El defensor o el legionario
El trámite de afiliación a la Caja dura unos seis minutos en tiempo real. El usuario pierde más de tres horas. El ciudadano anónimo logró su cometido al borde del colapso emocional y rodeado de otras víctimas.
| LA PRENSA / Maydée Romero |
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| VENTANILLA DESEADA. El usuario no tarda más de seis minutos en hacer su gestión. El problema es alcanzar la ventanilla. Los funcionarios trabajan con pocos recursos técnicos. 564620 |
Redacción de La Prensa
panorama@prensa.com
La puerta 108 del edificio Bolívar de la Caja de Seguro Social (CSS) es la entrada a un agujero negro. Cuando la chirriante puerta se abre, el ciudadano anónimo va cargado de papeles y tiene depositadas las esperanzas en un trámite fugaz. Cuando el mismo personaje sale tras concluir su periplo en no más de 40 metros cuadrados, se puede ver a un hombre derrotado, sudado, nervioso y con una leve sonrisa porque, a pesar de la dureza de la batalla, salió victorioso.
"Esto es un dolor de perico... por no decir otra vaina", murmulla un usuario enfadado por tanta vuelta. Al mismo tiempo, en el televisor que cuelga como espejo de la realidad exterior, se anuncia el pase de la película El legionario. El ciudadano anónimo se contagia del fragor guerrero, cierra el puño donde guarda el número A76 y mira al marcador que está llamando al C98. Solo faltan 78 números por caer antes de que él pueda afiliarse a la CSS.
ESPACIO LÚGUBRE
En la hora y cuarenta y cinco minutos de la primera espera interminable, el ciudadano anónimo está rodeado de una multitud (unas 90 personas) silenciosa a la que solo anima los llantos de la docena de bebés que cargan madres en chancletas, de rostro humilde y actitud cuasi religiosa.
Las paredes verdes en apariencia pero mugrientas de verdad; seis ventanillas de atención de las que cuatro están huérfanas de funcionario; en toda la oficina dos computadores solitarios recuerdan que estamos en el sigo XXI; un cartel de "Asegura tu Seguro" que parece una bofetada al ciudadano más que un eslogan para el ánimo colectivo; los expedientes de los asegurados reposan en cajas que un día contuvieron paquetes de palomitas de maíz, y por los altavoces... por los altavoces, la voz de quien en los años cuarenta pudo haber sido galán de película mexicana y que hoy solo es cajero de la puerta 108.
"Les recordamos a los usuarios que las agencias de San Miguelito, San Francisco y Parque Lefevre ya están en funcionamiento", advierte la voz gutural de este locutor aficionado de buenos modales. "Eso es pa que nos vayamos a otra parte", deduce un compañero de espera. Dentro de la dependencia, la multitud se mueve a ritmo de rumores. "Esa es la fila para la foto...", y 20 personas se levantan a toda prisa para tomar puesto. "Ahí atienden a los jubilados...", y otra marabunta busca lugar.
El desastre se consuma cuando una funcionaria, sin vocación de psicóloga, anuncia a grito que quien haya perdido el carné debe dirigirse a la ventanilla número seis... Los usuarios miran los números que tienen en sus manos con incredulidad, dándose cuenta de que el orden no servía para nada.
Trámite expedito
El ciudadano anónimo ve cómo caen los números –que a él sí le sirven– y por fin, al límite del ataque nervioso, accede a la ventanilla prometida. "¡Ah! no pasó por la ventanilla seis... primero tiene que ir allá", le espeta una funcionaria que debió tener un mal desayuno y una peor noche. El ciudadano no protesta. De nada sirve.
En la ventanilla seis hacen una gestión de 30 segundos sin explicación y, de vuelta al turno, la funcionaria de la que no hay posibilidad de enamorarse hoy hace otra gestión que dura ¡dos minutos! Firma la ficha que ya había completado el ciudadano anónimo. "¿Y ahora qué?", pregunto... "Haga la fila para que le tomen la foto".
En la televisión siguen pasando promocionales. "El próximo sábado no se pierda.... ¡El defensor!". El ciudadano anónimo echa de menos en ese momento a un Chuck Norris cualquiera que le tienda el hilo de Ariadna.
La fila de la fotografía había sufrido uno de los movimientos compulsivos y ahora ocupaba todo el largo de la oficina.
Solo la gentil indicación de otra funcionaria más suave me salvó de cuatro horas adicionales. "Póngase en esa fila que es la de los niños, va más rápida". Aguantando la vergüenza y cumpliendo las dos horas de trámite, ocupé mi puesto entre un niño de 12 años y una niña de 7. No diré mi edad para no pasar doble apuro.
Finalmente, tres horas y 20 minutos después de entrar por la puerta 108, el ciudadano anónimo sale victorioso con su carné del Seguro Social en la mano.
La luz del sol ya molestaba en los ojos, pero volver a tomar aire ¿puro? fue un alivio. Especialmente después de escuchar las historias paralelas.
"A mí me mandaron a la oficina de calle 17, pero tenían dañada la computadora. Ahora llego aquí y me dicen que tengo que ir a calle 17 otra vez, pero no me pienso mover hasta que no me solucionen", me cuenta una vecina de padecimientos.
"La viejita necesita atención, pero tiene vencido el carné, así que aquí estamos...", relata otro compañero de causa que empuja la silla de ruedas donde su madre (de 82 años) trata de respirar mientras le agilizan el trámite.
"Esta es mi Panamá", se consuela otro ciudadano anónimo acostumbrado a las esperas interminables para obtener lo que, a fin de cuentas, solo es un derecho.
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