En Panamá, Uruguay, Venezuela y Cuba, “encargar” es un verbo que huele a mujer: significa “quedar embarazada”. Sobre hombres y mujeres recae la acción de ese verbo cuando se pone algo al cuidado de alguien. O se encomienda. También si se recomienda, se aconseja o se previene. O si se impone una obligación a alguien. Por breve o extenso periodo. “Encargado” es el participio de “encargar”. Forma no personal del verbo, el participio es susceptible de recibir las marcas de género y número y se asimila con frecuencia al adjetivo. Podemos decir “encargada”, “encargados” y “encargadas”.
“Encargando” es el gerundio (que siempre es invariable y cuya terminación -en forma regular- es ando, iendo o yendo).
Todos estos aspectos debo considerarlos en la consulta sobre si es correcta la expresión “ministro encargado”, que se encuentra establecida en algún decreto, e incluso en la Constitución Política, que norma el mecanismo de sucesión presidencial, y lleva a la fórmula del “ministro encargado de la Presidencia” (v.g. Manuel Solís Palma). Cuando algún ministro viaja (no al bello Boquete, sino fuera del territorio nacional), el gobernante designa a un “ministro encargado” y fija el plazo de la función/tarea.
Algún quisquilloso pensará que no hay precisión en los plazos de la encomienda con el empleo del simple “ministro encargado” y que además alguien podría mofarse del funcionario si nos atenemos a aquella acepción que encabeza este texto. Diferente sería si una mujer ocupa provisionalmente el puesto: “ministra encargada” y además si, por voluntad o accidente, está embarazada. En Londres celebraron mucho hace algunos años la esposa del primer ministro encargada (Mrs. Blair) no propiamente de una cartera ministerial (que en esta tierra tanta rebatiña origina). ¿Y si la cigüeña visita a alguna fémina del poder martiniano? Ministra encargada. Pegajosa frase. Puede institucionalizarse por decreto. Si yerra quien digita el texto informativo y un duende agrega una ‚n‚, leemos: “ministro encargando”. Es para el récord Guinness. El jefe de la cartera, de paso, se gana el millón de dólares.
Un problema adicional consistiría en que el encargado se tome tan a pecho el puesto que no quiera soltarlo cuando retorne el titular. (Nunca hubo tanto amor al cargo antes, durante y también después de la reciente minirremodelación ministerial). Dificultad para el mandatario: se produciría aquello que el lenguaje metafórico de la magistratura denomina arrinconamiento (recogimiento o retiro a un lugar, o aquella situación que constituye un obstáculo para que alguien siga retrocediendo). Dígalo, magistrado: arrinconamiento presidencial.
No es un asunto de Estado, sin embargo, si a alguien molesta el decreto entonces puede optarse por la fórmula de “ministro interino”. Interino, a es un adjetivo que procede de ínterin (del vocablo latino interim), tiempo que dura el desempeño provisional en un cargo. La condición interina representa que se sirve un cargo por algún tiempo supliendo la falta de otra persona. Habría que reformar el decreto vigente. Voto por “ministro interino” y en aras de la paz martiniana.
Rabiblanco. Vocablo local clasista y peyorativo. ¿Dónde empiezan y terminan las cualidades de alguien etiquetado así? Es flexible la frontera entre un rabiblanco y quien no lo es (o rabiprieto). Es el adinerado. ¿Y dónde queda el que lo aparenta? Como los movibles mojones que separan a las patrias panameña y tica. Palabra compuesta de “rabo” y “blanco”. Pudo haber sido formada por “cola” y “blanco”: coliblanco. Cola es sinónimo de rabo. Es la extremidad de la columna vertebral de algunos animales. Es trasero en varios países, y en lenguaje coloquial, también es el pene. Supe hace 24 horas que “rabiblanco” tiene su verbo correspondiente. Seguro que lo conocen: “rabiblanquear”. Alguien me juró -por las ánimas de sus antepasados tanto de origen europeo como africano- que un alto cargo gubernamental está en esa metamorfosis. Es un deporte que puede llegar a ser rama olímpica: tú rabiblanqueas/él-ella rabiblanquea/ellos rabiblanquean.
Lo dijo
Esta señora se las da de erudita. El salón está repleto de gente y en su griterío metamorfosea al ilustre Alexis de Tocqueville (La Democracia en América) en el profano Thomas Ville o Tomy Villé (en confianza). Tanto desparpajo hay que escuchar en este país, se lamenta un abogado amigo. Tocqueville no se revolcará en su tumba: pronosticó bien temprano en el siglo XIX cierta paralización del intelecto y exteriorizó sus temores de una destrucción social.