Son pocos los reflectores que alumbran la sala principal de la Galería Imagen, sin embargo, todo luce iluminado. Las paredes grises dan paso a los intensos colores de las obras de Cándido Bidó.
En ellas relucen los amarillos, los naranjas y rojos, azules intensos y un profundo negro proveniente de los grandes ojos de mujeres que parecen estar observando calladamente.
Bidó, a diferencia de sus obras, luce colores pálidos que reflejan la paz interna que estoy segura que tiene luego de haber conversado con él.
“Lo que pasa es que en mi pintura nunca he dejado de potenciar al Caribe que es de donde yo soy. Mi pintura es completamente caribeña, los colores, los diseños y el ambiente de mis pinturas son propiamente del Caribe”, comenta.
Y no parece que haga falta esta declaración luego de ver los celajes, las flores, los soles y el mar vibrando de semejante manera.
“El Caribe es una tierra donde ha pasado todo”, dice Bidó. “Cuando hablo del Caribe hablo de mi país, una tierra donde el sol siempre ha sido muy fuerte, los mares bien azules, sus playas siempre muy hermosas con una arena blanca, y además con su historia. Quienes han estado en el Caribe y han reconocido que es un pueblo bien caliente, además de hermoso, un pueblo donde la gente ríe y llora, ríe sus alegrías llora sus penas pero siempre está allí, aún con el sufrimiento de algún momento político. Siempre hemos defendido nuestro territorio, nuestra gente y por eso yo soy un fanático de mi terruño, de mi tierra y de mi Caribe”.
Los arrozales y el sol
De República Dominicana Bidó siempre tiene presente el sol radiante, figura que no falta en sus obras. Comenta que ese sol lo tomó prestado de Van Gogh, al igual que los trigales que a manera tropical se convirtieron en los arrozales que hay camino a su pueblo y que en algún momento fueron representativos de sus obras.
De Gaughin tomó los colores, sobre todo los cobres y canelas de las pieles de las mujeres de su tierra, mujeres que no lucen sus ojos.
“Nunca he hecho un ojo con la niña, más bien es un hueco negro para que ellas no vean los grandes sacrificios, las guerras y todas las vicisitudes que tiene que pasar una persona, sobre todo los pobres.Que no vean los vandalismos, los secuestros, las violaciones. Es mejor que mis figuras no vean eso”.
Cuando Bidó era estudiante de la Escuela Nacional de Bellas Artes, sus compañeros y él tenían la costumbre de usar los nombres de los grandes maestros y en esa época el movimiento más importante era el impresionista. “Entonces nos poníamos Van Gogh, Gaughin, Cezanne, era una broma, pero yo sí tengo influencia de esos dos grandes artistas, de Gaughin y Van Gogh. Yo me influí mucho en esos colores y en ese movimiento, además de la forma como él usaba el puntillismo, la pincelada yuxtapuesta, y aún me quedan algunas reminisencias”.
Pero, ¿qué hay de la noche?
“Sí, he pintado la noche, pero muy pocas veces. Me gusta más la luz del día”.
Bonao
Es el nombre del pueblo que vio nacer a Cándido Bidó. Un pueblo donde según él, “no había nada, ni siquiera un maestro de arte”.
Hijo de un zapatero, Bidó tenía que trabajar para ayudar a mantener a la familia, aun así mantuvo la inquietud de querer ser artista, pues lo llevaba en la sangre.
“Mi papá a pesar de que era zapatero era muy habil. En la época de Carnaval hacía un caimán, nosotros los hijos ayudábamos a hacerlo con trozos de madera, pedazos de cartón y después como no había pintura o no había dinero para comprarla, las escamas del caimán las hacíamos con el líquido de limpiar los zapatos marrón y negro, con la brocha que usábamos para pasarle a los zapatos y un cepillo viejo”.
De allí, considera Bidó, nació su inquietud por el arte y para poder alcanzar sus objetivos debió salir de su pueblo y marcharse a Santo Domingo.
Trabajó haciendo mandados en un colegio de monjas donde una de ellas le ayudó a ingresar a la Escuela de Bellas Artes. Luego, para comprar sus materiales, tomó un empleo de pintar carteles para los cines. De noche continuaba con sus estudios.
Se graduó de bellas artes, se enamoró en su pueblo y se casó. Pero no tenía empleo.
Más adelante, las cosas empezaron a mejorar. Siguió trabajando con los cines, y luego fue nombrado profesor en la Escuela de Bellas Artes.
El momento de vivir de la profesión vino después, en los años setenta cuando se dedicó por entero a pintar.
Desde entonces Bidó ha realizado más de 50 exposiciones, ha viajado a más de 60 países y es uno de los artistas más conocidos de República Dominicana. Pero este cambio en su vida no lo ha hecho olvidarse de su pueblo natal y sus orígenes.
Hasta un museo
“Como no había nada en mi pueblo, mi sueño fue hacer allí una escuela de arte. Ya tenía un centro de arte, una academia en Santo Domingo, la desmantelé, lo metí todo en un camión, busqué en mi pueblo una casa pequeña y comenzamos una escuelita de arte gratis para todos los que quisieran estudiar en el pueblo”.
Con la ayuda de Falconbridge Dominicana, empresa que explota el ferro níquel en las montañas de Bonao y el establecimiento de una fundación, el centro ha crecido hasta contar hoy con un espacio propio y tres edificios que incluyen un museo que lleva el nombre de Cándido Bidó y más de 60 estudiantes graduados.
“Esa es mi gran satisfacción, ver que estos muchachos se están ganando la vida con su profesión, lo he hecho con toda la intención de ayudar y allí está, cada día está el centro más grande y la prueba es que acabo de hacer una bienal”, dice el artista con orgullo.
La Bienal Paleta de Níquel, auspiciada también por Falconbridgé logró la participación de 500 obras de las cuales un jurado calificador seleccionó 150 que están en exhibición en el museo. La próxima semana se realizará la clausura con la premiación.
“Es un triunfo de Bonao y un triunfo mío, pero con toda honestidad, lo que he querido es que mi pueblo también sea una ciudad de arte donde los jóvenes tengan su oportunidad y así ha sido”.
Bidó está convencido de que también el artista tiene una responsabilidad social. “Si en un pueblo no hay cultura es un pueblo vacío. Sucede en muchos sitios del mundo donde no hay recursos, donde a los gobiernos a veces no les interesa y en eso no gastan nada. El arte tiene que seguir, somos todos, es parte de lo que es la transformación del pueblo y sin nada de eso estamos fritos”.
En tiempos de la globalización nos preguntamos si el arte también debe globalizarse. Según Bidó, “como está el arte caminado hoy creo que sí llegará a eso. En una exposición buscabas cómo ese artista diseñaba cómo ponía sus colores, sus composiciones y si el artista era buen dibujante, que es lo que uno busca, pero hoy día, no sé si estoy equivocado, se ha ido perdiendo mucho de eso porque hoy cualquier cosa es lo que atrae a los críticos. No te diré que se está haciendo un daño porque eso quiere decir que cualquier persona puede hacer una obra de arte y ser un artista”.
El problema, de acuerdo con Bidó, es que el arte contemporáneo es algo muy efímero, que no durará lo que las pinturas de los grandes maestros. La pintura permanece en su lugar y ese se lo da el artista, a pesar de todas las nuevas tendencias y materiales que se utilicen.
Bidó asegura que el hecho no es estar en contra de la innovación. “Yo he trabajado con todo lo que se pueda trabajar: metal, madera, pintura, collage, muñecas de trapo, tierra, arena, mezcla hecha de cemento, cera derretida, harina de trigo, harina de maíz, tintes vegetales y es que uno está siempre en búsqueda, pero hay unos elementos de esos que quizá no sean duraderos”.
Pero de la forma que sea, el arte debe continuar. “La vida sigue, los artistas tenemos que seguir creando y lo debemos hacer porque si no, entonces se caería el arte en el mundo entero. Yo como caribeño me siento pintor universal. El Caribe pertenece al universo. Uno no es universal porque expuso en un gran museo por allá o porque lo conocen mundialmente. Todos somos universales, pero reconocidos, eso es otra cosa”.