incongruencia entre la defensa de los esfuerzos del gobierno de Bush para apoyar la democracia en la región y la experiencia de quienes viven en un régimen autocrático respaldado por el Gobierno estadounidense.
Su diálogo con mujeres en Turquía fue un agitado alegato en el que Hughes defendía la guerra en Irak y sus anfitrionas refutaban el argumento de que la guerra conduce a la paz y que la democracia o la libertad sean exportables. Las guerras, le dijeron, desaparecen los derechos de las mujeres, traen pobreza y las mujeres son siempre quienes pagan el precio más alto en estas situaciones.
En Arabia Saudita no le fue mejor. Los árabes consideran que frente al conflicto entre Israel y Palestina, Bush favorece siempre a Israel. Por televisión, Hughes sostuvo que Bush fue el primer presidente americano que apoyó la creación de un Estado palestino, ignorando que Bill Clinton fue el primer mandatario estadounidense en afirmar que "debería existir un Estado palestino soberano y viable".
Entre los críticos de la misión de Hughes hay quienes piensan que el problema principal fue haber seleccionado a una persona que conoce los vericuetos de la política interior y sabe cómo manipular a una audiencia 100% americana, pero carece de historial en el servicio exterior y no tiene experiencia en el trato con otras culturas.
Para otros, el problema de fondo es la tarea. Si el concepto central de la diplomacia pública es moldear la opinión pública en el extranjero, defender las posiciones del Gobierno y refutar informaciones equivocadas, la misión es imposible si no se acompaña de un cambio sustancial en las políticas.
Los reclamos a Estados Unidos en las áreas de conflicto son válidos. La guerra y ocupación de Irak son injustificables aun aceptando que Sadam Husein era un tirano, pero el problema de la imagen de Estados Unidos es mucho más complejo. Hay quienes resienten el estilo de liderazgo del Presidente que si bien puede resultarle atractivo a los estadounidenses, en el resto del mundo suscita rechazo, repulsión o miedo, y otras estructurales.
El descomunal poderío económico, político, cultural, social y militar del país es, al mismo tiempo, un enorme polo de atracción y de rechazo. De seducción por su asombrosa capacidad para generar cultura, riqueza y oportunidades para los inmigrantes. De repudio por el uso abusivo de su fuerza y por su obsesión de imponer sus "valores" al resto del mundo.
En el mundo de la globalización, Estados Unidos se ha erigido en el árbitro central de los problemas del mundo. A veces, auto impuesto y otras veces a petición de los participantes en los conflictos entre palestinos e israelíes; entre la India y Paquistán; entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte.
Para mejorar su imagen, Estados Unidos debe ganarse la confianza del mundo como lo hizo cuando defendió a la democracia frente a la amenaza nazi. Y utilizar su enorme poderío para convertirse en un juez justo y responsable cuando se le solicite, y su sabiduría para apartarse cuando nadie lo llama.
El autor es miembro del consejo editorial de Los Ángeles Times
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