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Panamá, domingo 18 de septiembre de 2005
 

REALIDAD.

Cuando la novela negra se hace gris

Federico Jiménez Lozanitos

En realidad, estamos ante un truco o timo literario bastante viejo, puesto que el lector carece de los instrumentos necesarios para concluir un final y porque el autor acaba de demostrarle que él sí puede esconder en una historia su contraria, jugar con la realidad y el sueño, incluso en Shutter Island mezclar hasta el final la realidad y la ficción. Sin destripar la intriga, diré que, para los aficionados al género, Lehane ha escrito una de aquellas antiguas novelas de intriga en las que el asesino se desvelaba en función de una de las pistas que el autor (normalmente era autora y solía llamarse Agatha Christie) había dado al lector junto a otras muchas no menos verosímiles, pero que quedaban inexorablemente descartadas al terminar el relato, sin apelación posible. No sé si hay algún caso de lector-escritor que haya reescrito con un final distinto alguna de esas obras de aire generalmente británico. Seguramente, porque algunas constituyen un verdadero desafío al aficionado. O un monumento a la negligencia, que también los hay.

Lehane construye un monumento a sí mismo, se erige en un todopoderoso autor que en cada capítulo puede cambiar de raíz el sentido de la trama novelesca. Y como está más pendiente de extraviar al lector por los vericuetos de lo soñado y lo vivido, el dibujo de caracteres se estanca a mitad de novela, y es la intriga la que nos los hace cambiar en vez de la propia evolución interna del personaje.

Esto no quiere decir que Lehane no sepa escribir ni construir personajes. Bien al contrario, es un literato muy dotado que, en Shutter Island, perfila el personaje de un agente del FBI según la fórmula clásica del polizonte investigador capaz de hacer frente a todas las dificultades, por insuperables que parezcan, y que pone su vida en peligro por una doble razón: la ética del policía que le lleva a terminar como sea la investigación y el agravio personal que busca venganza.

El entorno de esta trama es una isla batida por las tormentas, un poco en el estilo de Cayo Largo, que alberga una especie de manicomio para casos desesperados y del que ha desaparecido una interna de forma aparentemente imposible, como si se hubiera filtrado por las paredes. La investigación del agente Teddy y su compañero Chuck va desvelándonos la posibilidad de que allí se esté trabajando con personas a modo de cobayas para estudiar psiquiátricamente la forma de reducir el miedo, el dolor o la memoria. Sucede a comienzos de los años 50, en la época de McCarthy, y sigue la estela de otras obras recientes como la última de Michael Connolly, Luz perdida, en las que se plantea hasta qué punto los EU son una democracia o hay poderes ocultos que manejan los hilos de la política como si fuera una dictadura.

Es inevitable leer estos libros en clave del 11-S (11 de septiembre) y la Patriotic Act, o como una alegoría de Guantánamo. Pero también en esto Lehane quiere permitirnos pensar una cosa y la contraria. El resultado es el de una abdicación moral, la que en el género de la novela negra supone el triunfo del bien sobre el mal, raíz de su formidable éxito en un mundo tan violento y poco inteligible como el actual. Más que el cinismo elemental y anticapitalista de los viejos personajes de Hammet o la mucho más cercana denuncia antisistema de James Ellroy, a mi este Lehane (bien distinto de sus novelas primeras, genuinamente negras) me recuerda a Jim Thompson, cuya literatura parte de la indiferencia moral ante el mal y cuyo título, El asesino dentro de mí constituye una verdadera confesión.

Lehane no llega hasta el extremo de Thompson, quizás porque no quiere que el mundo se pierda sus novelas, pero está en ese punto curioso de negación del género que denota el final de una época, de un género o, simplemente, de un autor. En todo caso, estamos ante una novela algo menos interesante que inquietante. Muy inquietante.

Firmas Press


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