| COMPROMISO.
El cáncer de la corrupción
Alfredo Barnechea
Observo con sorpresa, y tristeza profunda, las denuncias de corrupción en Brasil. Son muchas, y parecen conectadas.
Hasta ahora, pareciera que no afectaban personalmente a Lula, aunque es poco razonable creer, dado el carácter "sistémico" de la corrupción, que no supiera o no sospechara nada.
El Partido de los Trabajadores (PT) nació como una amalgama de sindicalistas paulistas, curas de la teología de la liberación, vieja y nueva izquierda, cuya pertenencia al segmento más radical del Foro de Porto Alegre no presagiaba la dirección pragmática, moderna, que imprimieron el rumbo del Gobierno brasilero.
Lula representaba un experimento interesante. Su elección simultánea de ortodoxia financiera y el programa de Hambre Cero era una alternativa creativa. Su eventual descalabro es un golpe a toda esa alternativa.
Hubo una izquierda corrupta en los aparatos del comunismo. Ceacescu en Rumanía. O como escribió Norberto Fuentes, "íntimo amigo" del general Ochoa, ajusticiado por Castro, en un libro aterrador -Esos dulces guerreros-, sobre la corrupción cubana.
En Brasil, ¿cuánta corrupción estaba dictada por el sistema político? Acaso ese sistema de fragmentación llevó a compromisos, naturales en democracia, pero lo que la razón no pudo cuadrar, desafortunadamente lo hizo el dinero.
La corrupción no fue tema hasta hace poco tiempo. Mientras el Estado prodigó su maña sobre los ciudadanos, éstos se hacían de la vista gorda. Pero el desmantelamiento de los Estados centralizados o populistas, los hizo más exigentes.
Este cáncer corrompe no sólo las ilusiones políticas, sino también la economía, la hace improductiva.
La corrupción, la llaman los economistas "costos de transacción": aquellos que se suman inevitablemente al precio, pero que no agregan valor intrínseco a los productos.
También hay un costo económico del hambre. El Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas estima que podría estar entre 6% y 10% del PBI latinoamericano, debido a la mortalidad infantil, las enfermedades, las pérdidas de productividad.
¿Cuánto cuesta la corrupción en Brasil o en Perú? ¿Cuántos puntos del producto cada año? ¿Cuántas sentencias judiciales hay cada año? ¿Cuántas influidas por el dinero? El proceso brasileño debería ser un espejo para mirarnos en profundidad.
Los nudos gordianos del desarrollo no están en la macroeconomía, sino en las instituciones. Controlar la corrupción es otra de las tareas por hacer, que no sólo permitirá una sociedad más transparente, sino también una economía más productiva.
¿Qué remedios hay? Robert Klitgaard, uno de los grandes estudiosos mundiales del problema, incluyó en su libro Controlando la corrupción: "Los remedios para la corrupción en los países en desarrollo son los siguientes:
El transcurso del tiempo, durante el cual, dado un progreso económico firme, las lealtades pasarán gradualmente de la familia, el clan y la tribu, al estado-nación".
El aumento de la educación, que permitirá a la gente comprender qué es la política, en vez de contemplarla como una forma partidista de excitación.
La evolución de la opinión pública, que debe seguir a la extensión de la educación.
El crecimiento de una clase media profesional.
La difusión del poder, la riqueza y la posición social, disfrutada ahora por la clase política.
El reconocimiento de que la democracia vale la pena.
El riguroso cumplimiento de las leyes relativas a la inspección.
"El testimonio personal de personas que se oponen al soborno y la corrupción. No existen caminos más cortos que éstos".
Como acaba de comprobarlo el gobierno de Lula, hasta en una sociedad permisiva al clientelismo y todo tipo de compromisos como la brasileña, la lucha contra la corrupción ha entrado a la agenda política para no salir.
Firmas Press
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