| DESCONOCIDOS.
Héroes, pero esos que nunca se mencionan
José Miguel Samudio-Horna
Según Méndez Pereira, algunos pueblos si no tienen héroes, los inventan; según Carlos I. Zúñiga, el pueblo panameño los tiene pero los olvida. Este tema no es fácil porque muchas de sus ideas pueden ser juzgadas por controvertidas. Les pongo dos ejemplos. Los mártires de enero son los representantes más puros de la valentía de morir por lo que eres; para los colosos del norte y sus zonians sus héroes disparaban desde el Tívoli; para Panamá, los héroes caían con esos disparos. Quién puede arrebatarme la idea de que el Momotombo en Nicaragua, y de paso la pequeña estampilla que envió Buneau Varilla a los estadounidenses, son héroes olvidados en nuestra historia; sin embargo, qué creen que piensen los vecinos nicaragüenses del volcán y de su brillante postal. Les aclaro que creo en el derecho a la admiración de los demás, pero cómo respetar a quienes vitoreaban a Stalin, Pinochet o Noriega.
El ilustre I. Roberto Eisenmann Jr., en su artículo "Imaginemos un mundo", nos habla del deber de un líder mundial actual, y de cómo ellos deberían peregrinar por el mundo imitando a héroes pasados y conciliando a los que una vez sufrieron por las aberraciones de otros hombres. Para Paulo Coelho, son héroes quienes buscan mejorar el mundo con ideas revolucionarias, creando empresas con fines sociales por encima de intereses meramente económicos, y quienes encuentran en la Fundación Schwab el reconocimiento por ello.
Los panameños no sabemos distinguir a los que valen más y que mueren sin subir los peldaños de ningún estrado, pero que sí marcaron la diferencia en sus hogares y familias. Hoy no les hablaré de los que se hacen personajes de libros, ni de los que la historia recuerda en pergaminos, y menos de los más sinvergüenzas que se autonombran honorables y se pasean exonerados, desubicados y engreídos, con ropa finamente planchada y con la profecía mesiánica en sus cabezas de ser los héroes -padres- de la patria.
De los que me acuerdo cocinan mañana, tarde y noche, o perviven en las salas de los hospitales sin que se escriba de ellos. Muchos pasan sin ser vistos, a veces con un tumbao silente que arrancaría risas de los más crueles. Sus vidas son insignificantes a los ojos de los que jamás los verán, y tristes a los ojos de los que siempre los ven. No podría continuar este escrito sin honrar al caballero que se detuvo en pleno aguacero en 1992 y nos llevó de no sé dónde hasta San Carlos, buscó un mecánico, lo llevó hasta nuestro auto y luego de salvar el día se marchó sin aceptar un centavo. Personas como aquel señor, y de quienes les hablaré, encontraron terreno fértil en mi memoria porque para mí son héroes, y como verán no salvaron al mundo ni liberaron a pueblos con la excusa de armamentos nucleares malignos.
Hace ya varios meses, mucho después de aquel aguacero, un joven de 23 años cayó enfermo en la sala de hematología. Ahí llegó desde Veraguas con su madre. Éramos casi de la misma edad, sin embargo, yo tenía sueños gigantes y planes para los próximos 50 años; él los tenía, pero vivir se volvió su prioridad. Cada día soportaba curaciones dolorosas en una herida en la parte baja de su espalda que dejó salir mucha pus; el cabello se le hizo ralo y luego inexistente. Por la misma enfermedad perdió peso al punto de que sus huesos y venas se veían claramente a través de la piel. Gregorio, era su nombre; me brindó una gran amistad y me enseñó que el deseo de vivir no es exclusivo de ninguna clase social. También conocí a un doctor de Bocas del Toro, su apellido era Cantón. Tenía una enfermedad grave con pocas posibilidades de superar. Luego de una buena relación, con sus ojos anegados me repitió que no quería morirse. Así, con esas palabras desgarradoras y tristes; cargadas de dolor y de impotencia.
Mi corazón se apretaba como un puño y lloraba, literalmente. Al poco tiempo se quedó sin aliento, pero me mostró que la vida hay que aprovecharla y tratar de ser feliz. Quiero vivir, dijo. No les conté que a Gregorio le gustaba el fútbol y que tenía novia. No les dije que venía de una familia pobre, pero con padres muy trabajadores y preocupados. Un par de meses después lo encontré por los pasillos del hospital, con una mejilla hinchada como una pelota de sofbol. Estaba gordito y con cabello largo. Me dio un abrazo y conversamos unos minutos. Cinco días después me dijeron que había muerto. ¿Quién supo de él? ¿De qué sirvió su vida y su dolor?
Aunque no se ha inventado ley de derecho de autor para enseñanzas como esa, les ruego en donde estén que me perdonen por hacer de ellos los héroes de una historia que jamás escucharán y que los panameños jamás conocerán.
El autor es médico general
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