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Panamá, domingo 18 de septiembre de 2005
 
 
ACTUALIDAD
ENTREVISTA
TRUJILLO: MAGIA Y RITOS
 
Guillermo Trujillo presenta una muestra de acrílicos, dibujos y esculturas en la galería Habitante y que el 22 de septiembre recibirá la llave de la ciudad. 
 
DANIEL DOMÍNGUEZ Z. 
ddomingu@prensa.com 
 
Guillermo Trujillo tiene más de 50 años en eso de crear universos con sus manos. Es un investigador de mitos y concilia en sus cuadros las criaturas del pasado y evoca la vieja alianza entre el hombre y la naturaleza.

Es un artista de horarios fijos. Pinta todos los días, por las mañanas y en las tardes. Su descanso es leer y escuchar música y almorzar liviano. Es un ferviente creyente de la formación y del consumo cultural de todo arte “cuando es bueno”.

Para Trujillo las musas son puro invento y no da un centavo por la inspiración. Lo suyo es la disciplina y la práctica constante. Incluso, si tiene que viajar en avión se lleva consigo un libro de apuntes para dibujar. De lo contrario se volvería loco.

Es que las ideas siempre le andan rondando a este maestro de la plástica panameña, que actualmente presenta una muestra de acrílicos, dibujos y esculturas en la galería Habitante y que el jueves 22 de septiembre recibirá la llave de la ciudad por parte del alcalde de Panamá Juan Carlos Navarro.

Trujillo pinta cerca del cielo, en el piso 31 de un edificio en Punta Paitilla. Su casa-estudio es impecable, limpia, tapizada de cuadros, estatuas y piezas arqueológicas. Es uno de los forjadores de la identidad panameña a través del arte.

Sobre la muestra en Habitante, que cabe para comprender el trabajo en conjunto de Trujillo, la crítica de arte Ángela de Picardi explica que “al ser sometido por el brillo de vibrantes colores o por la energía de su verticalidad, así como por el ritmo de intrincadas líneas o labradas texturas que lo sumergen en una dinámica voraz, la complejidad de la estructura compositiva obliga al espectador a observar su obra con aquel detenimiento que aísla los elementos, sin posibilitar —como no sea con un intento o esfuerzo— la comprensión del todo ahí contenido y aquella final y necesaria sensación de armonía y de belleza presentes en su producción creativa”.

Sus inicios

Nace en Horconcitos, provincia de Chiriquí, el 11 de febrero de 1927. Sus padres fueron Rafael Trujillo y Marina Alvarado, ambos maestros de escuela primaria. Junto con sus hijos residieron en una propiedad desde donde se divisaba el Volcán Barú.

“Toda la vivencia de mi infancia ha ido apareciendo, sin buscarlo yo, en mi pintura y con un lenguaje particular. No es una fotografía auténtica. Es una recreación”, dijo.

Sus primeras inquietudes aparecieron cuando era estudiante en el Instituto Nacional y vivía con sus tíos Buenaventura y Ramona Beluche. Cuando recibió el título de bachiller en Ciencias iba para farmacéutico, pero al final decidió estudiar arquitectura en la Universidad de Panamá.

En 1950 los interrumpió para estudiar pinrura en la Academia San Fernando de Madrid. “Te daban 35 dólares al mes y con eso sobreviví”, comenta, y al año siguiente se reintegró a la Casa de Octavio Méndez Pereira.

Laboró en la Zona del Canal y “recogiendo todo lo que ganaba me volví a España para trabajar con unos arquitectos amigos. Me mantuve gracias a que ganábamos concursos y nos caían proyectos”.

En 1951 realizó su primera individual. Eran acuarelas que mostró en el Colegio de Arquitectura de la Universidad de Panamá. Al terminar arquitectura volvió a España en 1954 para asistir a la Escuela de Cerámica de la Moncloa y a la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid.

En 1956 exhibió en esa ciudad acuarelas y esculturas en cerámica en la librería Clan. Años después vendrían exposiciones en galerías y museos de España, Estados Unidos, República Dominicana, Costa Rica, Colombia, Puerto Rico y Perú.

Decidió regresar a su patria porque en España no podía firmar sus diseños y estaba más involucrado en los colores como para detenerse. En 1959 le dice adiós a Europa.

Cuando regresó a Panamá inició labores de profesor asistente de dibujo y pintura en la Facultad de Arquitectura. Para entonces “no habían lugares para exposiciones. Alberto Dutari fue el inventor del Instituto Panameño de Arte y así se comenzó todo hasta hoy que hay muchos espacios. Sí hemos madurado. Eso lo discuto con la gente que critica que no hay nada. Los panameños criticamos más que aportamos, aunque lo cierto es que a los sucesivos gobiernos nunca le ha interesado la cultura”.

En el Viejo Mundo se dejó seducir por los mitos y comenzó con sus registros imaginarios de acontecimientos del ayer. “Me di cuenta que mis raíces podían ser explotadas de una manera creativa. Me pareció muy divertido que los arqueólogos con un pedacito de piedra inventan toda una historia y me dije: ¿por qué no puedo hacer lo mismo?”.

Sus escenas de casas y rituales primitivos los envió en 1959 a la Bienal de Sao Paulo, donde se le otorgó una mención de honor. Más tarde participaría en bienales de Madrid y México, así como una distinción del Salón Esso para artistas jóvenes latinoamericanos y obtendría en más de una ocasión el primer premio del Concurso Xerox en Panamá.

Su obra recuerda los lazos de respeto que había entre los seres humanos y la naturaleza, una relación que hoy es conflictiva. “Panamá es muy lindo y no es que sea chauvinista. Estamos llenos de paisajes que no hay en ninguna otra parte”.

Esculturas y tapices

En Habitante se exhiben cuatro esculturas de Guillermo Trujillo. Plantea que este arte no se ha desarrollado lo suficiente en Panamá porque “nunca le han dado su beligerancia y los escultores terminan involucrándose en la pintura”. Por otra parte, “depende del tamaño del bolsillo si haces una obra grande o chica. Es muy difícil porque cada unidad te cuesta miles de dólares y después tienes que ver quién te la compra para poder recuperar el dinero e invertirlo en otra obra”.

En tanto, su labor con el tapiz surgió a finales de los años 60 y aparecieron, entre otras, cuando tuvo que combatir contra el cáncer, al cual venció. “Con la operación que me hicieron supe que iba a estar convaleciente por un rato y dibujé unos canvas y los bordé. El último tiene dos metros, me llevó tres años hacer uno. Son invendibles, pero no podía trabajar sentado y en la cama me puse a hacer los tapices. Esto me ayudó a olvidarme de la enfermedad”.

Trujillo pinta por una necesidad tan vital como respirar. No se enfrenta al lienzo con una idea preconcebida. Al ver la blancura de la tela le entra un pavor y va trazando manchas y de forma mágica va descubriendo el interior del cuadro.

En cuanto a colores, los aprecia todos y a veces prevalecen los pasteles o los tonos cálidos. “Creo que se debe a mis temporadas emocionales. No hay reglas. No sé si es intuición, es un asunto medio mágico”.

No le interesa ser recordado por nada en particular. Pero tiene un sueño que está a la espera de que el Estado o una persona acaudalada le colabore. Desea donar un depósito que tiene lleno con obras suyas de todas sus épocas y estilos, y que este patrimonio sea el material semilla para que se abra un museo como un regalo al país. Alguien debería aprovechar semejante acto de bondad artística.

 

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