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Panamá, domingo 18 de septiembre de 2005
 

INMIGRANTES.

Una frontera en crisis

Ginger Thompson

Si dependiera del gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, este diminuto poblado, conocido más comúnmente como Las Chepas, sería arrasado por completo.

En los últimos tres años, a decir de autoridades en ambos países, este yermo tramo de la frontera entre México y Estados Unidos donde las temperaturas de verano ascienden hasta los 45 grados centígrados, y donde hasta hace poco, agentes de la Patrulla Fronteriza han sido relativamente escasos se ha convertido en uno de los principales corredores de entrada para la inmigración ilegal a EU. Las detenciones de inmigrantes indocumentados en esta área se han disparado a más de 41 mil en lo que va del año, en comparación con las 23 mil registradas a lo largo de todo el año pasado.

La mayoría de la gente del lado norte de la frontera ve con desdén el creciente flujo de inmigrantes, diciendo que las personas que cruzan pisotean y ensucian los campos de alfalfa y verdura a medida que avanzan a través de ellos. En respuesta a sus peticiones de ayuda, Richardson declaró un estado de emergencia y les pidió a las autoridades mexicanas que echaran por tierra a Las Chepas.

Casi nadie sigue viviendo del lado sur de la frontera como para presentar objeciones. La mayoría de la población de Las Chepas se mudó al norte a mediados de los años 80, cuando Estados Unidos ofreció una amnistía para mexicanos que hubieran estado trabajando del lado estadounidense de la frontera. Las casas de esta localidad han estado vacías desde hace tanto tiempo que, de cualquier forma, ya empezaron a venirse abajo.

Sin embargo, las aproximadamente 100 personas que permanecen aquí aseguran que la destrucción de Las Chepas no cambiará las fuerzas de la migración.

"Si ellos no cruzan por aquí, encontrarán otro lugar para hacerlo'', aseguró Francisco Molina, quien había convertido su vivienda en algo similar a una parada de descanso. "Pero ellos no se van a detener''.

Conforme el sol empezó a ponerse, autobuses de inmigrantes empezaron a detenerse en Las Chepas. Los viajeros descendieron rápidamente, compraron sándwiches de jamón que vendía Molina y después se sentaron detrás de un muro de ladrillo, fuera de la vista de la Patrulla Fronteriza, hasta que oscureció.

Para cuando la noche había caído, ya había casi 300 de ellos. Temían hablar mucho, y ninguno de los que fueron entrevistados dio su nombre. En su mayor parte, respondieron con oraciones a medias, y evitaron dolorosas preguntas con respecto las familias que habían dejado atrás con burdos chistes acerca de las mujeres estadounidenses con quienes ellos anhelaban casarse, para así poder convertirse en ciudadanos estadounidenses.

Venían casi de todos los rincones de México y se dirigían a casi cada rincón de EU. Dos de los hombres, hermanos originarios del estado de Hidalgo, se abrieron un poco. Explicaron que habían estado yendo de un lado de la frontera al otro de manera ilegal desde hacía 10 años. Dijeron que habían trabajado por todo EU, como meseros, carpinteros, empacadores de carne, y, en fechas más recientes, en los campos de fresa en las inmediaciones de Salinas, en California.

Uno de los hermanos, de 32 años de edad, informó que operaba un tractor. El otro, de 30 años, dijo que se dedicaba a la pizca.

La primera vez que ellos entraron a EU, relataron los hermanos, cruzaron por Tijuana. Pero, después, el país destacó más agentes en esa área.

Luego de eso, prosiguieron los hermanos, empezaron a cruzar el desierto de Sonora para llegar hasta Arizona, pero EU reforzó las patrullas allá.

Esta era la primera vez que los hermanos habían venido al estado mexicano de Chihuahua, al otro lado de la frontera respecto de Nuevo México. Habían escuchado que los cruces eran fáciles aquí. Sin embargo, después que el gobernador Richardson declarara un estado de emergencia el mes pasado, el gobierno federal de EU envió 300 agentes adicionales de la Patrulla Fronteriza.

Los hermanos también comentaron que ya habían tratado de cruzar cuatro veces, pero que habían sido detectados en cada ocasión y habían corrido de vuelta a México. Estaban cansados, pero no desalentados, y juraron que seguirían intentándolo hasta lograrlo, por una simple razón.

En México, nosotros podemos ganar 600 pesos por semana, dijo el operador de tractor. Eso equivale a 60 dólares, aproximadamente. Ni siquiera puedo comprarles pan a mis hijos con esa suma.

En EU, yo gano 600 dólares por semana.

Cuando lo interrogaron con respecto si alguna vez él había enfrentado problemas para encontrar empleo en EU, el otro hermano interrumpió:

"Esta es la parte difícil", dijo, señalando por encima del muro. El resto es fácil.

Es una caminata de dos días a través de este inhóspito terreno, dijeron desde aquí hasta la Interestatal 10. Aunado a las temperaturas infernales, el desierto rebosa de víboras de cascabel y alacranes. Traficantes de inmigrantes (polleros o coyotes, coloquialmente) a veces despojan a trabajadores migratorios de su dinero y los dejan varados, y en ocasiones algunas pandillas atacan sus campamentos y los roban.

Con frecuencia, los inmigrantes se desorientan y terminan perdidos. Además, muere un número de inmigrantes cada vez mayor. Casi 400 personas han muerto a consecuencia de la exposición a los elementos, tratando de cruzar la frontera, en lo que va del año, lo cual es un nivel nunca antes registrado, informan oficiales de la Patrulla Fronteriza de EU.

Uno de los inmigrantes tenía una apariencia diferente a la mayoría de los demás, bien afeitado y vestido como diácono.

Dijo que tenía 51 años de edad y había vivido en la ciudad de Nueva York, trabajando en empleos irregulares durante 15 años. El trabajador migratorio después comentó que había regresado a su patria en el 2000, después que México hubiera elegido a su primer presidente surgido de la oposición, Vicente Fox.

"Pensé que era un buen momento para regresar, y darle algo a mi país", dijo.

México, prosiguió, le había quitado todo. Contó cómo había tratado de lanzar dos negocios, primero un restaurante, después una tienda de autoservicio. Funcionarios locales seguían exigiendo impuestos y pagos para diferentes licencias, relató. Al poco tiempo, ellos sólo exigían sobornos y amenazaron con clausurar su negocio si él no les pagaba.

Así que ahora se dirigía de nuevo a Nueva York, esta vez acompañado de su hija de 22 años de edad. La hija dijo que había estudiado computación, pero no podía encontrar trabajo en su país.

"Tengo la esperanza de que alguien me dé una oportunidad en EU", dijo, "porque mi país me cerró todas las puertas".

The New York Times News Service


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